domingo, 4 de abril de 2010

Misterios familiares


Como hay misterios en los relieves del cielo y del mar y en las grutas de la tierra, también hay misterios domésticos que, muchos años después, siguen sin respuesta. Y no me refiero a rostros virginales exudados en la pared, o a vasos que se mueven nerviosos en un trance de espiritismo. Hay misterios más simples: la desaparición, por ejemplo, de un objeto imprescindible para la vida cotidiana. Pongamos por caso el filtro metálico de la cafetera. ¿Cómo demonios puede perderse algo así, que no cabe por los sumideros de agua ni se confunde, por sus dimensiones, con los restos de basura?
Hace años, cuando era muy joven y vivía con mis padres, alguien nos regaló dos periquitos enjaulados. Yo, como buen adolescente, tenía por entonces constantes arrebatos de libertad, propia y ajena, así que comencé una campaña de concienciación familiar, consistente en repetir una y otra vez que los pájaros debían estar libres, a su aire por las copas de los árboles. Todo fue en vano: los susodichos periquitos seguían miréndome de reojo desde detrás de los barrotes. Una mañana, al despertarnos, encontramos la jaula vacía y la minúscula puerta cerrada y trabada por fuera. ¿Cómo demonios escaparon? ¿Escaparon? Aquel día, y hace ya de esto cerca de treinta años, todos los dedos acusadores se volvieron contra mí, y aún hoy soy el principal sospechoso. De nada sirvió (ni sirve) la evidencia de que aquella noche yo también dormía. Para ellos el caso está resuelto: si no lo hice adrede, lo hice como marioneta del subconsciente. Me condenaron, en verdad, mis antecedentes, porque años atrás me había paseado sonámbulo por el salón de casa, ante los ojos entre atónitos y asustados de mis padres, abrazado a un gran mero que resultó ser mi almohada.
(Una mano en el camino)

6 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Yo tengo la extraña sensación de que las cosas, cuando se les deja de prestar atención cotidiana, tienden a desaparecer. Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

En mi casa también abundan los casos de desapariciones... Parece que se trata de una ley universal. Saludos cordiales.

Extractos de alguna vez dijo...

ese mero-almohada lo pescastes por la terraza por la que, imagino, dejastes escapar a los periquitos...¿o no?

besotes

Gemma dijo...

Te pasó como al pastorcillo guasón con el lobo...
Besos, Antonio

Juan V. Fernández de la Gala dijo...

Pero tiene sus compensaciones. Para contrarrestar esas desapariciones misteriosas, a veces hay apariciones magníficas: un libro olvidado, un poema esbozado como una iluminación repentina en la servilleta de papel de una cafetería, un calcetín desparejado en el fondo de un cajón, una foto o una carta de otra época...

Me deslumbran esas apariciones repentinas. Me parecen una bendición. Me alegran el día. Y me recuerdan esa canción de Serrat... No recuerdo el título, pero decía "Uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia.."

Me ha encantado el blog. Hay material para perderse aquí y disfrutar mucho leyendo. He puesto un enlace desde el mío de blogspot, que se llama Kircher Landscape y también crece placenteramente al viento de levante, en la Bahía de Cádiz.

Un saludo
JV

Antonio Serrano Cueto dijo...

Bienvenido, Juan, a este baile.