domingo, 5 de junio de 2011

Un gozo interrumpido

Terminaré en breve las andanzas del negro Ti Noel, de pies juanetudos y escamados por la edad. Compré El reino de este mundo hace tiempo en un mercadillo de libros y, como siempre que uno compra algo que cree valioso, la edición de Alfaguara me pareció una ganga. Hoy, cuando me acerco al final de la novela, he descubierto que la edición tiene un defecto: al último capítulo le falta una veintena de páginas. He pensado, de pronto, en una mutilación que me había pasado desapercibida, pero no, se trata de un defecto de fábrica, porque en el cuadernillo no se aprecian indicios de violencia. Debo reconocer que por un instante me he sentido desolado. Me había propuesto terminarlo esta tarde, retomar Ermitaño en París de Italo Calvino (no puedo negar que siento especial devoción por este autor, al que algún día rendiré un merecido homenaje) y empezar con las Cartas y poesías mediterráneas de Lord Byron tan bellamente editadas por KRK. Podré hacer el resto, pero el fin de Ti Noel se demorará al menos hasta mañana, una vez que saque de la biblioteca un ejemplar para completar la lectura. Y es un fastidio, porque la prosa de Alejo Carpentier es cautivadora, un dechado de estética, un conjuro poderoso de léxico que embriaga los sentidos, y no se merece (ni yo, mucho menos hoy, que es mi aniversario) un ínterin por mor de un despiste en las prensas. Al menos me queda el regusto, el recuerdo inevitable de otra lectura, la de Bomarzo. Porque, sin llegar al barroquismo ajardinado de Mújica Láinez, también en Carpentier se alza, abrumador, el edificio ornado del lenguaje. Sé que muchos lectores no buscan tales mimbres en la lectura, y gustos hay para justificar todas las opciones. Sin embargo, yo no puedo concebir la literatura desprovista del ropaje literario. Para construir una frase con sujeto, verbo y complemento directo basta con haber ido a la escuela; pero hay que ser de muy otra naturaleza para trenzar esto: Después de haber reinstalado en su habitación, por un cierto tiempo, a Marinette la lavandera, Monsier Lenormand de Mezy, alcahueteado por el párroco de Limonade, se había vuelto a casar con una viuda rica, coja y devota. Por ello, cuando soplaron los primeros nortes de aquel diciembre, los domésticos de la casa, dirigidos por el bastón del ama, comenzaron a disponer santones provenzales en torno a una gruta de estraza, aún oliente a cola tibia, destinada a iluminarse, en Navidad, bajo el alar de un soportal. Entiéndase ahora, que, con tal gozo interrumpido, ande escribiendo esta queja para alivio propio. Y lamento que esta suerte de cautiverio estético me impida a menudo disfrutar de la traducciones, lo cual no deja de ser una merma mía y no un demérito de los traductores.

(Cubierta de la edición de Letras Cubanas de 1987)


2 comentarios:

Olga Bernad dijo...

Hace ahora 19 años que lo leí por primera vez y aún me dura el efecto de este libro. Me ha encantado verlo aquí, compartir lectura (aunque sea interrumpida;-) y sentirme muy cerca de Cádiz. Cosas de la red.

Pedro E. dijo...

Sin duda muy bueno...
He visto ahora tu artículo..., yo estoy con 'El siglo de las luces', me esperan 'Los detectives salvajes' de R. Bolaño y un par de poemarios de L. García Montero y Leopoldo María Panero que reservaré para cuando esté mi patria chica...
Saludos desde café De Appel.