martes, 13 de septiembre de 2011

El grito

A Carmen, que detesta el grito (incluso el mío)

El grito como marca de casta, de grupo e incluso de familia. El grito como instrumento de poder ilusorio, como castración del recíproco placer de la conversación, ese toma y daca respetuoso y necesario para no caer en el abismo del uno. El grito no como estallido ocasional de rabia, sino como sustancia del ser y del estar. El grito, en fin, como bandera de españolidad (y no solo).


("El grito", de Edvard Munch, 1893)

1 comentario:

Gemma dijo...

El grito como escupido visceral. O como muestra de sumo desprecio.
Me ha gustado mucho tu reflexión.
Un beso