martes, 26 de julio de 2011

Versos y microrrelatos en el Puerto III


A principios de abril recibí una extraña invitación. Mi amiga Carmen Sánchez, miembro activo de la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz (hermosa la declaración de intenciones que se lee en su web: Proyecto de apoyo de las personas lectoras a quienes aman los libros y no pueden leerlos), me propuso participar con ellos en una lectura poética para un grupo de presos en el Puerto III, con objeto de conmemorar el Día del Libro. Desde hace varios años -me dijo- ellos (dos, tres personas de la Asociación) acudían cada viernes a la prisión durante una hora a una sesión de lectura colectiva. En este caso no porque los presos no supieran leer o estuviesen impedidos para ello, como sucede con otros colectivos, sino porque con esta actividad colaboran con el programa de reeducación dirigido por Carlos en la cárcel. Antes de que yo dijese nada, me advirtieron de que no cobraría ni un céntimo por ello (es la segunda vez en poco tiempo que me invitan a una colaboración esporádica y me hacen la misma advertencia, como si quienes escribimos llevásemos en la frente una especie de sello pecuniario). Como hace ya años no hago ascos a experiencias nuevas y admiro la excelente labor de difusión de la lectura y el libro que hace esta Asociación, invirtiendo su propio dinero y su tiempo libre, dije que iría encantado. Lo primero que me llamó la atención fue que Carmen, Elena y Armando se detuvieron en el vestíbulo de la puerta principal a saludar cariñosamente a una joven. Tal era el afecto prodigado, que no se me ocurrió pensar que fuese (como me dijeron luego) una reclusa excarcelada poco antes y miembro del programa de lectura. Dentro, ya en la puerta de la sala, se repitieron los abrazos y besos con hombres y mujeres de varias nacionalidades (Argentina, Colombia, Georgia, Rumanía... y, por supuesto, España). Entre ellos también se saludaban afectuosamente, ya que pertenecen a módulos diferentes y muchos se ven tan solo en esa ocasión semanal. Repartimos libros y claveles (a falta de rosas), Armando me presentó como el escritor invitado y comenzó el acto, según la "tarea" propuesta el viernes anterior: cada uno debía preparar la lectura de un autor/a de su tierra, para, en el espacio de dos o tres minutos, ofrecerla a los compañeros. Así fueron desfilando uno tras otro, leyendo los más, pese a ser extranjeros, con una facilidad que ya quisieran muchos universitarios españoles. Cada intervención se cerraba con un aplauso y a veces se oía, entre los asientos, cómo se acogía al lector con muestras de aprobación o cariñosos consejos. Después de la intervención de Carmen y Elena estaba previsto que yo agotará los veinte minutos restantes con la lectura de versos y relatos míos. Abandoné la mesa y bajé de la tarima para estar más cerca de ellos (eran unos treinta), como siempre hago en mis clases, y procuré simplemente satisfacer la más mínima expectativa que tuviesen. Debo decir que no recuerdo haber estado en un acto donde hubiese un público más respetuoso y entregado. El silencio absoluto durante mis intervenciones, el respeto en las preguntas, el interés mostrado al final por cuestiones literarias convirtió aquella experiencia en algo inolvidable. Al terminar el acto dejé en la biblioteca del centro ejemplares de mis libros y nos hicimos una foto de grupo. Me autorizaron a publicarla en este blog (hasta hace poco no la he recibido, de ahí la demora) y ahora, cuando julio va llegando a su meta, yo les devuelvo la hospitalidad con la ingratitud de no recordar sus nombres, aun cuando tengo bien grabado cada momento de aquella tarde de lectura compartida. Un abrazo.

(Armando me presenta)

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