domingo, 10 de julio de 2011

Estampas desde Cabo de Palos: La roca de Hölderlin

Voces de niños confundidas con el rumor y la espuma de las olas. Aquella roca del fondo, la más alejada, hasta donde solía ir nadando cuando había fuerzas y el atrevimiento era una punzada en el pecho, es ahora descanso de la mirada. Al verla siempre rompiendo con violencia el flujo uniforme que llega desde mar adentro (tal vez desde la costa de la argelina Alger, que imagino allá, en línea recta), me acuerdo de Hölderlin: Las olas del corazón no se alzarían ni se romperían en tan bellas espumas si no se estrellaran contra el destino, esa vieja roca muda. Siempre me atrajo esa definición tan certera del destino, esos tres rasgos esenciales: edad, dureza y mudez. ¿Quién cuestiona que el destino es tan viejo como el universo, que ya surgió destinado...? ¿Y acaso no se hermana en dureza al pedernal, al diamante, al ojo pétreo de la muerte, con quien comparte cobijo y tantas veces proyecto? La mudez es su coraza, su forma de no dar opción a las peticiones que conllevaría una sola palabra suya reveladora, pues ¿qué humano estaría satisfecho con su mañana? Ya no oigo las voces de los niños, solo el rumor del mar: el tiempo que me ha llevado esta reflexión ha bastado para que se marchen a casa, quizás pensando en que aún les queda casi todo el verano por delante, toda una vida para bañarse en el mismo mar en el que siempre aguarda acechante, como centinela del tiempo, la roca de Hölderlin.

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