lunes, 20 de junio de 2011

Mutatis mutandis

Ya escribí en otra ocasión que aquel barbero sordo que me amenazaba en mi niñez con cortarme las orejas había dado paso, cuatro décadas después, a las peluqueras que hoy me lavan el pelo, me colocan dos piedras volcánicas en las manos y me masajean el cuero cabelludo hasta el sopor. Es el signo de los tiempos: de la rusticidad a la sofisticación, con lo que esta tiene tantas veces de cartón piedra. No es que yo cambie a mis jóvenes peluqueras de hoy (a las que dediqué un microrrelato en Fuera pijamas, titulado "Peluquería Las Vestales") por el anciano de ayer, de cabello blanco encrespado y mirada azul, pero a veces no me importaría vivir de nuevo aquella escena: el olor de la colonia de grifo, el suave clic-clic de las tijeras cortando el aire, gesto semejante al del guerrero que blande su espada como aviso inquietante, el programa de radio donde cantaban mujeres de voz picuda, la imagen de mi madre sentada en la silla bromeando con el barbero sordo. El tiempo no solo cambia los cuerpos y machaca el espíritu; también hace que los ojos, esos malditos embusteros, miren con otro mirar. Si hace cuarenta años hubiésemos visto a un hombre correr apresurado por la calle, hubiésemos pensado que a delincuente que corre, policía que lo persigue. Hoy vemos correr a alguien con premura por la calle y, al pasar a nuestro lado, observamos con curiosidad los detalles de su indumentaria: si lleva pinganillo con música en la oreja, si lleva pantalón deportivo de tal marca o tal otra; e incluso nos decimos a veces, con el falso paternalismo de esta época, si no es demasiado mayor para darse semejante paliza bajo el sol aún ardiente de la tarde. Y si hace cuarenta años hubiésemos visto a alguien tomarse tres vasos seguidos de tinto, a buen seguro que hubiésemos pensado que era un borracho tabernario. Hoy el amigo, el suegro, la esposa y hasta el yerno te llenan una y otra vez la copa de tinto (Rioja, Ribera del Duero, Somontano...) porque conocen tu morado paladar y el timbre de nobleza que imprime el descorche bien aprovechado. Son, pues, situaciones semejantes, mutatis mutandis, pero, ¡ay!, cómo hemos cambiado. La culpa, insisto, la tienen los ojos, que mudan su mirar a la vez que vamos mudando el pelaje.

(Le Cameleon, en el Barrio Latino de París. Fuente: Silenos)



3 comentarios:

Susana Camps dijo...

No sé si he sentido más placer disfrutando de tu prosa o de la nostalgia.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Gracias, Susana, por tu visita y tus palabras.

xixe dijo...

Encontré este sitio a través de Isabel Barceló. Lo encontré muy interesante y quisiera seguir leyéndolo. Saludos.