sábado, 25 de julio de 2009

Escritura en verano, olas de Santiago y microrrelato


Los calores julianos de anoche, que se me llevaron el sueño y me dejaron embotado el cerebro y sus aledaños, han evolucionado en esta mañana jacobina hacia una brisa prometedora, como corresponde a las célebres olas de Santiago de mi Atlántico natal. Y es que los niños de la década de los sesenta celebrábamos en Cádiz el día del Santo Patrón afrontando olas de dos metros, dejando el cuerpo estirado a su merced, rodando por el fondo espumoso hasta sentir las rozaduras en la orilla. Cosas de los coeficientes marinos y caprichos lunares, pero que nosotros atribuíamos a la prodigiosa fuerza de ese nombre, cuya sólo invocación bastaba para encrespar las aguas.
Ello me ha llevado a pensar, por esas extrañas relaciones que trae el tiempo libre, que no sucede igual con la escritura. El simple hecho de sentarse a desgranar una idea, un asunto, una historia, de invocar en suma la palabra escrita, no basta para que lo escrito se alce como la ola jacobina, haciendo rodar en la espuma de la excelencia a los lectores. Porque es una memez pensar que todo lo que un escritor traslada al papel o a la pantalla del ordenador tenga algún valor literario. Saber distinguir la paja del trigo es tan importante como rellenar otro folio. Porque el hecho de publicar sin descanso, cautivos del deseo de estar permanentemente en los escaparates literarios, suscita una sospecha natural: cantidad y calidad rara vez son trenes que corran parejos. Como el verano acrecienta todos los narcisismos, y el literario no es una excepción, conviene estar alerta.
Dicho esto, os dejo un microrrelato que no aspira a ser ola de Santiago, sino tan sólo espuma que deleite y refresque.


CAMBIO CLIMÁTICO

Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina.
Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán;
pero lo cierto es que es un aire negro.
(Juan Rulfo, del cuento "Luvina")

¿Qué quiere que le diga? Todo ha cambiado. Aquí el viento ya no ruge como antes. Hace años, a poco que se anunciase, ya había un miramiento. Cuando corría por las calles aupado en sus cien ruedas de aire pendenciero, pobre del desgraciado que no se apartara. En aquellos tiempos hasta los barcos le tenían su consideración. Lo dicho: a la menor señal de enfado, se quedaban recogiditos en el puerto. Siendo yo un mozo vino una vez tan encabritado, que de una embestida mandó al pobre Jacinto por los cielos y fue a estamparlo de cara contra la torre de la iglesia, que estuvo campaneando varias horas. ¿Le he dicho lo mejor? El tal Jacinto pesaba ciento ocho kilos embutidos en un corpachón de tres alturas y era el ateo más grande del pueblo. Pero la cosa también afectaba a los animales, no crea. Aquí las gallinas aprendieron pronto que les convenía quedarse encerradas y calladitas, ocupadas en sus cochinadas, y cuidado con sacar la cabeza antes de tiempo. Con todo, les quedó un andar torcido que no verá usted en gallinas de parte alguna, porque el maldito cabrón se metía por las rendijas del gallinero a saber con qué intenciones. Pero todo ha cambiado. El viento se ha amariconado. Ahora se pasea por ahí sin resuello, limitándose a dar sopliditos a los veleros y a las cometas de los zagales. Y tan remilgoso se nos ha vuelto, que ya ni siquiera levanta las faldas de las mozas. Si usted nos hubiera visitado hace cincuenta años, cuando corríamos en las fiestas calle abajo delante de sus cornadas... Eso sí que era viento.

4 comentarios:

Capitán dijo...

Ah, el cambio, ¿climático o generacional? A mí me han llegado ambos a la vez, hoy mis hijos han estado saltando las olas de Santiago, y yo con ellos, como mi padre conmigo, pero ya no eran tan grandes, ni tan divertidas.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Antonio, que el viento se ha amariconado es una genialidad como la copa de un pino.

Recibe un fuerte abrazo.

Mega dijo...

¿Qué quiere que le diga? Lo bordó Vd. una vez más, con viento o sin viento. Castigo divino el que sufrió el tal Jacinto... ;-P

Un abrazo

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Estupendo micro, Antonio. Yo hace años que no voy a la playa por Santiago, cuando las mareas grandes, y tus palabras me han recordado aquellos tiempos. Pero ¿qué se puede esperar de un siglo en el que ya ni las olas ni el viento son como los de antes?
Un abrazo.