
Un hombre mira con deseo a una mujer en la terraza de un café. Se fija primero en la abundancia de su cabello dorado y, al instante, la mujer luce una calva rutilante. Luego busca el pozo de sus ojos, pero el ojo izquierdo de la mujer se desvanece bajo la piel. Apenas dirige su mirada hacia la boca, se admira de que los labios se esfumen sin dejar rastro. Entonces baja la mirada por el cuello hasta donde le permite la mesa que ella ocupa. Se detiene allí, confiado en que no será posible que desaparezcan tan señaladas turgencias. Sin embargo, al punto advierte que sus ojos resbalan por una escueta llanura. Antes de abandonar el café, el hombre se da cuenta de que ella lo mira fijamente con su único ojo. Corre despavorido a su casa echando en falta el aliento. Al abrirle la puerta, su mujer le pregunta dónde diablos ha dejado la boca.
Antonio Serrano Cueto
Antonio Serrano Cueto
(Terraza del café de la Place du Forum en Arlés por la noche. Vincent Van Gogh, 1888)
11 comentarios:
¡Qué maravillosa hipérbole del deseo! (¡Y qué efecto tan abrasivo puede llegar a alcanzar!)
Me encantó.
Así de fugaz es el deseo, así de voraz.
Buen micro, Antonio.
El sentimiento de culpabilidad quizás le haya devorado la boca.
Qué juez mas duro resulta la propia conciencia.
¡Qué bien escribes, condenao!
Un abrazo
El deseo hecho carne o como dejar el cuerpo en la mirada, mas también cómo el arrepentimiento desfigura la imágen del deseo.
Multiples lecturas Antonio, como el deseo.
Exelente.
Sergio Astorga
en mi blog he dejado un regalo para los Silenos...mientras tu me felicitabas en los comentarios...nos hemos cruzado
un beso
Inquietante... Saludos cordiales.
Buenísimo, sí señor. Contundente como todo buen microrrelato.
Como dice Mery, !que bien escribes!, ¡como logras que cada micro sea intenso y te atrape!.
Con tu permiso, me lo llevo, para mi colección de micros magistrales.
Un abrazo.
Espectacular.
Me he acordado de Picasso y de De Chirico. Entre la descomposición de la forma y la metafísica del incosciente... Un relato de los tuyos, en tu línea de acostumbrada sorpresa y brillantez.
Un saludo
Qué maravilla, Antonio. Con la boca abierta quedo.
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