Suelo despertarme cuando el crepúsculo matutino empieza a rasgar las sombras. Espacio y tiempo de nadie, tan sólo de los pájaros arrulladores. A esa hora, mi casa es un mirador en las alturas por encima del sol y la bahía. Salgo a la terraza, paseo por ella en busca de los cantos tempraneros, y a menudo se me escapa una gaviota en alas de una carcajada. Entonces me doy cuenta de que sigo aquí, en una casa-barco anclada en una ciudad-isla que a veces se queda al pairo largo rato... Hasta que el olor del café me devuelve a la orilla.
5 comentarios:
Una entrada preciosa. Gracias a ella esta mañana me he asomado al océano desde un balcón, y he vuelto a sentir esa brisa deliciosa, y esos olores marinos, y esos azules del alba... Gracias.
Me alegro de ello, Sara, y bienvenida a estos Silenos.
Qué bonito eso de que el crepusculo matutino empieza a rasgar las sombras. Cuando consigo despertarme a tiempo también lo veo, y sí, lo has descrito a la perfección.
Vivir en Cádiz es un privilegio y los principales placeres gratuitos son los amaneceres y los crepúsculos. La costumbre de pasear cada día y pararnos, para ver la puesta de sol, es el mejor regalo de los padres gaditanos a los hijos, mejor que llevarlos a los parques de atracciones, me parece.
Preciosa entrada, casi puedo sentir la brisa en la cara y oler el café recien hecho que me devuelve a la acera de mi ruidosa calle.
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