sábado, 2 de julio de 2011

Necio jardín en la República de las Letras. A propósito de Cernuda

La envidia (invidia en latín, que era "mirar con malos ojos") es un sentimiento necio (¡cómo se puede sufrir por el beneficio, la prosperidad o el éxito ajenos!) y, como el corazón humano es un semillero de necedades, allí florece, a menudo como enredadera que asciende por el tronco duro y ciego de la soberbia. La República de las Letras ha tenido siempre un vasto jardín de flores y árboles tales, quien lo probó, lo sabe. Son conocidas las pullas, codazos y dardos emponzoñados que han generado las circunstancias literarias. ¡Con qué frecuencia se han enmascarado viejas rencillas y enconados desafectos bajo la capa de la crítica literaria! ¡Cuántas veces el arma ha sido la supuesta sapiencia del uno contra la supuesta ignorancia del otro! En España, país cainita como pocos, muchas de estas batallas, que no son sino mediocres entretenimientos, se libran en la red, donde el insulto y el exabrupto han adquirido carta de naturaleza; me atrevería a decir que incluso cierto timbre de nobleza para muchos. La falsa democratización que alienta internet tiene esos efectos nocivos: cualquiera espeta o vomita su bilis contra el adversario en página propia o extraña; de ahí que hoy sea más necesario que nunca (y por desgracia) el moderador de comentarios, pues hay que evitar que la casa de uno (blog o web) se convierta en catapulta de discordia ajena contra los inquilinos de otras moradas.
.....He de decir, querido lector, que este preámbulo no es un desahogo personal, fruto de algún ataque furibundo contra mi modesta pluma. No. Viene a cuento porque he leído con verdadero deleite Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), el segundo libro de Antonio Rivero Taravillo que corona la biografía del poeta sevillano, y, a la par que sentía admiración por el trabajo del biógrafo, me sorprendía la red de encuentros y desencuentros que la vida fue tejiendo en torno a Cernuda. Como lector siempre supe que JRJ era intratable, y era de esperar que el sevillano se topase con el moguereño, pero que tuviese encontronazos frecuentes con P. Salinas, J. Guillén, V. Aleixandre, E. Prados y otros muchos escritores, editores y profesores de distintas instituciones de enseñanza evidencia también (y en el libro de Rivero es de claridad asombrosa) que Cernuda fue pájaro arisco y no poco endiosado a cuenta de sus dotes poéticas. Es lástima cuánto enturbian los dimes y diretes y las cuchilladas de un endecasílabo (o el golpe seco de una epístola de acero) el horizonte siempre prometedor de la literatura. Es lástima que la admiración por el trabajo bien hecho (como el de Rivero Taravillo, rico y riguroso en tantos aspectos) no sea el sentimiento primero, sino que al corazón de muchos escritores y críticos suela acudir el otro par, la envidia-soberbia, y que muchas lecturas se hagan viciadas desde el principio por ese maldito apriorismo que descarta los aciertos y bucea, con saña y posterior maledicencia, en los defectos.

5 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

La poesía, como el aire, llena al hombre de humo.

Un abrazo.

Mar dijo...

Ya me ocurrió con la primera parte. Me dejó asombrada por la labor inmensa de Antonio Rivero Taravillo, pero también me quedó un sentimiento agridulce. Al final queda su exquisita poesía, es su legado. Y siempre tendremos a D. Antonio Machado, el hombre bueno.

Olga Bernad dijo...

Hay juicios que solo son lo que son: cortinas de humo. A veces, al final, el humo se lo lleva el aire; los poemas, algunos, quedan en la memoria. Y uno siente también una gratitud imborrable. Lo demás...

Antonio Serrano Cueto dijo...

Gracias por la visita y los comentarios, Javier, Mar, Olga.

Angeles dijo...

Muy de acuerdo con tu introducción.
Algún día habría que hacer una lista de falsarios y desenmascarar a tanto pseudocrítico que utilizar su altar de bites para descalificar y poner zancadillas a los que llegan más lejos que él.