martes, 8 de febrero de 2011

De Madrid bajo la boina

En este momento regreso a Cádiz en tren, después de una estancia de tres días en Madrid. Tenía pendiente algunos deberes en la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional y tenía pendiente ver a la familia en Leganés. Y aún me ha quedado tiempo para visitar la librería Antonio Machado del Círculo de Bellas Artes y la ineludible Tres Rosas Amarillas, donde he comprado el último libro de Juan Eduardo Zúñiga y conversado con su dueño, José Luis, sobre las Catas Ciegas que organizan los viernes y a las que nunca puedo acudir por mor de los kilómetros y Despeñaperros (la próxima vez procuraré incluir el viernes entre los días de estancia). Hoy he sabido que he estado estos tres días bajo la "boina" de contaminación que ha colocado un anticiclón en la cabeza capitalina. Ya decía yo que a mediodía acuciaba un calor primaveral. Sería por el abrigo de la susodicha boina. Salvo por las obras, Madrid no cambia mucho. Las cosas suelen estar en su sitio, donde las dejé. Sin embargo, esta vez me ha parecido que hay muchas más prostitutas al acecho en Callao, Montera y Carretas, y las he visto jovencísimas (supongo que la crisis dibuja con líneas gruesas esta estampa habitual y siniestra). Me acuerdo ahora, cercana ya la estación de Jerez, de lo acontecido ayer en la cafetería de la Biblioteca Nacional durante el almuerzo. Los empleados (técnicos, auxiliares, bibliotecarios...) solo hablaban de ratones. Había quien decía que en su departamento se habían vuelto locos y no se dejaban domeñar; otros, que ponerles alfombrillas debajo para que correteasen a gusto no había surtido efecto. Incluso se quejaba una joven de lo manoseado que estaba el suyo. Terminé el postre con la impresión de haberme perdido algún suceso importante, del que no parecía haber quedado más rastro que esos jirones de conversación atrapada al vuelo. Y me sorprendí en la biblioteca mirando al suelo y creyendo vislumbrar ojillos risueños en los rincones.

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