jueves, 27 de octubre de 2011

Stanislaw Lem y el lector inexistente

Empiezo la lectura de Doskonala Próznia de Stanislaw Lem, pero, dado mi nulo conocimiento del polaco, lo hago por la puerta falsa: en la traducción de Jadwiga Maurizio para la editorial Impedimenta (con introducción de Andrés Ibáñez): Vacío perfecto. Biblioteca del Siglo XXI. Me he topado con él por casualidad en mi biblioteca, en la sección de "En cola", esa suerte de andén en el que no todos esperan con el mismo ánimo paciente. Después de leer la crítica de Lem al Vacío perfecto de Lem, levantado a su vez sobre un edificio bibliográfico inexistente, y con la lectura reciente de La velocidad literaria, de Nieves Vázquez, me pregunto si esa biblioteca universal que nunca ha existido no tendrá efectos secundarios en el pobre lector, cada vez menos seguro de pisar el suelo de la existencia. Porque si inquietantes son los espectros, sombras de algo que fue, más lo son los nonnatos, cuyos mínimos perfiles no alcanzamos a imaginar. Lo tangible nos empuja contra la tierra y es gravedad que a menudo necesitamos. El libro de Lem, me temo nada más empezarlo, ha de llevarme a la desintegración como lector, dado que la ficción sólo sabe tratar con iguales. Y tal vez esto que escribo hoy sea lo último que escribo antes de convertirme en el lector inexistente, corifeo a la vez de un baile virtual que nunca ha existido.

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