
Todas las mañanas, después de la ducha, inicia el ritual de la toalla. Es la única rutina que no cambiaría por nada del mundo. Empieza por secar la cara, las orejas y la cabeza, con especial frotamiento en la nuca. Luego, ceñida la toalla a modo de capa, toca el turno a los hombros y el cuello y, cruzada por delante, a las axilas, que reciben siempre la punta opuesta de la prenda. Sigue bajando en forma de anillo que se estrecha en los senos, donde las manos presionan suavemente con un movimiento espiral. Pasado el ombligo, la orografía de pliegues y hendiduras exige más precisión, pues la toalla debe absorber humedades ocultas. Aquí siempre hay risas. Después abraza los muslos, primero el izquierdo luego, el derecho. La fase final acontece cuando ella se sienta en el borde de la bañera. Ahí se ensimisma masajeando los tobillos, los dedos y los tersos empeines, que siempre besa como culminación del trabajo. Entonces él se levanta del suelo, le entrega la toalla y entra desnudo en la bañera.
Antonio Serrano Cueto
Antonio Serrano Cueto
(Mujer inclinada, de Pierre Bonnard)





