miércoles, 15 de junio de 2011

Antonio Rivero Taravillo y el "proelium nocturnum"

Los poetas latinos elegíacos, que amaron a sus puellae en un ejercicio de adulterio consagrado por las Musas, encontraron cauces de expresión poética que los siglos han sancionado en Occidente. Una de esas formas de abordar el misterio del amor y el goce del sexo era recurrir a una metáfora bélica en virtud de la cual el amante-poeta se convertía en soldado y trasladaba al verso el léxico y las imágenes de la contienda guerrera. Esta suerte de "milicia de amor" (militia amoris es la expresión acuñada), en la que se alistaron Ovidio, Propercio, Tibulo y otros poetas, adquiría especial relevancia en el lecho, pues allí era donde el guerrero del amor había de cumplir con el valor-vigor que se le exigía. A fin de cuentas la metáfora no es más que la traslación a la arena amorosa de la imagen del héroe épico, valiente y esforzado en el campo de batalla. Mas no se piense por lo dicho que tales batallas se libraban (y cantaban) solo fuera del matrimonio, porque la escena de la desfloración de la novia en el Centón nupcial de Ausonio no es otra cosa que la susodicha batalla en la noche de bodas. Pasaje, por cierto, tenido por muchos comentaristas antiguos y modernos por la más descarnada descripción del coito de la literatura latina, hasta el punto de que la editora y traductora de Loeb Classical, G. Evelyn White, en un arrebato censor no tradujo al inglés el texto, dejándolo en latín para cabal comprensión de unos pocos. Viene este preámbulo al caso porque hoy he abierto un libro y me he encontrado con un poema, primero del poemario, que está rematado por un proelium o "combate" (nocturno o diurno, según plazca). Lo firma un poeta amigo, para más satisfacción, Antonio Rivero Taravillo, y pertenece a Lejos, salido poco ha de las prensas insulares de Siltolá. He aquí el poema completo, preludio excelente del conjunto:

............................SUEÑO
...
Más real que ese cuerpo que dormía a mi lado,
esta noche has venido a edificar mi sueño;
has creado el espacio, irrepetible y mágico,
donde el amarte no era ya ese imposible intento
...
con el que fui modelando otras noches acerbas,
otras velas de insomnio y de asfixia en las sábanas,
de nihilismo y pistolas, cuando el amarte no era
sino víbora suelta, mordedura hasta el alba.
...
En el sueño las leyes quedaban en suspenso,
en estado de sitio tu antigua indiferencia.
Triunfaba la guerrilla de tu cuerpo en mi cuerpo,
marchaba mi columna a derrocar tus piernas.
...
Después capitulábamos por el amor vencidos,
firmábamos tratados orales con las marcas
de mis dientes en ti, de mis labios mordidos.
Caíamos rendidos sobre banderas blancas.



1 comentario:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Hermoso poema, Antonio. Aquí no cabe el no a la guerra.
Saludos.