domingo, 5 de abril de 2009

El dolor del maestro por la muerte del discípulo


Hace algún tiempo, llevado por mis trabajos de investigación universitaria, me topé con uno de los escritos más bellos que he leído sobre la muerte de un amigo. En este caso dicho amigo era, además, discípulo predilecto, y tuvo la mala fortuna de morir con tan sólo 28 años, en los inicios de una carrera poética prometedora. No, no sucedió ayer, ni siquiera anteayer. Hay que remontarse a mediados siglo XVI, allá por 1565, y contemplar la escena entre dos ciudades: Madrid y Alcalá de Henares. En la primera, en el entorno de Felipe II, vivió y murió el joven Diego de Guevara. En Alcalá lloró su muerte su maestro, el catedrático y cronista del rey Ambrosio de Morales. Publiqué el texto en un artículo sobre ambos en 2006, pero no me resisto a ofrecéroslo aquí. Es un poco largo, pero creedme que merece la pena. Y tened paciencia con el castellano de la época.

Aquí llegava, escriviendo estos mis discursos con muy grande alegría, que el amor de la obra començada me avía puesto, alentándome al trabajo con el gusto y affición de bien emplearlo, quando, según la costumbre de todas las cosas humanas, este mi plazer y gusto se me trocó en un tan grave pesar, que ningún otro mayor pude temer en la vida. Porque súbitamente, y sin aver podido siquiera antes temer tanto dolor y aparejarme para sufrirlo, me dixeron que era muerto don Diego de Guevara. Con esta nueva dolorida quedé tan lastimado, que no sé hazer más de dolerme y lamentarme, y no puedo pensar en otra sino cómo continuaré este mi pesar. Que aunque él assí no me incitasse, la obligación me forçaría. Y ¿qué maravilla es que yo quiera esto, y lo dessee, pues tantos otros y tan principales en España se duelen muy lastimados? Toda junta lo llora nuestra corte. Los señores se duelen, que han perdido un alto gusto de virtud y discreción en comunicarle, los cavalleros sienten la falta de un exemplo tan christiano, de tanta destreza y gentileza, y los hombres doctos quedan muy tristes, porque se perdió todo junto un lustre tan principal, como las buenas letras en España con este cavallero tenían. Pues entre todos estos pesares, ¿por qué no ha de ser el mío mayor y más señalado, como por mayores y más justas causas devido? Este es, señor don Diego de Guevara, uno de los mayores acidentes de mi dolor en tu muerte, aver tú sido tal, que te lloren tales personas, y aviéndote yo solo, más que todos perdido, juzguen todos ellos, sin sentirlo, quán grande es mi gran perdida, pues tan dolorosamente sienten la pequeña suya. Todo eras mío, y yo perdí en ti todo lo que tú eras. No soy ambicioso en mi pesar, para hazer pompa del dolor, si no cuento con verdad las causas de él. ¿Qué hombre tan duro, tan bárbaro o tan fiero pudiera aver, que teniendo don Diego la excelencia que tenía en todo lo bueno, y teniendo en él la parte que yo, no sintiera gravemente el perderlo? Y yo lo siento más, porque conocí más de su bien, y pude tener más por mía alguna parte de él. Yo le comencé a enseñar en mi casa desde su niñez. Yo fuy el que gozé primero del resplandor de su virtud, que ya al alva de su amanecer mostrava quán grande avía de ser su luz entrado el día. Yo me alegré el primero con la singular esperança, y con la preñez de su ingenio soberano. Yo vi nacer sus primeros partos; yo los vi cada día acrecentados y aventajados de sí mismos; yo le di la leche en la grammática; yo le mecí y le arrullé en la cuna de la poesía, y le encaminé los primeros passitos y el menear los pies en la eloquencia. Yo le vi después criado y crecido y adelantado en todo lo bueno, sobre todo lo bueno que bien se dessea, y por todas las partes de su excelencia le conocí digníssimo de ser amado, y puse en él sin término mi amor. ¿Cómo puedo no dolerme con mucha amargura en tanto bien perdido? ¿Cómo puedo no sentir con mucha angustia esta falta, y celebrarle siquiera las obsequias con mi dolorido sentimiento? ¿Qué no tenía yo y qué no perdí en don Diego de Guevara? Con cuyo nombre solo me alegro tanto, que con mucha dulçura muchas vezes lo repito. Singular discípulo, alumno insigne, señor principal, y lo que él más quería que se juzgasse, y a pesar de la gran desygualdad mandava que se dixesse, amigo verdadero. Y por aver él sido tan afficionado a los mismos estudios que yo, no solamente tenía ya en él compañero en ellos, para suave comunicación, ni ayuda solamente para alivio del trabajo, sino síndico y juez muy sufficiente, para que, aviendo passado por su tribunal con aprovación lo que yo escrevía, no tuviesse de ay adelante por que temer la sentencia de nadie. Este fruto avía yo cogido de mi lavor, y con esta tan colmada medida recompensó y sobrepujó aquella buena tierra el poco trabajo que puse en ella. Pues la buena gana con que yo la labrava, ¿qué gusto tuvo siempre y qué alegría aún antes del buen acudir? No se echava surco que no descubriesse la fertilidad de la tierra y que no assegurasse cómo era muy bien empleado el cultivarla. No avía aún catorze años, quando ya el maestro Esquivel no tenía qué enseñarle en arithmética, y a los veynte nos tenía agotados, a él en todas las mathemáticas y a mí en todo lo demás que las lenguas y las letras de humanidad incluyen. Y en fin dexó en este tiempo de su edad esta Universidad de Alcalá de Henares, porque no tenía ya más que ella le pudiesse enseñar en lo que él avía de aprender. Y es otra mayor maravilla, que todos los años que bivió no fueron más que veynte y ocho, y en lo corto de este pequeño espacio de su vida llegó a la perfeción de letras, que se estima mucho quando en larga vejez otros la alcançan. Y quitávale mucho del tiempo el servicio de los príncipes Rodolpho y Ernesto, siendo gentilhombre de su cámara, la continuación de palacio, su poca salud y el exercicio ordinario de las armas, a que era también muy afficionado. Y como pone esto admiración, assí causa mayor lástima por lo que más se pudiera esperar adelante. Mas yo me detengo mucho en celebrar sus letras, como si en su virtud no uviesse mucho más que alabar. Diré, pues, de ella y de su mucha christiandad sola una cosa, que no la osara dezir en su vida, ni agora me detendré mucho en encarecerla, porque todos podrán bien estimarla. Díxome alguna vez su confessor, que era un religioso de la orden de san Francisco de mucha santidad y gran juizio, que quando se confessava don Diego de Guevara quisiera él tener detrás de sí dos o tres doctores theólogos, para que le oyeran y alabaran a Dios en el sentimiento y cordura con que allí se governava. ¿Mas qué hago? ¿Dónde voy olvidado de mí mismo? ¿Cómo me ha enajenado tanto el dolor? Que aunque él me diesse lugar para con más causas justificarlo, la prossecución de mi obra no me consiente tan largo detenimiento. Por esto será bien dexar ya la manifestación de mi justo dolor y sólo buscar el consuelo que puedo hallarle. Y cierto, señor don Diego de Guevara, considerándome a mí solo, todo lo que en mí puedo hallar en este punto no es sino tristeza y grave sentimiento, y dolor de tu muerte. Mas, poniendo en ti los ojos, que es alçarlos al cielo, a donde piadosamente creo que ya te hallas, hallo luego con que consolarme y alegrarme de tu alto bien, en el soberano trueque que de ti se ha hecho. Porque considero cómo te llevó el cielo porque no te merecía el mundo, y que te hizo Dios tan presto salir, porque mereciesses yr a gozarle más temprano. ¿Qué te pudiera yo, señor, dessear más de lo que tienes? ¿Más qué pudiera querer en ti, que no fuera mucho menos de lo que Dios te ha dado? Pues, ¿por qué yo, casi con manifiesta embidia de tu bien, he de dolerme por mis interesses? Ya, señor, los dexo todos; ya no pongo los ojos en lo que perdí en perderte; ya no considero lo que me falta, faltándome tú, sino quiero alegrarme con tu soberana suerte y considerarte en el cielo, en compañía de todos los espíritus bienaventurados y en la presencia de Dios, gozando su gloria infinita sin temor de jamás perderla. Y yo te gozaré acá en tu fama y en tus versos excelentes y en lo demás que dexaste escrito con tanta lindeza, dexando también allí la mejor parte de ti mismo biva y muy bien representada.
(De las Antigüedades de las ciudades de España, Alcalá, 1577)
En la imagen, retrato de Ambrosio de Morales

4 comentarios:

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Tan espléndido como conmovedor. El castellano que aquí se regala es maravilloso, y su fondo... Muchas gracias, Antonio.

Antonio Azuaga dijo...

Pues sí, has hecho muy bien al ofrecérnoslo. Estoy de acuerdo, naturalmente, con Antonio Rivero Taravillo: es conmovedor, y una delicia su lectura. Fluye el texto con tal veracidad de sentimiento y tan coherente elegancia en el discurso que parece estar escrito antes de haber sido escrito, que parece dictado... Como sin duda lo fue desde el sincero dolor del maestro.

Gracias y un saludo.

Mery dijo...

Ya lo apunta perfectamente Antonio, mas arriba: es conmovedor en el fondo y en la forma.
Haces muy bien en dejarnos estas joyas en tu cuaderno. Gracias mil.
Creo que volveré a leerlo.
Un beso

Lauren Mendinueta dijo...

Este tipo de entrada me gusta especialmente. Felices Pascuas