viernes, 14 de mayo de 2010

Letras / Literatura


Escribió
Erasmo de Rotterdam en su Banquete religioso que, mientras que la lectura de los clásicos griegos y latinos enriquecía su espíritu, los escritos de la escolástica medieval le dejaban frío para la auténtica virtud y más querencioso para las disputas. De forma semejante me siento cuando cae en mis manos (y esto ocurre a menudo en los últimos años) una novela o un poemario que llega avalado por sonoros aplausos y flashes de cámara; una de esas obras que críticos, editores y autores amigos presentan como "una voz nueva". Dice mi amiga Ángeles Prieto que hay mucho escritor cuyas dotes literarias se reducen a construir una frase con sujeto, verbo y complemento. También los hay, añado yo, que estiman que todo lo que producen, aunque sea un exabrupto, merece circular en letra impresa. Para colmo los premios literarios imprimen su marchamo de vanagloria y engordan la filautía, hasta el punto de que se ha convertido en locus communis presentar a un escritor desplegando su alfombra de laureles. He asistido a muchas presentaciones de libros, mesas redondas y encuentros con autores, pero qué pocas veces he visto que se hable de literatura. Cuatro anécdotas, dos tópicos y tres frases repetidas en algunos casos con facundia y simpatía bastan para colmar un acto. Y uno se marcha pensando en releer a algún clásico. Esto me ha ocurrido recientemente, y me ha salido al paso en mi biblioteca R. L. Stevenson. La navegación de la Hispaniola y las aventuras de Hawking y John Silver el Largo me han llevado del disfrute a las aspiraciones erasmianas de la auténtica virtud (literaria).

(Portada de una edición de 1911. Fuente: Wikipedia)

2 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

Totalmente de acuerdo: La isla del tesoro es un libro donde se reconcilia uno con la literatura en estado puro.

Jorge Ordaz dijo...

Suscribo lo que dices. "La isla del tesoro" es literatura inmarcesible. Por cierto, el ilustrador Wyeth es uno de mi preferidos.
U abrazo.