martes, 6 de diciembre de 2011

Un artículo de opinión en defensa del funcionario

Hoy La voz de Cádiz trae esta tribuna de opinión mía:

El injusto descrédito del funcionario

Es sabido que toda crisis económica siembra el camino de amenazas y oscurece la razón. A los fantasmas personales que genera el subconsciente atribulado hay que añadir el peligro colectivo, alentado a menudo desde el poder con la música de las trompetas apocalípticas. Con recurrencia injusta se ha señalado al inmigrante como usurpador del salario patrio, no porque las sociedades modernas sean xenófobas o racistas, que lo son poco, sino porque son, y mucho, clasistas: despreciamos al inmigrante pobre, pero acogemos con alfombra y papel couché al inmigrante rico, sea negro, árabe o venido desde las estepas de Mongolia. Sin embargo, como los inmigrantes pobres sufren igualmente el azote de la crisis, el ojo censor ha clavado su mirada en otro colectivo de trabajadores, los funcionarios, esa raza de seres escogidos de dudosa humanidad. En tiempos de bonanza se vuelven invisibles, ocultos detrás del grato runrún que emiten los pistones bien engrasados del Estado. Sin embargo, cuando vienen mal dadas, se tornan cigarras estridentes y despreciables, indignas de convivir con las sufridas hormigas. Y quienes antes cabalgaban a lomos de la maquinaria del bienestar que médicos, profesores, policías, jueces, fiscales, administrativos, bomberos… engrasaban en silencio, ahora los titulan casta de desaprensivos. Si lamentable es que un pobre nacional criminalice a un inmigrante tanto o más pobre que él, no lo es menos que sean otros trabajadores los que desacrediten al funcionario con el mantra de que “tienen trabajo fijo, son intocables y egoístas”. Y mucho más triste oírlo en boca de allegados. Qué pronto se olvidaron estos, pese a la cercanía y el afecto, de que ese funcionario (fiscal, médico, profesor…) dedicó dos, tres, cinco o más años de su vida a preparar en la sombra unas durísimas oposiciones, mientras que ellos disfrutaban de soleadas fiestas y romerías, para luego emprender un camino laboral expedito en la empresa privada; o simplemente decidían no opositar a los cuerpos del Estado para no verse obligados a mudar casa a una ciudad lejana. Con qué facilidad se silencia u oculta esa cruz del funcionario de carrera, los años (diez, quince en algunos casos) en un destino alejado, muchas veces separado de la familia por decenas o cientos de kilómetros, sujeto a una movilidad que consume buena parte de ese sueldo fijo ahora tan ambicionado. Somos esclavos de nuestras elecciones, para bien o para mal. Pero tan simple axioma se enturbia en tiempos de crisis y en este río revuelto pescan los poderes político, empresarial y financiero, propiciando con sus declaraciones públicas una falsa oposición entre funcionario y parado, como si la desdicha de este fuese consecuencia de la estabilidad del aquel. Brutal ejercicio de demagogia, uno más de tantos con los que se pretende desviar la atención del enriquecimiento de banqueros y grandes empresarios y del despilfarro de la hacienda pública que han practicado los gobernantes: infraestructuras costosísimas e ineficaces, multiplicación de sedes oficiales, hinchazón de cargos de designación, subcontratas millonarias de empresas de amigos, políticas de subvención universal sin discriminación de rentas, dietas, viajes, coches oficiales de gama alta y un largo etcétera del que solo vislumbramos la punta. Los mismos gobernantes, por cierto, que ahora dan ruedas de prensa compungidos, arrugan el ceño y entonan la letanía de la solidaridad colectiva, con escandalosa exclusión de los más ricos y pasando de puntillas por los sueldos y prebendas de la clase política. ¿Por qué quienes sirven de voceros contra los supuestos privilegios del funcionariado no denuncian a voz en grito la costosa inutilidad del Senado, o el mantenimiento por años de esa legión de consejeros variopintos y asesores de agencias nacionales e internacionales que garantizan la jubilación política de tanto amigo del partido? ¿Por qué en España se guarda tan vergonzante mutismo sobre el hecho de que los dos últimos inquilinos de la Moncloa lleven vidas de ricos y sigan cobrando un sueldo vitalicio que pagan nuestros impuestos? Mientras que muchos de los responsables de esta crisis apenas han modificado sus hábitos de vida ni han visto mermados sus privilegios, los funcionarios sentimos continuamente la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. Con la tristeza de ver que ya la empuñan otros trabajadores.

(La ilustración es de José Ibarrola)

7 comentarios:

Iván Teruel dijo...

Fantástica reflexión, Antonio. En realidad, fantástica defensa de un colectivo convertido en demasiadas ocasiones -y muchas de ellas por parte de la propia Administración- en chivo expiatorio de situaciones -como la actual- que en nada se relacionan con la responsabilidad de su ejercicio profesional.

No acabo de entender por qué en este país, de inclinaciones cainitas, sí, porque como tú dices los comentarios despectivos incluso vienen a veces de gente cercana, parece que las energías de la opinión pública no se emplean tanto en intentar reivindicar los derechos de aquellos que están en situaciones precarias, como en procurar que aquellos que conservan todavía algunos de los suyos también los pierdan. La máxima parece ser: "si caemos, que caigamos todos". En fin.

Con tu permiso, lo comparto en el facebook. Yo también pertenezco a esa "casta de desaprensivos".

Un abrazo.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Suscribo tus palabras, Antonio. Somos el objetivo de la demagogia, porque es fácil y es cómodo. Hemos perdido más de un cuarenta por ciento de poder adquisitivo en los últimos veinte años (que se dice pronto) y aun así somos el objetivo fácil, porque hemos cometido el delito de sacar unas oposiciones (libres, por cierto) y seguimos cometiendo el delito -parece ser- de querer educar a niños y jóvenes.
Congelarnos o bajarnos el sueldo es síntoma de que poco o nada cambiará. Necesitamos reformas de mucho más hondo calado, como las que tú citas (ese senado, por Dios...), y que se acabe tanto golfo que traga de las arcas públicas.
Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Suscribo plenamente lo que dices. Ha sido muy fácil para los políticos de ambos partidos hacer demagogia con nosotros, como dice Juan Antonio. Los políticos deberían dar cuentas al final de su mandato de su trabajo, y si ha sido lesivo para los intereses nacionales, perder sus pensiones privilegiadas.
Saludos.

Rosana Alonso dijo...

Estoy de acuerdo en todo.
Trabajadora en un hospital que tengo que aguantar que me digan que claro, que para eso tenemos muchas ventajas, que ahora apenquemos con la crisis...

Y una sensación de rabia e impotencia por lo que mencionas al final del artículo...


Un saludo

Ramón Puig dijo...

Yo soy ya un funcionario jubilado que he tenido que escuchar en varias ocasiones lo de "vaya chollo".

Como bien ha explicado y novelado Umberto Eco, a los seres humanos nos encanta inventarnos enemigos o que nos los inventen. El desahogarse contra otros es una de las pasiones humanas.

Cuando pintan bastos hay que cebarse en aquellos que están más a mano y sin escape posible.

¡¿Qué te creías?! ¿Ganaste en justa lid y tras un duro esfuerzo unas oposiciones? Pues -ya te enterarás- el tributo que te será exigido es el de convertirte en chivo de expiaciones colectivas.

Al fin y al cabo los funcionarios son los rostros cotidianos que el ciudadano percibe en las ventanillas y vitrinas de los servicios públicos; están en la primera línea del pim pam pum. Son la más accesible personificación de los fracasos del Estado y de las equivocaciones o de las inepcias del político.

Me temo que artículos como el de Antonio tendrán que ser reescritos por los siglos de los siglos.

Ramón Puig

sergio astorga dijo...

Antonio, esplendida reflexión que rebasa fronteras. De éste y del otro lado del océano, tu artículo dibuja la realidad de este capitalismo de compinches.

Un abrazo en consciencia.
Sergio Astorga

No Comments dijo...

Bravo. Suscribo punto por punto. Y con tu permiso, me lo guardo.
Textos como estos deberían ser conocidos por todos.

Un saludo indio