jueves, 19 de marzo de 2009

El circo


José P. G. (felicidades) es un ciudadano español que, después de unos días de bajura emocional, se propone encarar la vida y sus daños colaterales con optimismo. Con tal propósito busca motivos de risa y razones para el disfrute de sus sentidos, algo romos últimamente. Y decide hacer algo distinto, algo que nunca le interesó lo más mínimo: ir al circo. Durante días compra la prensa y, saltándose las noticias, indaga en las páginas de espectáculos. Sabe que el circo asoma por su ciudad con los albores de la primavera. Pero por alguna razón este año se demora. Cansado de esperar, José P. G. telefonea al número de información circense y allí le responden: "Estimado Señor, por el momento ninguno de nuestros circos actuará en España. En su país tenemos un serio problema con la competencia". Y José P. G. deja la búsqueda y vuelve a las páginas de noticias. Empieza el espectáculo con la exhibición del Monstruo de Amstettem, ante el que muchos niños se tapan los ojos. Sigue el número del clown hipócrita, que pasea por la arena un lince ibérico y un lindo bebé, mientras en el centro arden dos hogueras: una con millones de condones y la otra con otros tantos pecadores africanos. A continuación un número que ya lleva lo suyo en cartel, pero que sigue causando furor en el público: el de los políticos funámbulos de toda bandería. Especialmente gustan el equilibrismo de los gestores de la crisis y, enfrente, el zafio trapecio del que cuelga la oposición. Pero el montaje estrella es el de las bestias que devoraron a Marta y el de las que cada día devoran a su familia. Terminado el espectáculo, José P. G. siente que sufre una recaída. En el cielo de su ciudad titilan guiños de primavera.

SE AMPLÍA EL ESPECTÁCULO (20/2/2009): el clown hipócrita ha incorporado a su espectáculo un número más. Exhibe la excomunión de una niña brasileña de nueve años, de su madre y de los médicos que le prácticaron el aborto a la niña. También aparece en escena el padrastro y violador de la niña, que permanece incólume en el seno de la Iglesia. José P. G., que es católico y algo devoto, enferma de veras con vómitos sacrosantos. Y todo por querer ir al circo.

("El circo", de Georges Seurat, 1891)

4 comentarios:

Olga B. dijo...

Qué duro. A veces se cansa una de guiños sentimentales. Un circo con muy variados espectáculos, un circo terrible y nuestra atención acosada por sus fieras.
Sabes que soy muy partidaria de los papeles secundarios, pero te felicito especialmente por éste.
Un beso, Antonio.

P.S.: Y felicidades también por el día del padre;-)

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Demoledor, Antonio. Cómo no acordarse de Valle-Inclán, de esa España, deformación grotesca. Ay.

Isabel Romana dijo...

Genial. Desde luego es para deprimirse. Un retrato de la actualidad que no pierde la idem. Besitos y feliz fin de semana.

bambu222 dijo...

Realmente un verdadero circo pero éste que describes no tan inocente.Abrazo.