lunes, 6 de diciembre de 2010

Un microrrelato ordenado


SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Me ordenaron que los acompañase y, extrañado, obedecí. Me ordenaron que entrase en aquel vehículo y, asustado, obedecí. Me ordenaron que me desnudase en aquella sala inhóspita y, temblando, obedecí. Me ordenaron que me tumbase sobre aquella mesa fría y, tiritanto, obedecí. Cuando me ordenaron que no respirase y permaneciese quieto, obedecí sin sentir ya nada. Y estaré eternamente agradecido a aquellos seres extraños por poner orden en el mayor de los desconciertos.

7 comentarios:

Gemma dijo...

Siempre resulta más fácil obedecer al otro que a uno mismo. Descanse en paz. Un abrazo

Antonio Serrano Cueto dijo...

Un abrazo también para ti, Gemma, en los fríos berlineses. ¡Buen Adviento!

Los pretendientes de Ligeia dijo...

Genial, en un mundo en que cada vez son menos los que no se arriesgan a obedecer con la cabeza baja. Saludos

Herman dijo...

Magnífica micronarración, Antonio. De gran sutileza. Siempre me agradaron los narradores-cadáveres. Un abrazo.

Araceli Esteves dijo...

Muy bueno, Antonio, a veces lo menos malo resulta ser la obediencia ciega.

Jesus Esnaola dijo...

Estupendo, Antonio, me ha encantado el micro. Has conseguido que me pusiera en lo peor, menos mal que tan sólo estaba muerto.

Abrazos.

Eugenio Manuel dijo...

A veces se vive mejor dejando que otros decidan por nosotros.