miércoles, 30 de septiembre de 2009

Un micro en el libro Más cuentos para sonreír


Queridos lectores, esta mañana he recibido la noticia de que uno de mis micros, La toalla, ha sido seleccionado por la Editorial Hipálage para su nuevo libro Más cuentos para sonreír, que ya está en imprenta y pronto llegará a las librerías. De un total de 906 microrrelatos se han seleccionado 304. La imagen es de la cubierta del libro.


("Poco a poco hila la vieja el copo". Refrán hispano)

martes, 29 de septiembre de 2009

Sobre uno y sus escritos


Como uno ya tiene algunas publicaciones universitarias, en el hecho de publicar un poema, un relato o un libro de una u otra índole no le va el sueño. Ello no quiere decir que ver en letra impresa tales efluvios literarios (no nuevos, pero sí renovados) no traiga aparejada su pizca de ilusión. Sobre todo porque abre nuevas ventanas, y a uno le gusta asomarse a otros paisajes. Pero, una vez resueltas las judías (con "salpicón las más noches"), las cuitas literarias se reducen en extremo, pues uno no busca más gloria que la de dormir abrazado a un buen libro y, de cuando en cuando, escribir aquí o acullá algo de interés para propios y extraños. Añádase a ello que sabe bien que el que llaman mundo literario se asemeja al univeritario en un férreo sentido del clan, donde los advenedizos tardan lo indecible en quitarse ese título, si es que lo logran. Como en tantos otros ámbitos, en el literario también luce la proclama de Juan Palomo, más conocida por Hoy por ti, mañana por mí. Los premios literarios son el mejor ejemplo, y el camino más rápido para en necio envanecimiento. Hay poetas que, por haber publicado un poemario merced a un premio, pongamos por caso, en Visor, se sienten cual un Virgilio redivivo, aunque en tal estado haya tenido que ver más una mano amiga (quid pro quo) que sus prendas literarias. Y hay otros, consagrados o no, que a la menor de cambio espetan eso de hoy escribe cualquiera, reproche que tal vez sufrieron en sus carnes en un día no muy lejano. Uno, como digo, tiene cierta edad (biológica y universitaria) y no se asusta fácilmente, pero cuando asiste invitado a un acto público en el que la organización ha tenido a bien identificarlo con una etiqueta sobre la mesa en la que se lee ESCRITOR, sabe que en la sala, entre los escritores de lege, hay más de un gesto de reproche contenido. Y, una vez terminado el acto, uno se marcha a casa reflexionando sobre estas cosas, convencido de que no hay peor soberbia que la intelectual.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Hoy en La nave de los locos


Fernando Valls ha publicado un microrrelato mío en La nave de los locos. Es mi modesta contribución a su campaña pro acercanza. Espero que os guste.









(Imagen cabecera de la bitácora de Fernando Valls)

jueves, 24 de septiembre de 2009

Exigencias de la poesía


A veces la poesía exige que pensemos en ella como oficio, y a veces esos pensamientos se transmutan en versos que, acaso, contengan algo de poesía. En ese proceso nos vamos dejando la inocencia.


AFÁN

Nombrar lo que ya tiene nombre cierto
con mudanza de forma, con voz inusitada.
Avivar el espíritu que anida
escondido en las sílabas
y ofrecerles la luz, luz renaciente,
que emerja como pez de sangre palpitante,
que crezca como el álamo cimero en la alameda,
que como el gavilán recorra el cielo fúlgido
del mediodía,
............. ...........y vuelta sobre mí
ilumine el camino que a los nombres conduce.


(Imagen: Chapelle del Museo de Cluny. París. Fuente: Silenos)

domingo, 20 de septiembre de 2009

¿A qué tanta extrañeza?


Muchas veces me he sentido como ahora, los ojos cerrados a la luz, la respiración imperceptible, sensación de ingravidez y hasta un poco de vértigo. Incluso he oído, como ahora, ruidos minúsculos alrededor: insectos que vuelan, arena que arrastra el viento, ulular de pájaros tan lejanos, que parecen habitar en el ocaso. Y el mar. Se oye cerca el rumor del mar, suave, monótono, como el soliloquio de un ermitaño que un día decide abandonar el tiempo humano. Es cierto que no puedo levantar los párpados, pero otras muchas veces me han llevado la contraria, sin duda en prevención de males mayores, porque no siempre es bueno que los ojos vean lo que está a la vista. Por otra parte, conservo intactos algunos recuerdos. No son muchos, los imprescindibles: cuatro rostros, dos caricias y el júbilo de ese día que llegó inesperadamente para justificar toda una existencia. Por eso no tengo conciencia de estar más muerto que usted, amigo lector.

(Fotografía: El río del cielo, localizado en París. Fuente: Silenos)

viernes, 18 de septiembre de 2009

Truffaut, Luis García Gil y la voz de Ana Salazar



Como anunciaba en la entrada anterior, ayer tarde presentamos François Truffaut, el libro que Luis García Gil acaba de publicar en Cátedra (colección cineastas). Fue en el patio del Centro Cultural Reina Sofía, al arrimo de la Alameda Apodaca y su brisa preotoñal. Un acto ameno, donde Gonzalo García Pelayo, Luis Gil y yo hablamos de cine cuanto nos permitió el tiempo y la ocasión. Muy cerca, la cantaora Ana Salazar destrenzaba preciosamente penas de Edith Piaf bajo los acordes del guitarrista Ricardo Rivera. He aquí el texto de mi intervención:
Muchos de los presentes recuerdan sin duda la célebre dedicatoria de Walt Whitman que encabeza sus versos: Esto no es un libro, lector, estás tocando a un hombre. Pues bien, en este libro palpitan dos hombres: François Truffaut y Luis García Gil. Y no lo digo porque Luis haya confesado en alguna página de internet que “él es Antoine Doinel”, sino porque ha puesto razón y alma en estas páginas. Que el prólogo de Homero Alsina se titule “Prólogo a un entusiasmo” no es gratuito.
Visto el título, podrá pensarse que este libro es una biografía al uso. Pero no se engañen. Si para Truffaut vida y cine eran un todo indisoluble, Luis ha sabido rendirle el mejor de los homenajes: un libro donde el río de la vida se ve desbordado por el caudal del cine.
Porque en este libro hay mucho cine, más cine que vida. No hay circunstancia vital que no esté supeditada al hecho cinematográfico. Veamos un ejemplo. Cuando se menciona a sus mujeres (Madelaine, Deneuve, Moreau, Ardant…), éstas entran en escena más por su protagonismo en la aventura cinematográfica del director, que por su vínculo personal con el hombre.
También ha rehuido Luis la linealidad cronológica, introduciendo en la primera parte del libro, dedicada a “El cine y la vida”, continuos flashbacks. Por ejemplo, cuando aborda al Truffaut crítico, retrocede hasta los años cincuenta, después de haberlo dejado en 1976 explicando la importancia que tuvo en su vida la Cinemateca. Creo que este capítulo, que el autor titula, con un nuevo guiño cinematográfico, “No disparen al crítico”, es de los más enjundiosos del libro.
La pasión de Luis por Truffaut se percibe en cada página. Donde más se evidencia es sin duda en su esfuerzo por que el lector conozca los argumentos de los detractores del cineasta, para acto seguido poder rebatirlos o, al menos, ponerlos en cuestión. Hay momentos, no obstante, en los que Luis regaña al propio Truffaut. Como cuando le objeta un comportamiento injusto con algunos cineastas del Cinéma de qualité.
Bastarían estas primeras ochenta páginas para tener un conocimiento sólido de la filmografía de Truffaut, porque el autor desgrana y entrelaza todas sus películas, examinando las motivaciones del director, el proceso de realización, la acogida del público y de la crítica. Sin embargo, Luis añade un extenso capítulo dedicado a la revisión pormenorizada de “Las películas de mi vida”. Así lo titula.
Con la lectura de este libro yo he descubierto qué poco sabía de Truffaut. Al mismo tiempo he visto confirmadas algunas ideas, divagaciones de espectador que fui guardando unidas al recuerdo del director.
Como he dicho, Luis ha sabido captar el espíritu del cineasta. A mi modo de ver, Truffaut dejó que el cine devorara poco a poco su vida. Esto explica muchas cosas, no sólo los elementos autobiográficos y obsesivos de su cine. Puede explicar también su distanciamiento del París que ardía a finales de los sesenta. Mientras en las calles se fraguaba el 68, Truffaut daba a luz a películas encorsetadas en su mundo personal, como Besos robados o La sirena del Mississipi. ¿Qué fue del chico rebelde de Los cuatrocientos golpes? Su respuesta: amor y cine, más amor y más cine.
Es cierto que sus grandes temas son la infancia y el amor, pero sobre todo el amor desde la perspectiva del hombre. El amor como desiderátum, ya que no puede encarnarse en ninguna mujer. De ahí que la mujer aparezca siempre como un ser dominante y mágico, deseado y desconocido a la vez, y que el hombre ande perdido en esta búsqueda vana. Si a ello añadimos, como en el caso de Doinel, una infancia sin el afecto materno, la vulnerabilidad del amante lo deja expuesto al adulterio y al deseo desestabilizador. Domicilio conyugal y El hombre que amaba el amor quizás sean las películas que mejor condensan este conflicto.
Cuando en Domicilio conyugal Doinel le dice a su esposa, ya roto el matrimonio: "Eres mi hermana, mi hija, mi madre", Christine le responde: "Ojalá fuera también tu esposa". Porque eso es lo que Doinel parece buscar y encontrar en las mujeres: el afecto y la protección que no tuvo en la infancia. En esta misma película Doinel confiesa que no sólo le gustan las mujeres, sino también sus familias, en lo que parece una búsqueda de la normalidad que no tuvo la suya.
Y al final resulta que el amor se esconde en su fugacidad, en el ubi sunt que recorre El amor en fuga, donde lo transitorio del amor desfila en la pantalla en ese tren de secuencias rescatadas de las películas anteriores del ciclo.
Como he dicho antes, Luis se detiene en numerosas ocasiones en las críticas que recibía Truffaut por parte de sus colegas: su frío romanticismo, el aburguesamiento de su cine, en contra de sus postulados iniciales, la heterogeneidad de sus películas, su falta de compromiso político, etc.
Al margen de que algunas críticas fuesen o no fundadas, sospecho que también se la tenían jurada por enfant terrible, ya que él no dudaba en lanzar sus dardos contra la profesión del crítico no sólo en sus escritos o manifestaciones, sino incluso en sus películas. En El amor en fuga hay una escena elocuente. Doinel acompaña a su hijo Alphonse a la estación de Lyon y, cuando el niño ya está en el tren, le dice que sea disciplinado con el violín y llegará a ser un buen músico. El hijo le pregunta: “Y si no? La respuesta de Doinel es tajante: “Serás crítico”.
Tampoco el público parecía valorar sus películas. Cabe preguntarse si, como él defendía, su cine era concebido para llegar al espectador de su tiempo. Truffaut no quería caer en el intelectualismo y en la abstracción a lo Godard, sin embargo, hay un punto de intelectualismo en el uso constante del libro y en la mención reiterada de los autores que él amaba. Aquí se aprecia su carácter obsesivo, como también en el hecho de que repitiera no ya personajes y nombres en el ciclo de Doinel, sino incluso en otras historias. Hay un Bernard en El último metro y otro Bernard en La mujer de al lado, en ambos casos protagonizados por Gérard Depardieu. Tengo para mí que algunas de sus películas debían de resultar al público demasiado parecidas. Pero hay un hecho que parece indiscutible: Truffaut fue fiel a su propio compromiso moral y estético, aún a riesgo de que su cine no calase en el público.
Se ha dicho también que sus películas han envejecido mal. Yo creo que es así en algunas de ellas; en absoluto en otras. En este sentido la menos lograda es para mí Fahrenheit 451, que ya fue un fracaso cuando se estrenó. Resulta sorprendente que Ray Bradbury afirmara en varias ocasiones que estaba muy satisfecho con la versión cinematográfica de su libro. La película no sólo es fría; a veces resulta un poco infantil, especialmente la imagen enlatada del camión de bomberos acudiendo a las citas. En descargo de Truffaut hay que decir que el cine de ciencia-ficción tiene el hándicap de luchar contra una época que avanza acelerada. Cuando uno ve hoy, por ejemplo, la película de que hizo en los sesenta George Pal, con Rod Taylor como protagonista, sobre el libro La máquina del tiempo de Georges Wells, siente que ese futuro, que podría ser nuestro todavía, es ya demasiado viejo. Quizás lo mejor de Fahrenheit 451 sea la música de Bernard Hermann.
Tampoco el paso del tiempo ha mejorado el ciclo de Doinel. Ahora bien, hoy pueden verse como historias cercanas La mujer de al lado, Las dos inglesas y el amor o, para mí una de las mejores, Vivamente el domingo. Y, por supuesto, la que considero su obra imperecedera: Los cuatrocientos golpes.
Hay aspectos del cine de Truffaut que me llaman mucho la atención, y sobre los que luego, si hay tiempo, podemos hablar:
1) La teatralidad de la puesta en escena de algunas películas, no sólo de El último metro. Estoy pensando en el ciclo de Doinel, donde son frecuentes los espacios reducidos, decorados que se repiten, el peso del diálogo…
2) Siendo el ciclo de Doinel una la de las singularidades del cine de Truffaut, sorprende que su puesta en pie parece haber sido más por interés de terceras personas que por iniciativa del propio Truffaut. Si el productor Pierre Rostang no le hubiese pedido hacer una segunda entrega (Antoine y Colette), ¿hubiera Truffaut dado el paso?
3) El comedimiento en lo referente al sexo. En algunos casos llega a mojigatería. Estoy pensando en una escena de Fahrenheit 451. La mujer de Montag, el protagonista, ha quedado inconsciente después tomarse un frasco de píldoras. Una vez recuperada gracias a esos extraños técnicos que acuden al aviso, la pareja se recuesta en la cama en un abrazo de lo más infantil.
4) El humor en su cine está poco logrado. Claro que esto debía de ser una limitación no tanto del actor, como del director-guionista. Hay escenas, por ejemplo, en Domicilio conyugal, que buscan el humor en el absurdo, pero, en mi opinión, Truffaut no logra sus objetivos. Por ejemplo: el trabajo absurdo de Doinel dirigiendo barquitos; la repetición de la escena previsible en que su amigo Jacques le pide dinero prestado; la compra de la escalera de biblioteca que no sirve para nada. Y, puestos a detectar lo inverosímil (no sé bien si con fines humorísticos también), el hecho de que su mujer Christine le aconseje por teléfono cómo tratar a su amante cuando él telefonea varias veces desde el restaurante.
Y, para terminar, una curiosidad: ¿se ha escrito algo sobre la presencia del teléfono en las películas de Truffaut? Aparece con frecuencia, por ejemplo, en Vivamente en domingo, pero ahí está justificado por el carácter hitchcockniano de esta película, ya que el teléfono es un buen recurso en pro del suspense. Sin embargo, en el ciclo de Doinel su uso es frecuentísimo, hasta el punto de que parece un adicto a las cabinas.
En fin, todo esto y más nos enseña y sugiere el libro de Luis, una lectura que les recomiendo de veras. Un libro escrito con pasión hasta el epílogo, donde el autor cuenta emocionado su visita en una tarde invernal a la tumba de Truffaut en el sombrío cementerio de Montmartre. Al leer estas páginas yo he revivido mi propia visita este pasado verano, cuando me acerqué a la tumba del cineasta y pude ver lo que Luis cuenta: que sobre su lápida personas anónimas siguen dejando testimonios de su admiración. No es poco legado.
(De izquierda a derecha: Luis García Gil, Gonzalo García Pelayo,
Antonio del Castillo (el concejal), un servidor, Ana Salazar y Ricardo Rivera.
La fotografía es de Fernando Fernández)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Luis García Gil, Truffaut y Montmartre


Luis García Gil, escritor gaditano de variado empeño, ha querido que este humilde corifeo de silenos esté en la mesa de presentación de su libro François Truffaut (Madrid, Cátedra, 2009), junto a Gonzalo García-Pelayo. Será mañana jueves, a las 19,00 h., en el Centro Cultural Reina Sofía de Cádiz, como parte de la programación de la Muestra Cinematográfica del Atlántico. Alcances 2009. Y heme aquí, leído ya el estupendo libro de Luis, frente a la memoria del cineasta parisino cuya tumba visité en el umbrío cementerio de Montmartre. Como puede apreciar el lector, veinticinco años después de su muerte, sobre la lápida de mármol negro siguen depositándose sutiles mensajes de recordación.
(Tumba de F. Truffaut. Cementerio de Montmartre. Fuente: Silenos)

domingo, 13 de septiembre de 2009

Qué jodido es eso de morirse


Qué jodido es eso de morirse. Ha de andarse uno incluso con ojos de lingüista, porque, fijaos, si hubiera escrito esto, daría la impresión de estar dirigiéndome a vosotros, en esta apacible mañana de domingo, desde el umbral mismo del Más Allá. Tampoco es lo mismo decir de morirse que de morir, porque morirse se muere más uno (aunque "lo muera" un accidente o una maldita enfermedad), pero morir es algo que les ocurre mucho más a los otros. (Que no me venga nadie con el Muero porque no muero de la Santa, que ahí, por mor de la mística y por mor de la poesía, nada es lo que parece). La cosa da mucho juego, creedme, como me hizo ver un amigo cuando, en una tarde de otoño estudiantil, me dijo que no es lo mismo un muerto morío que muerto matao. Aunque lo expresara de esta forma tan torera, demostraba mi amigo saber algo no sólo de los discernimientos policiales, sino también de la diátesis verbal, porque, aunque lo parezca, la voz pasiva de matar no es morir, ni viceversa. Pero salgamos del laberinto de la lengua y vayamos a lo sustantivo, que eso es lo que yo pretendía.
Si eso de morirse es jodido, más aún lo es vivir sabiéndolo, porque a nadie se le escapa que lo peor de vivir es la conciencia de la muerte. Hay consuelos sabidos, paños de religión. Y otros que son frutos exclusivos del intelecto. Ya Cicerón dejó escrito que estar muerto no puede ser peor que no haber nacido, y ¿quién de vosotros tiene un mal recuerdo de entonces? No hace mucho, al calor de la noche mediterránea, otro amigo me decía que la muerte sólo existe por contraste con la vida, y ese contraste sólo es posible establecerlo con nuestra conciencia de vivos. Como en la muerte no hay conciencia, no hay posibilidad de contrastar nada. O dicho en cristiano: si no sabes que estás muerto, no sufres por estarlo, ni echas en falta nada de tu anterior estado.
Anda uno muy metido en la cuarentena y piensa a menudo en estas cosas. Pero la culpa la tienen los otros, los que se empeñan en morirse alrededor, esos memento mori que se despiden con un see you soon.

(Detalle de La puerta del Infierno, de A. Rodin (1840-1917). Museo Rodin, París. Fuente: Silenos)

viernes, 11 de septiembre de 2009

Gripe A y vacunas de ayer y de hoy


Como los seres humanos somos asustadizos, mucho más cuando nos tocan a los niños, ese grupo de riesgo permanente, solemos secundar las resoluciones de quienes dicen velar por nosotros. La tan traída y renombrada Gripe A (qué glamour, tanto cambio de nombre) lleva el mismo camino que otras muchas necesidades y urgencias que se nos han impuesto colectivamente, a la vez que se nos aleccionaba sobre los medios para combatirlas, siempre a fuerza de bolsillo. Porque de estas necesidades y miedos siempre sacan tajada unos cuantos. Nos impusieron el teléfono móvil, y sucumbimos. Es que ya sin móvil no se puede estar... Claro, como va a ser lo mismo decidir en soledad qué deuvedé del video-club se alquila, que sacar el aparatito y telefonear a la partner para preguntarse in situ: ¿Gordi, ésta la hemos visto? Otros riegos, con sus inherentes soluciones, nos vinieron impuestos por ley. A la Dirección General de Tráfico le debemos dos perlas: los triángulos y chalecos reflectantes para los coches. ¿Quiénes serán los tipos que se hicieron de oro fabricando masivamente aquellos artilugios que tan pocos conductores utilizan? La Gripe A ya va llenando los bolsillo de los fabricantes y vendedores de mascarillas y, no lo duden, enriquecerá a las marcas farmacéuticas que patentaron las vacunas. Cada vez se alzan más voces denunciando los intereses personales de ínclitos de la política reciente de EEUU, como Donald Rumsfeld, en este otro mercado del miedo. ¿Puede uno fiarse de quienes, como nuestra Ministra de Sanidad, aseguran que las vacunas son seguras, cuando hay quienes advierten de sus efectos secundarios neurológicos? Van logrando, a fuerza de méritos, que no nos fiemos de nadie.
* * *
La campaña de vacunación que se avecina me ha recordado esas otras campañas que sufríamos de niños en los colegios en los años sesenta y setenta. Hace algún tiempo (mucho antes de que la serie Cuéntame comercializara nuestros recuerdos) escribí sobre ello en un libro que, gracias al blog, va muriendo en estampas. Os la dejo:

Los niños crecían en cuerpo y ajuar, mientras que los cuartos menguaban en proporción inversa. Cada centímetro crecido de huesos, músculos, nervios, órganos y piel suponía un sensible menoscabo del espacio familiar. Uno de los mejores indicadores era el abultamiento progresivo de los papeles de la familia. Los partes de vacunaciones, por ejemplo, se habían multiplicado de manera alarmante. Cada niño arrastraba un talonario de recibos que garantizaban su aptitud para vivir entre gérmenes y virus de toda índole, expedidos por instancias tan autorizadas como la Jefatura Provincial de Sanidad y el Patronato Nacional Antituberculoso y de las Enfermedades del Tórax. Viruela, cólera, polio, difteria, tos ferina, tétanos, fiebre tifoidea, tuberculosis. Para nuestras madres era el testimonio impreso del cumplimiento del deber sanitario, además de un recordatorio de nombres espeluznantes que no convenía olvidar. Sin embargo, había otro testimonio, en cierto modo también impreso, que se caracterizaba por presentar una orografía variable: los estigmas carnosos en la cima de los brazos con que todavía hoy nos reconocemos al menos dos generaciones de españoles.
(Fotografía: Medusas en el Oceanogràfic de Valencia. Fuente: Silenos)

lunes, 7 de septiembre de 2009

Vargas Llosa y Millennium


Si alguien podía dar un espaldarazo intelectual a la trilogía Millennium, sin duda es Varga Llosa. La polémica está servida y el fuego incendia la red. Escríbase Vargas Llosa + Millennium en Google y se verá cuánta felicidad embarga a los apologetas de Stieg Larsson, incluido por Vargas Llosa en el panteon de los autores que, siendo niño (Dumas y Dickens, entre otros), lo colmaron de dicha lectora, y, por el contrario, cuán doloridos andan sus detractores. No faltarán quienes tilden al escritor peruano-hispano de "traidor" a la causa intelectual, ni quienes lo acusen de prestarse a la gigantesca campaña publicitaria que acompaña a este tipo de obras de consumo generalizado. Ejemplos de reciente memoria son los libros de Dan Brown y R. J. Rowling. En los próximos días Vargas Llosa habrá impulsado la venta de unos cuantos millares de ejemplares. Y quienes vivimos ajenos a esta literatura de imposición volveremos a sentir las miradas recelosas de los compañeros y amigos, que, como ocurrió con Brown y el dichoso código, hablarán (ya lo hacen) en una jerga ininteligible.

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viernes, 4 de septiembre de 2009

Una vez fui rico


Una vez fui rico. Corrí por calles desnudas, que alzaban el rostro sorprendido ante el prodigio de los primeros coches. Corrí sin freno, destrenzando los dédalos del tiempo y las ligaduras del espacio. Rompí zapatos, desgarré tejidos, coseché esguinces. También corrí por la arena prieta, y pisé descalzo los flecos del mar. Y corrí camino de casa, henchidos los pulmones, henchido el corazón, a refugiarme en los brazos de aquella mujer que hoy es otra, muy menguadas ya la estatura y la movilidad, pero endurecida como nunca la armadura de su amor. Con esa coraza, que brilla cuando nos acercamos, se enfrenta al destino. Una vez fui rico, pero he tardado tanto en saberlo, que a veces dudo de que aquel niño fuese este hombre empobrecido.

martes, 1 de septiembre de 2009

Hoy no es como ayer


Es ya un lugar común mencionar la irrupción de internet en nuestras vidas para corroborar que esta época avanza a pasos agigantados. Y si los de mi generación convenimos en que es un salto visible, qué suerte de brecha no vivirán nuestros padres, septuagenarios u octogenarios crecidos (malnutridos los más) en la Posguerra española. Sin embargo, todos los días somos testigos de otros hechos, mucho más modestos, que también dan cuenta de que hoy no es como ayer. A pesar de que ando muy atareado buscando alojamiento en Lovaina, pegado más de lo que quisiera a internet, esta mañana he encontrado un hueco para ir a cortarme el pelo. En los últimos años siempre voy a la misma peluquería. ¡Qué distintas estas jóvenes peluqueras de aquel barbero sordo que me cortaba el pelo en mi infancia! ¡Qué lejano aquel cuarto reducido, en la esquina de mi barrio, con aquel distintivo en forma de pirulí de colores, de este salón de diseño bañado en música relajante! Y si el Sordo (que así lo motearon) siempre me amenazaba con cortarme las orejas, estas jovencitas me reciben con el ofrecimiento de alguna bebida o lectura. Pero sin duda donde más se nota que el Sordo ya es leyenda de mi infancia es en el lavado-terapia de cabeza con que culminan su trabajo. Y ahí me veo, las piernas alzadas, sendas piedras volcánicas caldeando mis manos y una de las chicas masajeándome con fuerza el cuero cabelludo, mientras los pensamientos se me escapan entre sus dedos enjabonados.