domingo, 7 de marzo de 2010

Un relato veneciano


Suelo, como sabéis, dejar aquí microrrelatos de cuando en cuando, cuya extensión es propicia para la lectura (y escritura) bloguera. Pero hoy me siento generoso y he decidido colgar un relato que envié, hace ya varios años, al premio La Felguera (sorpresa: quedé entre los ocho primeros). Hurgando en el baúl de los escritos muertos, he decidido que resucite por unos días. Lo escribí en 2002, durante una corta estancia en un albergo de Venecia con balcones al Gran Canal. Paciencia.

EL ALBERGO

.....La navegación quedó interrumpida desde Ponte di Rialto hasta Ca’ d’Oro, salvo para los vaporettos del transporte público, que discurrían a través de un angosto pasillo entre la margen del Campo della Pescheria y un cordón de balizas flotantes. Aguardaban su turno en los extremos y luego pasaban muy despacio, escorados hacia estribor o babor por el peso del pasaje expectante, según navegasen hacia la desembocadura del Grande Canale o hacia la estación de Santa Lucia. Varios agentes del servicio submarino se sumergieron durante horas, con salidas esporádicas a la superficie para descansar o intercambiar impresiones.
.....Poco antes el modesto hotel se había llenando de policías que lo revisaban todo: las habitaciones, la pequeña cocina, la vivienda del piso superior, el almacén situado en la planta baja, provisto de embarcadero privado. Tres carabinieri de paisano inspeccionaban la habitación de las Musas con una lentitud exasperante. Lo tocaban todo con guantes de goma y de vez en vez introducían en pequeñas bolsitas de plástico minúsculos indicios hallados sobre la mesilla de noche, en la alfombra, en el alféizar de la ventana o en la repisa del lavabo. Lo hacían sin decir palabra, siguiendo las pautas de un proceso rutinario que aprendían en la academia y cuyos resultados no siempre eran proporcionales al tiempo y la dedicación empleados.
.....La madre de Valeria llegó en tren desde Milán pasado el mediodía. Un carabiniere barbilampiño le cerró el paso en el portal, obligándola a esperar en el callejón hasta que su jefe le permitiese entrar en el hotel. Más por asegurarse de que no tocase nada que por cortesía, otro carabiniere la acompañó hasta la cocina, donde Valeria permanecía inmóvil sentada frente a la ventana, absorta en el vaivén espejeante de las aguas del canal. Como siempre que visitaba a su hija, tan pronto entró en el hotel se dispuso a preparar café. Era un viejo ritual que reconfortaba a ambas mujeres: a Valeria porque le devolvía el olor del hogar familiar como ninguna otra evocación, y a su madre porque aguardaba con impaciencia mal disimulada el gesto de asentimiento de su hija, cual prueba de que los embates de la edad aún no habían mermado esa antigua y grata pericia.
.....Unos minutos más tarde los tres agentes salieron de la habitación de las Musas y entraron en la cocina quitándose los guantes. Agradecieron la amable invitación de la anciana y bebieron de pie, ajenos a la figura ausente de Valeria, enzarzados en el recuerdo de los goles del Inter de Milán en el partido de las semifinales. Antes de volver al trabajo, todos coincidieron en que había sido el mejor encuentro de la temporada.
.....Las voces de los policías y la de su madre exhortándola a tomar una taza de café se confundían en un rumor cada vez más ignoto, como jirones de una realidad desvaída e inquietante. Sus cinco sentidos vagaban por las estancias del hotel en busca de reminiscencias todavía prendidas en el aire, en la ropa y en los últimos objetos que Piero tocó. Y cada vez cobraba mayor fuerza la imagen de las aguas turbias socavando los cimientos en las profundidades del almacén. Las sombras que oscurecían el aroma del café en la cocina y las que en la habitación de las Musas se detenían frente a la ventana, mirando hacia fuera y señalando persistentemente el lugar del impacto, la punta redondeada y tosca de la baliza donde debió de quebrarse el cráneo, comenzaron a ceder ante los recuerdos luminosos de la víspera.
.....Cenaron temprano, en la terraza de un restaurante con suelo de pizarra y decenas de velas encendidas que arrojaban sobre el comedor una luz pálida y soñolienta. Valeria eligió sepias con crema de bróculi y piñones y Piero pidió un plato de risotto aromatizado con especias. Brindaron con una botella de Nobile di Montepulciano por el éxito del hotel, que abrirían al público al día siguiente. Con la segunda botella brindaron por la bella Serenissima, y el brindis trajo de la mano el recuerdo de la primera vez que pasearon por aquellas calles, veinte años atrás, cuando él aún no había abandonado la carrera de derecho en Bolonia y ella, más joven, acababa de terminar sus estudios en el Liceo. Allí hicieron el amor por primera vez, en un apartamento minúsculo que les prestó un amigo de Piero, un joven retratista que había cambiado durante una semana el bullicio de la plaza San Marco por la no menos bulliciosa plaza Navona en Roma. Valeria, que siempre agradecería a aquel pintor bohemio haberle regalado la noche más hermosa de su vida, había reconstruido cientos de veces en los últimos años los detalles de aquella estancia, donde alternaban láminas viejas de Matisse con fotografías del Nueva York de los años cincuenta y retratos al carboncillo de turistas sonrientes. Pero sobre todo le gustaba evocar la luz crepuscular que se adueñaba de la habitación al atardecer y que, detenida, se mecía suavemente con las ráfagas del humo de los cigarrillos.
.....Terminada la cena, pasearon embriagados durante más de una hora por el barrio de Dorsoduro, huyendo de los turistas hacia las callejas más apartadas, hasta perderse en un laberinto de canales y puentes. Valeria quiso prolongar el recuerdo de aquella primera vez tomando una copa de champán en la Divina Commedia, pero hacía tiempo que el bar estaba clausurado por amenaza de derrumbe. Se besaron recostados sobre la puerta enmohecida y en el interior sonó para ellos una vez más Sacrifice de Elton John.
.....Habían vendido cuanto poseían para comprar el edificio y convertirlo en un pequeño albergo. Y resultó ser un albergo distinto, como él quería, oculto en un callejón apartado, un refugio en medio del tumulto de la ciudad infestada de turistas. Sin rótulo ni indicación de ningún tipo. Sólo unos pocos atrevidos vencían el recelo que provocaba la sordidez del rincón en el que se abría la entrada del edificio. Piero nunca quiso cambiar ese aspecto decadente de palacete desmoronándose. Le agradaban los techos abovedados, las paredes de enormes ladrillos vistos, la escalera ancha y empinada, el olor a piedra húmeda que ascendía desde el almacén. “Las mañanas serán siempre húmedas, Valeria; será como vivir en un barco, y, aunque no se balancee bajo los pies, si prestas atención, podrás oír el crujido de las tablas estremecidas allá abajo.” También le gustaba la oscuridad inhóspita del portal, que se transformaba en amable penumbra a medida que se subía la escalera y desaparecía completamente en el primer rellano, donde la luz ya penetraba generosa a través de los visillos de dos enormes ventanales. Quienes llegaban hasta allí ya no dudaban, porque comprendían que habían encontrado una perla protegida por un espinoso caparazón.
.....Valeria, sin embargo, desconfió desde el principio de la habitación de las Musas. Se preguntaba por qué era diferente a las demás, por qué era la única en todo el hotel cuya ventana no tenía debajo antepecho de pared, sino tan sólo una exigua barandilla de hierro que apenas superaba en un palmo las rodillas. Su marido, por el contrario, supo ver en aquella diferencia un sello que la convertía en la estancia más preciada del albergo, porque era la única habitación que permitía contemplar desde la cama el paso callado de las góndolas. “Tienen la base lisa, Valeria, para poder girar noventa grados en poco espacio.”
.....La habitación tenía otra singularidad: era la única en cuyas paredes no colgaban cuadros decolorados con ramilletes de amapolas y lirios, ni tampoco espejos ovalados en marcos de tinte cobrizo que reflejaban a su vez la imagen imprecisa de los cuadros. Sólo había un gran tapiz, situado justo frente a la ventana. A pesar de que tenía el fondo marrón oscuro, orlado por una línea de conchas de color marfil, en él parecía posarse toda la luz del sol que entraba en la habitación. Representaba la danza gozosa del coro de las nueve Musas, dirigidas por un rubio Apolo coronado por una guirnalda de laurel. Debajo, en una cinta de papiro enroscada como una serpiente, podían leerse los nombres en letras griegas: Calíope, Clío, Talía, Erato, Melpómene... Parecían dichosas con su suerte, aun cuando en sus miradas opacas y en sus sonrisas de felicidad impasible había un destello perturbador.
.....La primera vez que Valeria observó los detalles de la escena (el pelo trenzado de las mujeres, los pliegues caprichosos de las túnicas, las manos unidas levemente por la caricia de los dedos, los pies descalzos de unas, calzados con sandalias de otras), experimentó el mismo desasosiego que le había embargado ante la ventana y del que, a pesar del entusiasmo de su marido, no había logrado liberarse. Durante días tuvo la tentación de encerrar el tapiz en el almacén umbrío, donde se amontonaban los muebles que no merecía la pena restaurar y un sinfín de trastos sin valor. Sin embargo, el entusiasmo de Piero la disuadió, y Valeria optó simplemente por ignorar el tapiz, de la misma manera que se propuso huir de la aprensión que le producía la ventana.
.....En los días previos a la apertura, dedicados a los últimos retoques de pintura y a la limpieza a fondo de las estancias, Piero solía bajar muy de mañana a la habitación de las Musas. Se sentaba frente al Campo della Pescheria, de cara al aire cruzado de gaviotas y palomas tempraneras, mirando cómo los vendedores de fruta y pescado se movían entre los tenderetes descargando cajas, organizando el lustre de los expositores y haciendo temblar el día recién despierto con sus voces laboriosas. Saboreaba así el primer café, un café minúsculo, apenas dos sorbos, dejando que el aire fresco le subiera por los pies apoyados en el alféizar hasta erizarle el vello de los muslos.
.....A veces también acudía en las horas lentas de la sobremesa. Contemplaba entonces los arcos en declive del lado izquierdo del Ponte di Rialto, donde los turistas se agolpaban contra la balaustrada buscando hacer la misma e insulsa fotografía que otros miles de visitantes ya habían hecho antes que ellos. Luego deslizaba la mirada hacia el conjunto de casas y palacetes que se apiñaban en la margen izquierda, flanqueados por una hilera de balizas rayadas tan altas, que casi alcanzaban las colgaduras de plantas de las terrazas del primer piso.
.....En una de esas tardes, cuando los rayos del sol reverberaban en la cruz de la torre de San Bartolomeo, Valeria se sentó junto a su marido. Presenciaron sin esperarlo el cortejo nupcial de media docena de góndolas engalanadas con ramos y guirnaldas floridas. Se detuvieron un instante en medio del canal y Valeria dedujo que la góndola en la que viajaban los novios era la que conducían dos gondoleros fornidos con traje blanco de ceremonia. Entonces en otra góndola un hombre se puso en pie y empezó a cantar. Valeria creyó reconocer una canción popular rusa que ya habían oído en alguna de las películas de Mikhalkov. Cuando concluyó la canción, un italiano le replicó desde otra góndola con Sempre, Sempre, Sempre. Piero quiso ver en aquella escena el auspicio de una estancia feliz, el preludio de la realización edificante de un sueño; y, como ocurría siempre, contagió su optimismo a Valeria. Tenía un don especial para transformar ante los ojos de su mujer la imagen del mundo. Por eso ella se dejaba llevar siempre, por eso había renunciado a la seguridad de su modesto negocio en Bolonia y había emprendido con él aquella aventura de final incierto.
.....El día de la inauguración Piero se había empeñado en desayunar en la habitación de las Musas. Bien sabía que sería la última vez, porque, tan pronto la ocupara el primer huésped, apenas tendrían ya ocasión de disfrutar de la ventana. Si alguna habitación podía funcionar a pleno rendimiento, sin duda era aquella. Valeria aceptó, pero tomó el café deprisa, urgida por el trabajo que aún restaba para el mediodía, momento en que llegaría un centenar de invitados. Se marchó dejándolo allí sentado, mientras él apuraba hasta el último sorbo con la mirada puesta en la turbamulta que a esa hora pronta ya inundaba el mercado, bajo la sombra prieta de los toldos verdes y azules, procedente de las calles aledañas y de los transbordadores que llegaban repletos desde el embarcadero de Santa Sofía.
.....Ante la tardanza de su marido, Valeria regresó a la habitación. Al cruzar el umbral presintió la sonrisa estremecedora de las Musas. El sol había trepado por el tapiz hasta iluminar lo más recóndito de sus pupilas, que permanecían fijas en el hueco de la ventana. A través de los barrotes del antepecho se veía asomar la punta de una baliza de madera que emergía en espiras azules desde el fondo lodoso del canal. Tal vez estaba allí, hundida en el lodo, mucho antes de que ellos compraran el edificio, pero era la primera vez que Valeria se fijaba en ella. Le extrañaba que su marido nunca hubiese mencionado ese obstáculo grosero justo delante de la ventana, y, sin embargo, tampoco su presencia parecía una impostura. La estaca emergía de la superficie del agua envuelta en el mismo halo secular que siempre había rodeado el tapiz de las Musas. El hotel quedó incomunicado por voluntad de su dueña, que cerró todas las contraventanas y desoyó el timbre del teléfono que su madre hacía sonar persistentemente desde Milán. En la oscuridad de las horas interminables, mientras combatía el desánimo jurándose no traicionar un sueño que nunca había sido enteramente suyo, rechazando el impulso de vender el hotel, regresar a Bolonia y montar una papelería como la que tuvo antes de casarse en via d’Azeglio, Valeria deambulaba por las estancias como una sombra de sí misma, esquivando los guiños de la luz que se colaba por los intersticios de las maderas podridas por la humedad. Solía detenerse en la habitación de las Musas y allí permanecía de pie, en medio de las sombras, sin encender la lámpara por temor a cegarlas. Entonces colocaba una vela pequeña debajo del tapiz, sobre el aparador, y en el resplandor trémulo las Musas movían los labios en un susurro sutil en el que Valeria esperaba hallar alguna confesión, alguna noticia, algún indicio que le permitiera comprender. Interrogaba a Melpómene, hurgando en la retina de sus ojos anclados en busca de respuestas que quizás se le habían escapado para siempre por no haber permanecido junto a Piero. Pero Melpómene no se inmutaba y seguía danzando; giraba la cabeza a la izquierda y sonreía a Apolo, que le devolvía la sonrisa con menosprecio de Valeria. Las Musas la veían entonces marcharse cercada por el resplandor titilante de la vela, mientras a la habitación retornaban poco a poco las tinieblas. Ellas sabían por experiencia que era cuestión de tiempo, que no tardaría en llegar otro intruso que abriría de nuevo la ventana para arrebatarles el único placer que les quedaba en la cárcel del tapiz: la contemplación de las aguas del Grande Canale de Venecia.

3 comentarios:

MARIA FABIANA CALDERARI dijo...

Me gustó este relato. Especialmente la forma de narrarlo. Una ficción internada en un paisaje cultural. Enhorabuena.
Saludos cordiales.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Querida amiga, hay que ser generoso para leerlo entero. Gracias.

Mery dijo...

Qué importante es la elcción de un buen título que arrastre a la lectura, y una prueba de ello es este relato tuyo. Igual que el desenlace. No me extraña que quedaras entre los diez primeros; te felicito, ahora que han pasado unos cuantos años ya.
Un abrazo