martes, 28 de julio de 2009

Un microrrelato desde el aire


EL RASTREO

Para Gemma Pellicer,
que regala
tan generosamente
la lectura
de sus estupendos microrrelatos,
lectora fiel de estos aprendices Silenos.

Mirada desde el aire, Noctiville, ciudad eterna, no se deja ver. El búho real sobrevuela la gran mancha oscura confiando sólo en su extraordinaria capacidad auditiva. Pero hoy algo interfiere en su rastreo. Un
bip bip desconocido, activo a intervalos cortos, cuyo origen no puede precisar. Bip bip. Como ya le acucia el hambre y además es pájaro curioso, decide averiguar qué nuevo roedor ha penetrado en su zona de caza. Bip bip. Después de peinar cuidadosamente toda la superficie, se detiene suspendido sobre la intensa negrura que cubre el camposanto, bip bip, y se eleva con un aleteo sigiloso hasta perderse en las tinieblas. Allá abajo, el roedor despreciado por el ave se ilumina de nuevo en el bolsillo del muerto, avisándolo de que a las ocho y treinta seguirá cumpliendo años. Bip bip.

(Imagen: búho real en vuelo. Autor: Jorge 5223, http://media.photobucket.com)

sábado, 25 de julio de 2009

Escritura en verano, olas de Santiago y microrrelato


Los calores julianos de anoche, que se me llevaron el sueño y me dejaron embotado el cerebro y sus aledaños, han evolucionado en esta mañana jacobina hacia una brisa prometedora, como corresponde a las célebres olas de Santiago de mi Atlántico natal. Y es que los niños de la década de los sesenta celebrábamos en Cádiz el día del Santo Patrón afrontando olas de dos metros, dejando el cuerpo estirado a su merced, rodando por el fondo espumoso hasta sentir las rozaduras en la orilla. Cosas de los coeficientes marinos y caprichos lunares, pero que nosotros atribuíamos a la prodigiosa fuerza de ese nombre, cuya sólo invocación bastaba para encrespar las aguas.
Ello me ha llevado a pensar, por esas extrañas relaciones que trae el tiempo libre, que no sucede igual con la escritura. El simple hecho de sentarse a desgranar una idea, un asunto, una historia, de invocar en suma la palabra escrita, no basta para que lo escrito se alce como la ola jacobina, haciendo rodar en la espuma de la excelencia a los lectores. Porque es una memez pensar que todo lo que un escritor traslada al papel o a la pantalla del ordenador tenga algún valor literario. Saber distinguir la paja del trigo es tan importante como rellenar otro folio. Porque el hecho de publicar sin descanso, cautivos del deseo de estar permanentemente en los escaparates literarios, suscita una sospecha natural: cantidad y calidad rara vez son trenes que corran parejos. Como el verano acrecienta todos los narcisismos, y el literario no es una excepción, conviene estar alerta.
Dicho esto, os dejo un microrrelato que no aspira a ser ola de Santiago, sino tan sólo espuma que deleite y refresque.


CAMBIO CLIMÁTICO

Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina.
Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán;
pero lo cierto es que es un aire negro.
(Juan Rulfo, del cuento "Luvina")

¿Qué quiere que le diga? Todo ha cambiado. Aquí el viento ya no ruge como antes. Hace años, a poco que se anunciase, ya había un miramiento. Cuando corría por las calles aupado en sus cien ruedas de aire pendenciero, pobre del desgraciado que no se apartara. En aquellos tiempos hasta los barcos le tenían su consideración. Lo dicho: a la menor señal de enfado, se quedaban recogiditos en el puerto. Siendo yo un mozo vino una vez tan encabritado, que de una embestida mandó al pobre Jacinto por los cielos y fue a estamparlo de cara contra la torre de la iglesia, que estuvo campaneando varias horas. ¿Le he dicho lo mejor? El tal Jacinto pesaba ciento ocho kilos embutidos en un corpachón de tres alturas y era el ateo más grande del pueblo. Pero la cosa también afectaba a los animales, no crea. Aquí las gallinas aprendieron pronto que les convenía quedarse encerradas y calladitas, ocupadas en sus cochinadas, y cuidado con sacar la cabeza antes de tiempo. Con todo, les quedó un andar torcido que no verá usted en gallinas de parte alguna, porque el maldito cabrón se metía por las rendijas del gallinero a saber con qué intenciones. Pero todo ha cambiado. El viento se ha amariconado. Ahora se pasea por ahí sin resuello, limitándose a dar sopliditos a los veleros y a las cometas de los zagales. Y tan remilgoso se nos ha vuelto, que ya ni siquiera levanta las faldas de las mozas. Si usted nos hubiera visitado hace cincuenta años, cuando corríamos en las fiestas calle abajo delante de sus cornadas... Eso sí que era viento.

jueves, 23 de julio de 2009

José Manuel García Gómez, poeta "en medio de las olas"


El mejor antídoto contra el olvido no es la memoria, sino el amor. La memoria se somete a las limitaciones humanas, el amor las trasciende. Así ha de entenderse la meritoria labor de recuperación del poeta gaditano José Manuel García Gómez (fallecido en 1994) que ha emprendido su hijo Luis García Gil, también escritor. Los años que lleva a ello consagrado están dando sus frutos, que pronto habrán ser un aldabonazo en la puerta de las instituciones culturales de Cádiz, tan proclives al devaneo literario de lo comercial, a la senda segura y trillada de las figuras consagradas. Poeta y articulista, José Manuel García fundó la revista literaria Caleta, que aún pervive, bajo la codirección de José Manuel García Gil, otro de sus hijos, también escritor (ganador en 2008 del VI Premio Ateneo de Sevilla con su poemario Aguas Prohibidas), y Alejandro Luque. Para la recuperación mencionada, Luis prepara un libro (saldrá en Absalón) con la edición crítica de sus versos, así como de cartas y otros escritos, algunos inéditos. A su vez Luis ha dirigido y escrito el texto de un documental que han fraguado las manos profesionales y amigas de Pepe Freire, y que ha contado con la colaboración, entre otros, de Joan Margarit, Felipe Benítez Reyes, Juan José Téllez, Antonio Hernández, Pilar Paz Pasamar, Manuel Mantero, Enrique Montiel, Antonio Murciano, Joan Manuel Serrat, Javier Ruibal, Miguel Poveda y Pasión Vega. El documental, que lleva por título En medio de las olas, se presentará en el mes de septiembre en el marco de la 41ª Muestra Cinematográfica del Atlántico Alcances. Os dejo un avance que los autores han tenido a bien mandarme:


martes, 21 de julio de 2009

La hora de Nadine


Enclavados en una robusta colina de pizarra, los apartamentos se alzan sobre el mar a una altura de ochenta escalones. Desde que hace tres décadas el primer propietario ilustrado, don Marcos, abogado madrileño en excedencia, descubriera el cómputo en un apéndice de las escrituras de propiedad, nadie ha puesto en duda (ni siquiera la generación más joven, de suyo incrédula) que para bajar a la playa, recoleta y pedregosa, hay que pisar, según Nadine, quatre-vingt marches d’ecalier. Nadine baja todas las mañanas bien temprano, cuando los perros madrugadores aún rondan por la playa bajo la somnolienta mirada de sus amos. Aunque a esa hora uno esté todavía en la cama o en la primera ducha y no pueda verla desde la terraza, es fácil recomponer mentalmente la estampa de Nadine embutida en su pareo floreado, cubierta por las gafas verdes de Dior, balanceando el bolso de mimbre al vaivén de sus andares armoniosos. “Es la hora de Nadine”. “Seguro que Nadine ya está bajando”. Y el mar, que ha ululado durante toda la noche llamando a Nadine, la acoge amorosamente un día más. Algunos niños se sientan en los escalones más altos esperando ver cómo arrastra por la orilla su cola escamosa y lunada.

sábado, 18 de julio de 2009

Otro poema estival


DESIDERÁTUM

A Antonio Rivero Taravillo,
en pos de semejante luz


¡Ah, si nos fuese dada
la transparencia de los nombres!

Si a su través pudiese yo llegar
al centro de su centro
y regresar transido de su luz,
exhausto de misterio;

si a su través los nombres esparciesen
siquiera pálidos relumbres
sobre el verso que nace ya muriente
en el limbo del poema,

¡qué regalo sería
la transparencia de los nombres!


Antonio Serrano Cueto

viernes, 17 de julio de 2009

Con Wynton Marsalis y The Lincoln Center Jazz Orchestra en San Javier


Fue anoche, en el marco del XII Festival de Jazz de San Javier (Murcia), primer concierto de los tres que darán en España (hoy, 17, en el XIII Festival de Jazz del Palau de la Música de Valencia y mañana, 18, en la 33 edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz). Wynton Marsalis, considerado el mejor trompetista de jazz del mundo, y la Lincoln Center Jazz Orchestra de Nueva York ofrecieron en el auditorio del Parque Almansa un concierto memorable, de esos que uno recordará aunque pasen muchos años. Como era mi primera vez ante esta big band de músicos extraordinarios, al principio me soprendieron dos aspectos de la actio. La disposición de tres filas de asientos en el escenario, lo que me hacía pensar que, si estos quince magníficos tocan todos sentados, quizás se debiese a un cierto soserío escénico que podría deparar algún aburrimiento. El otro aspecto también me resultó llamativo: todos lucían trajes de chaqueta de color gris de idéntica factura (entiéndase corte, no recibo campeador...) y corbatas escogidas en función de los puestos que ocupaban en la escena. (¡Qué contraste con la vestimenta desaliñada, y en algún caso incluso playera, de la banda de otro monstruo del jazz, Marcus Miller, aquí mismo en julio de 2007!). Pero pronto comprendí que, aparte estas menudencias estéticas, delante de nuestras narices y oídos teníamos a una banda de primerísimo nivel y a un líder, Marsalis, modestísimo en su grandeza, situado detrás, confundido con sus compañeros de la Lincoln. Tanto, que fue el único (exceptuando, por razones obvias a tres prodigios: Ali Jackson, batería; Carlos Henríquez, contrabajo; y Dan Nimmer, piano) que no hizo los solos de pie, sino sentado. Una hora y media de concierto ininterrumpido, con solos que enardecían al público más tímido y al más repanchingado. Y, al final, después de que el director del evento y la alcaldesa de la ciudad les entregaran el premio del Festival, tres piezas más de claro agradecimiento por la entrega del respetable. Versión del Bolero de Ravel, "Suave en la noche" y otros ecos del jazz clásico de primera bajo el cielo cálido de la noche murciana.
(Las fotos en directo. Fuente: Silenos)








martes, 14 de julio de 2009

Olgoso como lectura de estos días


Acabo de terminar la lectura de Los demonios del lugar (Almuzara, 2007), el libro de relatos con que Ángel Olgoso ganó el I Premio Internacional de Terror Villa de Maracena. De Olgoso sólo conocía algunos relatos sueltos, pero había leído elogios por doquiera, los más cercanos por boca de mi amiga, la escritora Ángeles Prieto Barba. Ha sido una lectura endemoniada, como prometía el título del libro, porque desde el principio se me han llevado los diablos a ese lugar y no me han permitido descanso entre cuento y cuento. Gigantes que miman y enamoran a sus presas, difuntos que reciben con los ojos abiertos la primera paletada de tierra sobre su tumba, seres deformes que reniegan de su condición de deshechos de la naturaleza, demonios que pueblan las tormentas, rayos que fustigan el cuerpo de un niño como una maldición ingénita, el tiempo detenido en un ascensor, cráneos que ruedan por la pista de una bolera, un preso que intenta comprender el complejo espacio geométrico de su celda, un solo rostro que se quita numerosas máscaras superpuestas en una fiesta de carnaval, las manos cercenadas de un herrero que siguen forjando espadas en el secreto de la noche, un viajero que descubre en una cabaña que el mundo se sostuvo y sostiene en palafitos... Poe, Kafka, Borges, Cortázar...Todo un disfrute para los amantes del cuento fantástico, con el mérito añadido de una escritura espléndida, plagada de imágenes de atinado impacto visual, jalonada de adjetivaciones que se van sucediendo en una cadena de disposición milimétrica en la que poco o nada sobra. No siempre el género del relato fantástico se acompaña, como aquí, de un lenguaje rico y pulcro, de un estilo depurado que hace las delicias del lector que busca algo más que un oscuro portento en un cruce de caminos o una metamorfosis kafkiana frente a los fantasmas de un espejo. Estos demonios que he leído son seductores, tanto, que me apresuro a abrir otras puertas del universo literario de Olgoso.

domingo, 12 de julio de 2009

Kusturica & The No Smoking Orchestra en Cartagena


Ya escribí el año pasado por estas fechas que el levante murciano tiene una de las mejores ofertas musicales y teatrales veraniegas. Al ya veterano Festival de Jazz de San Javier, en julio, reconvertido en Festival de Teatro en agosto, se ha unido en los últimos años el magnífico La Mar de Músicas de Cartagena. Si el año pasado el país invitado era Francia, este año es otro vecino: Marruecos. Además de Madeleine Peyroux (a la que tuve la suerte de ver hace dos veranos en S. Javier, como "telonera" del inconmensurable Marcus Miller), Rokia Traoré, Mélissa Laveaux, Pablo Milanés, Lucinda Williams o el Guinga-Mirabassi-Galvâo Trío, entre otros, esta convocatoria ha traído la banda golfa de Emir Kusturica & The No Smoking Orchestra. Fue anoche, en el auditorio del Parque Torres. Sorprendió la entrega del público (a rebosar) desde las primeras estridencias. A mí, que no los había visto en directo, me chocó inicialmente la pinta de este grupo de techno-rock gitano, que comenzó elevando al cielo una oscura nube de decibelios. Sobre todo la del cantante y líder, el Dr. Nele (Neland Jankovic), que apareció vestido de Maradona, la del cachondo violinista Dejan "El Juez" y la del propio Kusturica, que se movía con la guitarra como un niño gigante apabullado por la tímidez, a pesar de lucir una enorme camiseta roja con el rostro del Ché. Al hijo de "Kusta", Stribor, apenas pudimos verle la cara en la penumbra del escenario, pero sí vimos las chispas que arrancaba de la batería. Lo cierto es que la cosa fue caldeándose y, como suele ocurrir en estos conciertos en los que prima la entrega de los músicos, el público ardió bajo la calurosa noche cartagenera. No hubo bises, pero la banda gritó, cantó, bailó, saltó, jugó y bromeó sin interrupción durante hora y media. En algún momento temí por el corazón de este Dr. Nele que brinca en calzonas sudoroso, golfo, incombustible. Al son del unza unza, versión balcánica de nuestro chunda chunda, el cielo de Cartagena cimbreó con temas célebres, como "Pitbull Terrier", "¿Fue realmente Romeo un gilipollas?" o "El diablo viaja en clase business". Salí reconociendo que la golfería musical puede tener sus méritos, sobre todo después de comprobar que la extrañeza inicial de mi hija (diez años), que se preguntaba cómo su madre y yo habíamos asistido a un concierto tan estridente, había quedado disipada por nuestro evidente abandono al unza unza.


martes, 7 de julio de 2009

Descanso estival


Queridos lectores, a partir de manaña nos trasladamos al descanso de Cabo de Palos (Murcia), a leer, pasear, escribir y dormir (entre otros quehaceres estivales) frente al Meditérraneo (la foto está hecha desde nuestra terraza). Dejaré a los Silenos descansar, pero no mucho. Abrazos.

domingo, 5 de julio de 2009

Un microrrelato estival


REBELIÓN EN SOLANA

En la pequeña ciudad de Solana aconteció un domingo a mediodía un oscuro portento. Con sincronía conjurada todas las Sombras adelgazaron su figura hasta tal punto, que rompieron el vínculo con los Cuerpos, mientras éstos veían atónitos cómo se deslizaban rastreras hacia un sórdido callejón. Presos del pánico, se reunieron en la Plaza del Páramo para medir las consecuencias de tan repentino menoscabo. De las sombras sólo cabe esperar negras intenciones, amonestó un Cuerpo despechado.
Apenas se hubo formado un comité de emergencia, corrió el rumor de que en ese mismo instante las Sombras celebraban conciliábulo en el viejo almacén ruinoso. El comité acudió presto y solicitó parlamento. Portavoz del grupo sedicioso, una Sombra añosa salió con una carta reivindicativa que aclaraba la negrura de su queja: estaban hartas de no haber sentido jamás la caricia del sol. Desde aquel día en la ciudad de Solana los Cuerpos y las Sombras intercambian su naturaleza en domingos alternos.

Antonio Serrano Cueto

jueves, 2 de julio de 2009

Un poema ("Saldo negativo")



SALDO NEGATIVO

Somos el tiempo que nos queda
J. M. Caballero Bonald

El tiempo que nos queda,
el alba que retrasa sus candores,
la hora que eclosiona primeriza,
el viento destrenzado por las ramas,
la niebla que blanquea la campiña,
las olas orillando las arenas,
la noche camuflada por el día,
el agua que destilan los veneros,
la flor en los jardines perseguida,
los hijos abismados en tus brazos,
el amor que de amor vive transido,
la amistad con dolor verificada,
el dolor encallado en los bajíos...

El tiempo que nos queda
dormita agazapado en las palabras.