sábado, 16 de julio de 2011

El nombrecito de la rosa o la literatura light

La prensa de hoy trae la noticia: Umberto Eco "aligerará" El nombre de la rosa para atraer a nuevos públicos. La nueva versión italiana estará en las librerías el 5 de octubre. Leí el libro en los años ochenta del siglo pasado, siendo estudiante del primer o segundo año de carrera. Para quien barruntaba entonces que se dedicaría a la Filología Clásica, la novela de Eco fue un descubrimiento y un goce en varios sentidos. La he releído en estos años un par de veces más y he visto hasta en cuatro ocasiones (que ahora recuerde) la película de Jean Jacques Annaud. Dedicado ya al estudio de la literatura latina de los siglos XV-XVI, con incursiones en la medieval, y, por esto mismo, en contacto habitual con códices e impresos quinientistas, la novela de Eco me supo mejor en cada relectura. La ambientación de los scriptoria medievales y su papel imprescindible en la pervivencia de la literatura clásica, la sombra alargada de Aristóteles, las discusiones en torno a la pobreza de los franciscanos, la fascinación por los códices, la trama policiaca, los guiños a Sherlock Holmes, Borges, la biblioteca de Alejandría... todo ello ha convertido el libro de Eco en un hito en la historia de la novela contemporánea. Es más, la estela de crímenes bajo sotana, los secretos abominables en catacumbas, el desciframiento de enigmas judeocristianos, cuando no masónicos, protestantes... no se entendería sin la historia que viven Guillermo de Baskerville y Adso de Melk. Por eso, la noticia de hoy me llena de estupor. ¿A qué viene esta versión light? ¿Qué necesidad hay de ella? ¿Para qué quiere Eco más lectores cuando se trata de uno de los libros más leídos en las últimas décadas? Aparte del embrollo que esto ocasiona a los historiadores de la literatura, para quienes seguimos disfrutando de las aventuras del franciscano ilustrado y orgulloso, la noticia huele a lo de siempre: bajemos el nivel para que lleguen los que no llegan, en lugar de estimular a esos mismos a que suban y alcancen mayores cotas de saber. Dicho en otras palabras, huele a ESO (para mis lectores no españoles: Enseñanza Secundaria Obligatoria = homogeneización de niveles, pero por abajo) y la rebaja paulatina de nivel que vivimos en la universidades. Sin embargo, no me esperaba algo así de un hombre como Eco, atento siempre a los relieves más recónditos e interesantes de la historia y la cultura (ahí están sus libros para demostrarlo). No quiero pensar que esto sea una concesión a la legión de fans de Harry Potter, la saga Crepúsculo y aledaños; es decir, la gallina de los huevos de oro de la adolescencia. Tampoco creo que, a estas alturas, Eco necesite el regreso a la primera línea mediática editorial. ¿Qué suprimirá en este El nombrecito de la rosa? ¿El deleite visual ante los códices de Beato de Liébana, Plinio el Viejo o Estrabón, o las discusiones de los franciscanos con la embajada papal? Porque a buen seguro que no aligera el peso de los crímenes de los pobres benedictinos. Tampoco parece disparatado aventurar que habrá película de la versión breve. Si Eco justifica su decisión en la necesidad de popularizar su novela, más grave me parece, insisto, cuando se trata de una obra tan leída durante décadas. Es como si Cervantes suprimiera del Quijote largas escenas, acaso tediosas, como, por ejemplo, los parlamentos pastoriles y otros episodios, dejándolo en un relato simplón de capa y espada. O como si Dante redujera de su Divina comedia el poso teológico y el resultado fuera un viaje al Más Allá estilo Disney. Porque no nos engañemos, si Eco ha dado este paso, no tardará en vender los derechos a la compañía del ratón que llaman Mickey.

2 comentarios:

Sara dijo...

Eco chochea, fijo.

Olga Bernad dijo...

No había ninguna necesidad No lo entiendo.
La llamarán rosa pero no lo es. Estoy por la rosa real, a la que no hacía falta arrancarle hojas.