viernes, 18 de septiembre de 2009

Truffaut, Luis García Gil y la voz de Ana Salazar



Como anunciaba en la entrada anterior, ayer tarde presentamos François Truffaut, el libro que Luis García Gil acaba de publicar en Cátedra (colección cineastas). Fue en el patio del Centro Cultural Reina Sofía, al arrimo de la Alameda Apodaca y su brisa preotoñal. Un acto ameno, donde Gonzalo García Pelayo, Luis Gil y yo hablamos de cine cuanto nos permitió el tiempo y la ocasión. Muy cerca, la cantaora Ana Salazar destrenzaba preciosamente penas de Edith Piaf bajo los acordes del guitarrista Ricardo Rivera. He aquí el texto de mi intervención:
Muchos de los presentes recuerdan sin duda la célebre dedicatoria de Walt Whitman que encabeza sus versos: Esto no es un libro, lector, estás tocando a un hombre. Pues bien, en este libro palpitan dos hombres: François Truffaut y Luis García Gil. Y no lo digo porque Luis haya confesado en alguna página de internet que “él es Antoine Doinel”, sino porque ha puesto razón y alma en estas páginas. Que el prólogo de Homero Alsina se titule “Prólogo a un entusiasmo” no es gratuito.
Visto el título, podrá pensarse que este libro es una biografía al uso. Pero no se engañen. Si para Truffaut vida y cine eran un todo indisoluble, Luis ha sabido rendirle el mejor de los homenajes: un libro donde el río de la vida se ve desbordado por el caudal del cine.
Porque en este libro hay mucho cine, más cine que vida. No hay circunstancia vital que no esté supeditada al hecho cinematográfico. Veamos un ejemplo. Cuando se menciona a sus mujeres (Madelaine, Deneuve, Moreau, Ardant…), éstas entran en escena más por su protagonismo en la aventura cinematográfica del director, que por su vínculo personal con el hombre.
También ha rehuido Luis la linealidad cronológica, introduciendo en la primera parte del libro, dedicada a “El cine y la vida”, continuos flashbacks. Por ejemplo, cuando aborda al Truffaut crítico, retrocede hasta los años cincuenta, después de haberlo dejado en 1976 explicando la importancia que tuvo en su vida la Cinemateca. Creo que este capítulo, que el autor titula, con un nuevo guiño cinematográfico, “No disparen al crítico”, es de los más enjundiosos del libro.
La pasión de Luis por Truffaut se percibe en cada página. Donde más se evidencia es sin duda en su esfuerzo por que el lector conozca los argumentos de los detractores del cineasta, para acto seguido poder rebatirlos o, al menos, ponerlos en cuestión. Hay momentos, no obstante, en los que Luis regaña al propio Truffaut. Como cuando le objeta un comportamiento injusto con algunos cineastas del Cinéma de qualité.
Bastarían estas primeras ochenta páginas para tener un conocimiento sólido de la filmografía de Truffaut, porque el autor desgrana y entrelaza todas sus películas, examinando las motivaciones del director, el proceso de realización, la acogida del público y de la crítica. Sin embargo, Luis añade un extenso capítulo dedicado a la revisión pormenorizada de “Las películas de mi vida”. Así lo titula.
Con la lectura de este libro yo he descubierto qué poco sabía de Truffaut. Al mismo tiempo he visto confirmadas algunas ideas, divagaciones de espectador que fui guardando unidas al recuerdo del director.
Como he dicho, Luis ha sabido captar el espíritu del cineasta. A mi modo de ver, Truffaut dejó que el cine devorara poco a poco su vida. Esto explica muchas cosas, no sólo los elementos autobiográficos y obsesivos de su cine. Puede explicar también su distanciamiento del París que ardía a finales de los sesenta. Mientras en las calles se fraguaba el 68, Truffaut daba a luz a películas encorsetadas en su mundo personal, como Besos robados o La sirena del Mississipi. ¿Qué fue del chico rebelde de Los cuatrocientos golpes? Su respuesta: amor y cine, más amor y más cine.
Es cierto que sus grandes temas son la infancia y el amor, pero sobre todo el amor desde la perspectiva del hombre. El amor como desiderátum, ya que no puede encarnarse en ninguna mujer. De ahí que la mujer aparezca siempre como un ser dominante y mágico, deseado y desconocido a la vez, y que el hombre ande perdido en esta búsqueda vana. Si a ello añadimos, como en el caso de Doinel, una infancia sin el afecto materno, la vulnerabilidad del amante lo deja expuesto al adulterio y al deseo desestabilizador. Domicilio conyugal y El hombre que amaba el amor quizás sean las películas que mejor condensan este conflicto.
Cuando en Domicilio conyugal Doinel le dice a su esposa, ya roto el matrimonio: "Eres mi hermana, mi hija, mi madre", Christine le responde: "Ojalá fuera también tu esposa". Porque eso es lo que Doinel parece buscar y encontrar en las mujeres: el afecto y la protección que no tuvo en la infancia. En esta misma película Doinel confiesa que no sólo le gustan las mujeres, sino también sus familias, en lo que parece una búsqueda de la normalidad que no tuvo la suya.
Y al final resulta que el amor se esconde en su fugacidad, en el ubi sunt que recorre El amor en fuga, donde lo transitorio del amor desfila en la pantalla en ese tren de secuencias rescatadas de las películas anteriores del ciclo.
Como he dicho antes, Luis se detiene en numerosas ocasiones en las críticas que recibía Truffaut por parte de sus colegas: su frío romanticismo, el aburguesamiento de su cine, en contra de sus postulados iniciales, la heterogeneidad de sus películas, su falta de compromiso político, etc.
Al margen de que algunas críticas fuesen o no fundadas, sospecho que también se la tenían jurada por enfant terrible, ya que él no dudaba en lanzar sus dardos contra la profesión del crítico no sólo en sus escritos o manifestaciones, sino incluso en sus películas. En El amor en fuga hay una escena elocuente. Doinel acompaña a su hijo Alphonse a la estación de Lyon y, cuando el niño ya está en el tren, le dice que sea disciplinado con el violín y llegará a ser un buen músico. El hijo le pregunta: “Y si no? La respuesta de Doinel es tajante: “Serás crítico”.
Tampoco el público parecía valorar sus películas. Cabe preguntarse si, como él defendía, su cine era concebido para llegar al espectador de su tiempo. Truffaut no quería caer en el intelectualismo y en la abstracción a lo Godard, sin embargo, hay un punto de intelectualismo en el uso constante del libro y en la mención reiterada de los autores que él amaba. Aquí se aprecia su carácter obsesivo, como también en el hecho de que repitiera no ya personajes y nombres en el ciclo de Doinel, sino incluso en otras historias. Hay un Bernard en El último metro y otro Bernard en La mujer de al lado, en ambos casos protagonizados por Gérard Depardieu. Tengo para mí que algunas de sus películas debían de resultar al público demasiado parecidas. Pero hay un hecho que parece indiscutible: Truffaut fue fiel a su propio compromiso moral y estético, aún a riesgo de que su cine no calase en el público.
Se ha dicho también que sus películas han envejecido mal. Yo creo que es así en algunas de ellas; en absoluto en otras. En este sentido la menos lograda es para mí Fahrenheit 451, que ya fue un fracaso cuando se estrenó. Resulta sorprendente que Ray Bradbury afirmara en varias ocasiones que estaba muy satisfecho con la versión cinematográfica de su libro. La película no sólo es fría; a veces resulta un poco infantil, especialmente la imagen enlatada del camión de bomberos acudiendo a las citas. En descargo de Truffaut hay que decir que el cine de ciencia-ficción tiene el hándicap de luchar contra una época que avanza acelerada. Cuando uno ve hoy, por ejemplo, la película de que hizo en los sesenta George Pal, con Rod Taylor como protagonista, sobre el libro La máquina del tiempo de Georges Wells, siente que ese futuro, que podría ser nuestro todavía, es ya demasiado viejo. Quizás lo mejor de Fahrenheit 451 sea la música de Bernard Hermann.
Tampoco el paso del tiempo ha mejorado el ciclo de Doinel. Ahora bien, hoy pueden verse como historias cercanas La mujer de al lado, Las dos inglesas y el amor o, para mí una de las mejores, Vivamente el domingo. Y, por supuesto, la que considero su obra imperecedera: Los cuatrocientos golpes.
Hay aspectos del cine de Truffaut que me llaman mucho la atención, y sobre los que luego, si hay tiempo, podemos hablar:
1) La teatralidad de la puesta en escena de algunas películas, no sólo de El último metro. Estoy pensando en el ciclo de Doinel, donde son frecuentes los espacios reducidos, decorados que se repiten, el peso del diálogo…
2) Siendo el ciclo de Doinel una la de las singularidades del cine de Truffaut, sorprende que su puesta en pie parece haber sido más por interés de terceras personas que por iniciativa del propio Truffaut. Si el productor Pierre Rostang no le hubiese pedido hacer una segunda entrega (Antoine y Colette), ¿hubiera Truffaut dado el paso?
3) El comedimiento en lo referente al sexo. En algunos casos llega a mojigatería. Estoy pensando en una escena de Fahrenheit 451. La mujer de Montag, el protagonista, ha quedado inconsciente después tomarse un frasco de píldoras. Una vez recuperada gracias a esos extraños técnicos que acuden al aviso, la pareja se recuesta en la cama en un abrazo de lo más infantil.
4) El humor en su cine está poco logrado. Claro que esto debía de ser una limitación no tanto del actor, como del director-guionista. Hay escenas, por ejemplo, en Domicilio conyugal, que buscan el humor en el absurdo, pero, en mi opinión, Truffaut no logra sus objetivos. Por ejemplo: el trabajo absurdo de Doinel dirigiendo barquitos; la repetición de la escena previsible en que su amigo Jacques le pide dinero prestado; la compra de la escalera de biblioteca que no sirve para nada. Y, puestos a detectar lo inverosímil (no sé bien si con fines humorísticos también), el hecho de que su mujer Christine le aconseje por teléfono cómo tratar a su amante cuando él telefonea varias veces desde el restaurante.
Y, para terminar, una curiosidad: ¿se ha escrito algo sobre la presencia del teléfono en las películas de Truffaut? Aparece con frecuencia, por ejemplo, en Vivamente en domingo, pero ahí está justificado por el carácter hitchcockniano de esta película, ya que el teléfono es un buen recurso en pro del suspense. Sin embargo, en el ciclo de Doinel su uso es frecuentísimo, hasta el punto de que parece un adicto a las cabinas.
En fin, todo esto y más nos enseña y sugiere el libro de Luis, una lectura que les recomiendo de veras. Un libro escrito con pasión hasta el epílogo, donde el autor cuenta emocionado su visita en una tarde invernal a la tumba de Truffaut en el sombrío cementerio de Montmartre. Al leer estas páginas yo he revivido mi propia visita este pasado verano, cuando me acerqué a la tumba del cineasta y pude ver lo que Luis cuenta: que sobre su lápida personas anónimas siguen dejando testimonios de su admiración. No es poco legado.
(De izquierda a derecha: Luis García Gil, Gonzalo García Pelayo,
Antonio del Castillo (el concejal), un servidor, Ana Salazar y Ricardo Rivera.
La fotografía es de Fernando Fernández)

2 comentarios:

adu1 dijo...

Gracias por reproducir el texto. ¡Espléndido!

Saludos tomareños

Angel Duarte

Luis García Gil dijo...

Querido Antonio,

Te agradezco públicamente tu generosidad en la presentación de mi libro. Siempre nos quedará Truffaut. Un fuerte abrazo de tu amigo.