viernes, 2 de diciembre de 2011

¿Para qué sirven las lecturas públicas?

A veces me pregunto si las lecturas públicas sirven para algo. Es de suponer que se hacen por alguno (o varios) de estos propósitos: a) estimular la lectura en quienes sufren alergia a los libros; b) deleitar al bienintencionado auditorio, c) dar publicidad a un título recién salido. Sin embargo, a tantos fines, tantas objecciones. Veamos. El propósito de a es quizás el más inalcanzable, pues los no-lectores (por esa misma naturaleza negativa) no acuden a actos literarios. Y cuando se les ha obligado a asistir, como ocurre con el plan de promoción de la lectura de, pongamos por caso, el Centro Andaluz de las Letras, no pocos (sobre todo si se trata de adolescentes) desconectan las neuronas y se instalan en el territorio de la ausencia-hastío, sabedores de que el martirio tiene pronto final. En el caso de que la lectura tenga como objetivo el deleite (b), estaremos de acuerdo en que ha de darse una premisa previa: que el lector público sea lector deleitoso. Mas esto rara vez sucede. El arte de leer en público es el arte menos común entre poetas y escritores, por limitarme ahora al noble y antiguo colectivo de los escribientes. No hace mucho asistí a la presentación de un libro de poesía en la que un lector "espontáneo", poeta también al parecer, declamaba con voz engolada y azotes del aire, ante un auditorio, me temo (a juzgar por los aplausos), que cifraba la hondura y calidad poéticas en el eco abovedado. En otros casos, en cambio, el resultado suele ser la misma ausencia-hastío susodicha al hablar de la adolescencia. Llegamos así al propósito c. He de decir que este siempre cumple su tarea: la publicidad de un libro recién horneado se garantiza con la sola presencia de una persona, familia o amigo. Si, además, se trata de un autor de renombre y cartelería, el público llena la sala y hace cola al final para llevarse el autógrafo, prenda inequívoca de que, aunque solo sea por un instante efímero, ha existido comunión tangible entre lector y escritor. Ahora bien, ¿ha servido tal acto realmente para publicitar el libro, si los asistentes son los incondicionales, cercanos o ajenos, de tan egregia pluma, quienes en cualquier caso acabarían comprando el libro? El símil con los mítines políticos, tan próximos en el tiempo, es inevitable. Sin embargo, no seamos ingenuos. En uno y otro tipo de acto se busca otro efecto, extraliterario y periférico si se quiere, pero de trascendencia: la noticia en la prensa, la foto reveladora que sigue recordando, como una letanía, que fulano o mengana escribe y, además, vende libros, vende libros, vende libros... Luego la pregunta habría que reformularla: ¿las lecturas públicas repercuten en la venta de libros? Tal vez Teresa, la excelente librera de QiQ (Cádiz), pueda responder a esto, porque, como veis en la fotografía, yo estaba concentrado en la lectura de un fragmento de La memoria amorosa de Carlos Edmundo de Ory. Sucedió el 24 de noviembre, Día de las Librerías.

(Foto: Armando Lara Narbona)

4 comentarios:

MA dijo...

Yo creo que la presentación de un libro es la celebración pública de un nacimiento y, sobre todo, una excusa para encontrarse con los amigos con los que uno comparte el vicio de la literatura.

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Sin duda, M. A. Como siempre, los buenos ratos con la gente querida. Y vicio, mucho vicio. Gracias por venir desde Japón. Un abrazo.

Jesus Esnaola dijo...

Hace poco le decía lo mismo, casi palabra por palabra, a una amiga con la que hablaba de hacer o no una presentación del libro.

Al final me convenció. Es un homenaje, una celebración. Y está bien que sea eso y solo eso.

En cuanto a las lecturas, no presentaciones, yo creo que sirven para testar los cuentos o poemas. Porque nadie te dirá que son una mierda, pero yo sé quién me felicita de verdad o por compromiso.

Tú presenta y haz lecturas que siempre es una buena señal.

Abrazos

KENIT dijo...

Correcta reflexión.
Un saludo.