SÍNDROME DE ESTOCOLMO
Me ordenaron que los acompañase y, extrañado, obedecí. Me ordenaron que entrase en aquel vehículo y, asustado, obedecí. Me ordenaron que me desnudase en aquella sala inhóspita y, temblando, obedecí. Me ordenaron que me tumbase sobre aquella mesa fría y, tiritanto, obedecí. Cuando me ordenaron que no respirase y permaneciese quieto, obedecí sin sentir ya nada. Y estaré eternamente agradecido a aquellos seres extraños por poner orden en el mayor de los desconciertos.
7 comentarios:
Siempre resulta más fácil obedecer al otro que a uno mismo. Descanse en paz. Un abrazo
Un abrazo también para ti, Gemma, en los fríos berlineses. ¡Buen Adviento!
Genial, en un mundo en que cada vez son menos los que no se arriesgan a obedecer con la cabeza baja. Saludos
Magnífica micronarración, Antonio. De gran sutileza. Siempre me agradaron los narradores-cadáveres. Un abrazo.
Muy bueno, Antonio, a veces lo menos malo resulta ser la obediencia ciega.
Estupendo, Antonio, me ha encantado el micro. Has conseguido que me pusiera en lo peor, menos mal que tan sólo estaba muerto.
Abrazos.
A veces se vive mejor dejando que otros decidan por nosotros.
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