miércoles, 13 de julio de 2011

Una infancia sin máquina de retratar

Solo dos imágenes en papel evidencian (¿bastan?) que una vez fui niño. La primera es una fotografía incompleta de un bebé de ojos muy oscuros, sentado sobre una sábana y con las piernas rollizas abiertas. La otra es testimonio de un extravío cuando tenía tan solo dos años (estamos en 1967). El lugar del disparo, una calle paralela a la calle donde vivíamos; la ocasión, la Primera Comunión de una prima, lo que explica cierta compostura en la ropa, pese a esos horribles pantalones cortos rayados y la extraña intrusión de una tiza en una de mis sandalias blancas. La fotografía, obra de un avispado fotógrafo al que me hubiera gustado conocer después, muestra a un niño algo gordito (¿soy yo?) que se coge las manos y mira a la cámara con gesto cómplice, como si aquello fuese un pacto entre niño y adulto para sacarle a mis padres el importe de la improvisada fotografía. A partir de ahí se produce un salto de más de una década, hasta los últimos años de la escuela. La razón de tal vacío es simple: en casa no había máquina de retratar. Las familias humildes de entonces, agraciadas con un rosario de hijos, no podían permitirse ciertos lujos, y dicho aparato lo era, pues se consideraba la herramienta de una clase privilegiada: el turista. Aún tardaría la máquina en popularizarse, como lo hizo, si bien mucho más temprano en mi casa, el televisor. La primera película de la que tengo memoria es el King Kong de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, de 1933, que a partir de mediados de los cincuenta pasó a emitirse por televisión. Debía yo de andar por el lustro escaso de edad. Hoy, cuando veo esas dos fotos (un bebé y un niño perdido) y al lado se alza, descomunal, el recuerdo del gorila, me siento mucho más desvalido, mucho más vulnerable ante los peligros del mundo. Y me pregunto si un álbum de fotos hubiese paliado este sentimiento. No sé, pero, al menos, mi infancia no se sustentaría en exceso en las imágenes, a veces mendaces, de la memoria.

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