viernes, 30 de enero de 2009

El campesino y el poeta


Todo poeta sabe bien cuánto duele el nacimiento de un verso. Pienso ahora en los versos de verdad, en esos que penetran en la tierra como la lluvia de abril y dejan marcado un hondo surco en el ánimo del lector. Y no es baladí que venga yo ahora a hablar de versos y tierra, de versos y surcos, porque el verso nació en los labrantíos mediterráneos. Fue el romano un pueblo ante todo agrícola, y sobre esos cimientos humildes, tan a ras de suelo, levantó los admirables edificios de su lengua y su imperio. Al arar los campos, aquella gente sencilla volteaba la tierra con la reja del arado y bajo las patas de los bueyes se abrían los surcos hasta el límite de la heredad, donde la yunta daba la vuelta para empezar de nuevo. Y a estos surcos, que nacían de voltear la tierra y girar la reja sobre ella (significados ambos del verbo vertere), los llamaron versus. Pero, como tantas otras palabras campesinas, versus amplió sus horizontes y pronto puso su nombre al servicio de toda hilera (de árboles, por ejemplo). Mas todo cambió cuando del campo pasó, en un salto cualitativo, a nombrar los renglones de la escritura y, de ahí, al renglón poético. Así pues, los campesinos y los poetas comparten el verso: aquellos depositaban y siguen despositando en los surcos (que se abren al cielo como cuerpos anhelantes de deseo) sus esperanzas de un ciclo agrario fecundo; estos sólo aspiran a que sus versos-surcos respondan lo más fielmente posible a la ardua labranza interior.

(Imagen: as de la colonia Caesar Augusta, tomada de aquí)

9 comentarios:

Olga B. dijo...

Cómo me gusta que la palabra verso venga de la tierra volteada, del sencillo quehacer del campesino. Rudos renglones que pasaron al papel y se llevaron la rectitud y el dolor.
"Duelen" los propios y los ajenos, si son como deben ser. Nos conmueven, nos voltean (tambien hay que estar dispuesto a ello, desde luego:-)
Has escrito un texto precioso.
Un beso.

sergio astorga dijo...

Antonio, solo para agradecer tan cultivada entrada vaya este ejemplo de Juan Ramón Jimenez del soneto Octubre, solo los dos tercetos y el segundo cuarteto:
Lento, el arado, paralelamente
abría el haza oscura, y la sencilla
mano abierta dejaba la semilla
en su entraña partida honradamente.
Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,
pleno de su sentir alto y profundo,
al ancho surco del terruño tierno;
a ver si con romperlo y con sembrarlo,
la primavera le mostraba al mundo
el árbol puro del amor eterno.
Un abrazo en cultivo.
Sergio Astorga

entrenomadas dijo...

Precioso texto!!!
un placer enredarse en él.

Un abrazo,

Marta

Mega dijo...

¡Qué imagen más bonita! Desconocía su etimología. ¡Y, sobre todo, qué veraz!
Un abrazo

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

Siempre hay que volver a los clásicos y a su lengua. Ahí está el principio de todo. Las etimologías no son nada baladíes y nos recuerdan el origen, para que no nos olvidemos de dónde vienen las palabras y no las malgastemos, para que no nos olvidemos de dónde venimos nosotros mismos y no nos perdamos.

Juan Manuel Macías dijo...

Bello texto, Antonio. Es emotivo siempre recordar lo apegadas que están a la tierra las palabras latinas, el origen "humilde", racional de campesino, que sustenta gran parte de nuestra aristocracia lingüística y nuestro pensamiento abstracto. No podía ser de otra forma, desde luego. Me gusta que sea así. Me has hecho recordar, por cierto, lo "moderno" que resulta entender los versos como renglones. La escritura y la imprenta nos ha acostumbrado a esa cosmética. Y qué extraño se nos muestra a la vista uno de los fragmentos más antiguos de Safo que conservamos, escrito sobre una vasija sin separación de versos ¡ni palabras! Quien lo escribió debió de hacerlo con toda naturalidad, pensando que el oído era suficiente para discriminar versos y estrofas.
Un abrazo.

Antonio Azuaga dijo...

¡Qué aleccionadora y fructífera es la vida de las palabras! Gracias por contarnos ésta.

Un abrazo.

Mery dijo...

Qué bellísima manera la tuya de recordarnos lo que somos y de dónde venimos, porque el idioma es nuestra patria.
Un ejemplo perfecto del valor de la etimología.
Gracias. Un abrazo

Triana dijo...

Bellisima la forma y el fondo de esta entrada, Antonio.

Un abrazo.