Asomaba el sol por la línea de las azoteas cuando Ventura sintió la llamada repentina de las alturas. Sin saber por qué, caminó varios metros por aquella calle mirando hacia arriba, tropezando con alcorques y bordillos, con papeleras y otros estorbos del mobiliario urbano. Pero nada detuvo ese impulso desconocido, ni siquiera el coche que frenó bruscamente y a punto estuvo de mandarlo de nuevo, quién sabe con qué fortuna, al capítulo segundo de esta historia. ¿Perseguiría algún indicio de su vida anterior? ¿Sería este elevado mirar una secuela del manoseo quirúrgico a que fue sometida su pobre cabeza? ¿O habría en esta obstinada torcedura de cuello alguna querencia póstuma del recién abandonado Torcuato? Con los pocos y defectuosos mimbres de esta vida suya en reconstrucción, difícil es saberlo y aventurado conjeturarlo. En cualquier caso, Ventura se detuvo delante de una fachada florida y, ante el asombro de los viandantes, gritó cinco veces el nombre de una mujer: Violeta.
(Continuará)
(Jardín vertical de CaixaForum. Madrid. Fuente gráfica: Silenos)
(Jardín vertical de CaixaForum. Madrid. Fuente gráfica: Silenos)
3 comentarios:
Antonio, será tal vez que ahora Ventura tendrá fino olfato y aguzada visión?.
Te sigo.
Un abrazo con la vista arriba.
Sergio Astorga
¡Cómo me gustó que Ventura encontrase -al fin- a su añorada Violeta!
Esto toma un giro inesperado, pero prometedor...
Un abrazo.
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