Así amanece cada día en la costa de Cabo de Palos (Murcia). Recién abiertos por el calor, invocando la brisa tempranera que ya empieza a enredarse en las pitas del acantilado, los ojos humanos se asoman al Mediterráneo y, sin esperarlo, se encuentran con este espectáculo portentoso e irrepetible, por más que suceda cada jornada. Entonces viene al recuerdo la creencia antigua según la cual, durante la noche, el carro del sol recorre un camino de bóvedas secretas por el interior de la tierra, para volver a salir y hacerse visible a la hora mágica del alba. De esa tierra interior y submarina emerge ahora, apaciguados sus rayos aún por este baño matutino que queda prendido en sus pies, como quedan prendidas las horas felices que se resisten, chorreantes, a caer en el olvido.
9 comentarios:
No parece mal destino...
Un abrazo
Qué suerte tienes de poder verlo y escribirlo.
He visto amanecer en ese mismo sitio y es inenarrable, no, miento leo que tú si puedes describirlo
Quién pudiera estar allí y ver esos amaneceres! Yo hace tres semanas que apenas veo el sol, pero esta entrada me ha hecho recordar... Gracias
Anónimo, tengo por norma no publicar anónimos, aunque entiendo que muchas veces ello está provocado por no tener cuenta en blogger. La próxima vez, si la hay, te sugiero que añadas tu nombre al final del comentario.
Me gusta mucho la imagen de ese sol mojado de la mañana que emerge- perezoso y manso aún- del universo secreto de la noche submarina. Una maravilla.
Gracias, Sara, por tus visitas, más valiosas al venir de tan lejos. Un abrazo.
A mi me ha despertado esa vista durmiendo en el balcón. Saludos
Si eres el Manuel de Híspalis que sospecho, bien creo lo que dices. Un abrazo.
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