martes, 10 de marzo de 2009

Camino del juzgado


Esta mañana la jueza que algún día será conduce distraída, repasando de memoria y deprisa los últimos indicios incorporados a la instrucción. Aunque aún no ha cumplido los cincuenta, ya es jueza afamada por los éxitos, todo un icono del recto proceder. Queda ya tan lejos la voz preocupada de su madre…: “Vas a enfermar de tanto estudio. Menos mal que ahora sales una hora al día”. La jueza tiene entre manos un caso duro de roer, pero de esos que hacen época y adornan cual blasón los libros de jurisprudencia. Revisando pruebas y acomodando testimonios conduce camino del juzgado. Enfila el último tramo de la avenida y se anticipa a una realidad cotidiana: el maldito semáforo estará en rojo y no habrá peatones. Casi nunca hay peatones cruzando esa calleja estrecha y tranquila. La jueza que algún día será desacelera, adopta una mirada inocente y deja que el vehículo cruce suavemente. Entra en el juzgado intranquila, perseguida por el disco rojo. Y de repente regresa a la mesa donde se amontonan los libros y el cansancio, y vuelve a oír la voz preocupada de su madre, que le recuerda que es la hora de la autoescuela.

Antonio Serrano Cueto

4 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Nadie es perfecto. Besitos.

sergio astorga dijo...

Antonio, los remordimientos de una jueza o juez han de ser muy transitados, no me cabe la menor duda.
Un abrazo sin juzgar.
Sergio Astorga

Mega dijo...

La cabeza suele funcionar tal como describes. Muy certero y veraz.

Pobre jueza

Javier Quiñones Pozuelo dijo...

Buen relato, Antonio. Muy conseguido el juego de anticipación, que vulnera la norma gramatical en la primera frase, pero que luego encuentra su lógica en el desarrollo narrativo del relato. Es verdad que a veces, cuando se es joven, juega uno a imaginarse qué será en el futuro. Después, la realidad vuelve a poner a cada cual en su sitio y la estudiante de derecho sigue siendo la que era antes y oyendo las mismas palabras de su madre. Eso de bueno tiene el microrrelato: la sensación de extrañeza que te queda, a ti como lector del texto, y al personaje como actor del mismo, cuando todo vuelve a ser como antes.
Un abrazo, Javier.