El grito como marca de casta, de grupo e incluso de familia. El grito como instrumento de poder ilusorio, como castración del recíproco placer de la conversación, ese toma y daca respetuoso y necesario para no caer en el abismo del uno. El grito no como estallido ocasional de rabia, sino como sustancia del ser y del estar. El grito, en fin, como bandera de españolidad (y no solo).
("El grito", de Edvard Munch, 1893)

1 comentarios:
El grito como escupido visceral. O como muestra de sumo desprecio.
Me ha gustado mucho tu reflexión.
Un beso
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