martes, 19 de julio de 2011

La memoria literaria (la pequeña)

La memoria literaria individual es inestable, como una obra abierta, en proceso. Si la cultura es el poso que queda cuando se ha olvidado lo aprendido, la memoria de lo leído es, en cambio, un pozo profundo, fecundo en aguas y líquenes oscuros, donde millones de microorganismos se aparean. ¿Cuántos libros lee un lector medio en una vida, pongamos, de ochenta años: mil, dos mil? ¿Qué porcentaje de lo leído se acomoda, siquiera sea en forma de mero reflejo, en el laberinto de su memoria? ¿El diez, el veinte por ciento? En esa suerte de batidora que debe de ser el receptáculo del cerebro donde se almacenan letras, historias, personajes, tramas y misterios todo se funde, todo se hermana. Así sucede que, a veces, la masa de esa mezcolanza sube hasta el borde y deja escapar un efluvio, un gas que alivia la presión. Cuando camino entre cristales, no puedo evitar que me acompañen las palabras de Max Estrella en su larga noche última: "Aquí también se pisan cristales rotos", y no pocas veces he contemplado la luna en la fragua de Lorca ("La luna vino a su fragua..."), pensado en la muerte con los ojos del poeta portugués José Gomes Ferreira: ("Devia morrer-se de outra maneira...") y considerado la caída a un pozo bajo el humor de Mihura: "El niño se cayó a un pozo, hizo ¡pim! y se acabó".
.....Sin embargo, en otras ocasiones ese gas viene demasiado ligado, confuso. Los versos de Cernuda que uno cree estar evocando se vuelven de Neruda, o de Keats en traducción meritoria; y los personajes cambian de autor y abandonan sus obras de origen y se introducen en otras ajenas, en un impune allanamiento de morada. ¿Ese Rampín, acompañante de cortesanas, campaba a sus anchas en La Celestina, o era en La Lozana Andaluza? ¿Y Guy Montag, de qué libro en llamas ha salido?
.....A menudo, sentado frente al mar como en esta mañana de julio esplendoroso, me pregunto, como Juan Ramón Jiménez, el propósito de nuestra estancia en este átomo del Universo, y evoco sus versos en la prosa de la memoria: Para olvidarme de por qué he nacido, hemos nacido, vengo a mirarme en ti, mar, loco perpetuo. Pero en un día como hoy descubro que esas palabras no son exactamente las que escribió el poeta de Moguer en "El nuevo mar", sino estas otras:

...
Para olvidarme de por qué he venido,

de para qué he nacido, hemos nacido,
vengo a mirarte, mar, loco perpetuo.
...
En mi recuerdo solo había
nacimiento, no llegada, y yo buscaba mi reflejo en el mar, mientras que JRJ tan solo lo miraba. Es evidente que ese es el misterio de la poesía: la asunción del yo del poeta transformado en el yo del lector. Y quizás ese sea el fin último de la literatura: apropiarnos de lo que otros escribieron para alimentar ese magma inestable y sin fondo que es la memoria.


(Imagen: Fuente de la pl. S. Sulpice. París. Fuente: Silenos)

3 comentarios:

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Magnífica entrada mi querido Antonio.

enrique baltanás dijo...

Muy interesante reflexión. Somos una suma de yoes...

ANTONIO SERRANO CUETO dijo...

Gracias, Javier. Quizás cierre con esta mi contribución a la colección Álogos. Un abrazo.
Enrique, cuánto tiempo. Un abrazo.