Para Celi e Hipólito, ellos saben por qué
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A BUENAS HORAS...
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A mi abuela la llamaron a filas estando ya difunta. Mi padre, que ejercía de primogénito, convocó a la familia a las seis de la tarde y, tras leer el llamamiento que habíamos recibido en casa, invitó a cada cual a exponer su parecer. Después de varias cafeteras, las posturas parecían irreconciliables. Algunos de mis tíos no podían contener la risa y esgrimían en su descargo que la abuela Eutimia se hubiera divertido de lo lindo con el asunto, y hasta se hubiese presentado en la oficina de reclutamiento. Buena era la abuela. Otros, entre los que se contaba mi padre, siempre tan circunspecto, les afeaban la conducta y abogaban por presentar una queja formal ante la autoridad castrense. La tía Elvira, a pesar de ser analfabeta (o precisamente por eso), instaba a que se denunciase el caso en la prensa. Y como en todas las familias de entonces siempre había un primo universitario, mi primo Enrique levantaba la mano y, haciéndose dueño del silencio expectante, explicaba muy doctamente que por el tiempo en que nació mi abuela las partidas de nacimiento eran pura ficción paterna. Si, con el correr de los años, se le añadía la torpeza de algún funcionario que habría cruzado sus datos con los de un recluta tocayo… Pero mi padre no quería ni oír hablar de argumentos exculpatorios y seguía recabando apoyos para redactar la queja. Fue entonces cuando sucedió. Mi tía-abuela rompió su habitual mutismo con una leve risita, contenida, casi como un hipido pudoroso. Todos callaron y atentos mantuvieron la mirada. Pero ella no dijo nada, y de hecho se llevó el secreto a la tumba. Aquella tarde, recuerda mi padre misterioso, todos sintieron el aliento burlón y ebrio del bisabuelo.
(En la imagen otra graciosa estatua de Lovaina: Paap Toon.
Otro día hablaré de ella. Fuente: Silenos)