domingo, 25 de septiembre de 2011

Un microrrelato de hora punta


EL METRO

Cuando subo al vagón, huele a excrementos de aves y parece respirarse un aire de plumas. Siempre a la misma hora, justo cuando dejo el andén y mi cuerpo se abandona a la suerte del convoy, se repiten los síntomas del brote alérgico. Duran poco, apenas un par de minutos, pero en ese intervalo los viajeros interrumpen su garrulería, clavan sus ojos inquietos en mí, me examinan de arriba abajo y sacuden sus picos en señal de aprobación. Mientras el tren avanza hacia la Casa de Campo, noto cómo la pituitaria desagua sutilmente y me siento orgulloso de haber aprendido a manejar el pañuelo con la punta de mis rémiges.

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