viernes, 10 de junio de 2011

Vuelta a la poesía de Manuel J. Ruiz Torres

Saludo con admiración la vuelta de Manuel J. Ruiz Torres a la poesía. No es que hubiera renunciado a ella, sino que desde sus poemarios ya lejanos Cartas a Clara Schumann (1981) y Sonata/Adioses (1987) se había alejado del verso para dedicarse a la narrativa (Fara, El galeote, 1996; Atributos masculinos, 1998; Foto en la luna, 2003; La cuerda floja, 2004). Pero la poesía, como la natura, siempre reversura; sobre todo si magma se ha vuelto lo que antes era roca templada. Su nuevo libro, El inicio del mundo (Renacimiento, 2011), es un libro de suma poesía amorosa bajo el ropaje (acertadísimo) de una continua metáfora científica. En la primera parte ("Explosión del Universo"), el poeta-amante se enfrenta a la ruptura de la armonía reflexionando sobre la explosión del Universo que conlleva el amor ("Teoría del Big Band"), la búsqueda ilusoria de un principio repetido ("Rectificación del Génesis") o el extravío: "En medio de la incertidumbre, / ando, / errante" ("Camino de las ocas"). En la segunda ("Evolución de las especies"), asoma la recuperación, la aceptación de que la especie se reconoce en la supervivencia, en la mutación que imponen "los días anodinos" ya pasados ("Selección natural"). Si contundente fue la conciencia del desconocimiento del ser amado en la primera parte ("Cuando dos desconocidos se desconocen, / su espacio común se empequeñece..."), no lo es menos la certeza de que "los mejores abrazos consiguen mantener su paso / de baile / cuando los dos se apartan" ("Instrucciones genéticas"). Esta segunda parte se cierra con "Observación al microscopio", un poema espléndido, quizás el mejor de un poemario espléndido, con versos como estos:
...
En ti, me desboco y pacifico;

En ti, me esclaresco y aplebeyo.

...

Mi amor se sustancia en sus lindes,
el centro umbilical donde los afanes reposan,
cicatriz de vida que engalana el trecho que baja al regocijo.
[...]
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La tercera parte, "Cántico", evocación conceptual del poema de San Juan de la Cruz, se compone de diecisiete piezas breves, a la manera de haikus sin llegar a serlo. Es una sección más luminosa, menos científica y a la vez biológica, pues la vida aflora con aves, peces, vegetales y agua que son trasunto del curso inmutable de la naturaleza, de la conversión del amante doliente en amante (no deja de serlo en todo el poemario) esperanzado que vislumbra otros horizontes. El poema XVII, que culmina esta parte dando sentido al libro entero, se alza como cima de luz y bonanza del espíritu:

...
Más allá de los dominios del estero,

el agua sigue sus propios cauces,

natural es su fluir hacia la inmensidad que le espera.

Desde aquí veo, amiga mía, que en esta tierra

también hay pájaros.

Veo el perfil de una ciudad nueva.
...
Donde vamos también hay pájaros.
...
...
Hace tiempo que no leía versos tan dignos de memoria ("se hablará de este libro, Manolo, le dije el día de la presentación") y nunca un sello editorial acogió con tanto acierto dos renacimientos maridados: al amor y a la poesía.

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