sábado, 18 de diciembre de 2010

Un microrrelato cruento

EL ENCARGO

Son dos, ocultan indicios de crímenes en la mirada y tienen el paso envalentonado de quienes van a ejecutar un encargo. Siempre actúan juntos, son expertos inmoladores a sueldo que se emplean a fondo en estos días grises de Adviento, sin que nadie descubra en su oscuro tránsito dual el más mínimo atisbo de un oficio reprobable. Después de vigilar durante semanas a la víctima, deciden a la par el dónde y el cómo, aguzan los instrumentos y rezan una plegaria para aplacar con el sacrificio no se sabe a qué sedienta divinidad. Cuando llega la hora, uno sujeta con fuerza al desdichado, cuyas pupilas negras ya contemplan su muerte a manos de aquellos hombres desconocidos. Entonces el otro eleva el puñal despacio, respira hondo y lo clava hasta la empuñadura en el pescuezo del pavo, que siente cómo las patas le flaquean, cae de costado y el alma que le negó el Cielo se le escapa alada hacia el infierno del horno.

(Imagen: utensilios domésticos. Museo de Heraclion, Creta. Fuente: Silenos)

1 comentario:

Olga Bernad dijo...

Jo. Visto así.
¿Y esos lechoncillos inocentes con su manzana en la boca, como si hubiesen pecado, cuando todos sabemos que es mentira, que no se merecían la expulsión de su pobre paraíso vital? ¿Y la sensación rara que le queda a uno cuando piensa eso y, a la vez, reconoce que le gusta comérselos?

Todas las épocas de excesos tienen algo oscuro. Y la Navidad parece haberse quedado en eso. Tu cuento nos señala el otro lado. Me gusta el vuelo del alma que le negó el cielo, esa huida alada hacia el infierno... del horno.