¿Quiénes eran, decidme,
esos que en mi memoria desflecada
hoy siguen entonando idénticas canciones
de reclamo trabadas con músicas remotas?
Abría su turno temprano el carro del especiero:
¡qué prodigiosa mixtura de colores,
qué nube de fragancias en alado concierto!
Ramitas de albahaca, varitas de canela,
polvillo de jengibre, pelillos de alazor
que entintan el cabello.
A mediodía, coplas de la pasamanera
en la arrebatadora luz del patio:
canastos bien repletos de cordones,
flecos de plata y borlas con añil,
prima marinería en las botonaduras áureas.
Sonaba luego el son aguzadero,
la infantil mini flauta que anunciaba,
escala arriba, escala abajo,
el baile chispeante de cuchillos y tijeras.
Cercana la merienda, la ofrenda almibarada
y vespertina del tardo confitero.
Cerraba ya sus puertas la tarde
con aquella grata mercaduría de azúcares y sésamo.
Yo no sabía entonces, de tan niño,
que allende la memoria se abrirían de nuevo.










