martes, 9 de marzo de 2010

La lectura y sus dolencias


Muchos de vosotros padecéis igual que yo una dolencia que no es grave, pero sí molesta: elegir el siguiente título que llevarnos a la cama (o al sofá). A veces, después de haber disfrutado con un libro, caigo durante unos días en un estado de indolencia, una suerte de negación que me hace mariposear en la elección. Calculo que, a día de hoy, mi mujer y yo hemos leído el noventa por ciento de los libros que tenemos en casa (algún día habrá que contarlos, por cierto, aunque sólo sea para exhibir méritos cuantitativos, tan considerados en estos tiempos), excluidos, claro está, los muchos de consulta que manejamos para las tareas profesionales. Si a ese diez por ciento añadimos los que, con cierta regularidad, recibo por la generosidad de sus autores o editores, el porcentaje no sólo se mantiene, sino que tiende a aumentar. Y es ahí, en ese espacio aún no invadido, donde a menudo busco la próxima lectura. Después de La máquina de languidecer de Ángel Olgoso y La ninfa inconstante de Cabrera Infante, con lecturas de poesía intercaladas (la poesía tiene esa virtud: nunca se entromete), he paseado delante de mis estanterías como alma en pena, cuando ya la familia duerme, mirando y sopesando qué tipo de lectura casa mejor con mi estado de ánimo. Porque no nos engañemos, ahí está el meollo de la cuestión: que lectura y lector armonicen en espíritu. Ayer me llevé a la cama (¿o era al cuarto de baño?) El testamento francés, de Andrei Makine, del que apenas he leído una página, aunque suficiente para despertar mi interés. Pero ayer mismo recibí nuevos libros de poesía. Javier Sánchez Menéndez (¡qué plausible labor en pro de la poesía hace este hombre!) me envía amablemente los dos últimos títulos de la colección Siltolá: Temporada de Fresas, de Pilar Pardo, y El huerto deseado, de Tomás Rodríguez Reyes, junto con el número 1 de la prometedora revista de poesía Isla de Siltolá, de la que hablaré en este blog otro día. Ya veis: isla, huerto y fresas de temporada. Se hace la boca agua. Así que de nuevo tengo una novela entre manos trufada con versos.

(Imagen: biblioteca del Archigimnasio de Bolonia. Fuente: Silenos)

5 comentarios:

Mery dijo...

Como a tí, me ocurre con frecuencia que, tras leer un libro, no encuentro manera de inicar otro, de tan buen regustillo que se me ha quedado. Uno siempre tiene miedo a perder el ánimo que dejó la anterior lectura.
Tomo nota de tus recomendaciones, por cierto.
Un beso

Juan Pablo López Torrillas dijo...

Creo que es una magnífica duda aquella en la que diversas obras de literatura se muestran deseosas, cada una a su manera, de ser elegidas para cumplir con el placer de leer, y sobre todo lo cumplen si son buenas.

Yo, después de las Confesiones de San Agustín -brilante- me he decantado por "La guerra del fin del mundo", de Vargas Llosa, ¿lo ha leído? ¿Qué le parece si es así?

Un cordial saludo,
Juan Pablo López

Angeles dijo...

Recomiendo a Kawabata, una y mil veces. Después, cualquier cosa de Joyce Carol Oates y Sebald. Más: de Aub lo que pilles, ídem Perucho, poesía de García Martín y prosa de Mauricio Wiesenthal, todo eso os hará felices, aún más.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

La elección es ciertamente difícil, y a ella se une la angustia de la conciencia del tiempo cada vez más escaso. Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

La elección de una novela es una molestia menor a cambio de un gran placer. Besos, querido amigo.