
No, estimado lector, Ventura Torcuato no falleció en el descalabro de la sala judicial. Su cabeza demediada fue recogida por los ujieres y llevada, junto con el cuerpo inane que colgaba del extremo del cuello, al Hospital de san Judas Tadeo. Y siendo como era del todo imposible recomponer aquella coliflor maltrecha, que había perdido pizcas de su ser en el trasiego, los médicos fruncieron el ceño y se fueron a comer. Cuando volvieron, los rostros algo sonrosados por el vino tinto, metieron mano y bisturí a los restos del pobre abogado. Y no se sabe si fue efecto milagroso del líquido cárdeno o uno de esos prodigios con que la naturaleza regala de vez en cuando a los mortales, pero lo cierto es que, pasadas las primeras jornadas de convalecencia, en aquella cabeza (que así podía volver a llamarse en justicia) comenzaron a atarse cabos y a perfilarse nuevos relieves, y donde antes había trauma y sangre apelmazada, al poco había un batallón de neuronas pugnando por configurar una nueva identidad. Ahí, en ese trance, murió el abogado y nació un nuevo Ventura Torcuato, al que una mañana hallaron las enfermeras sentado en la cama con las piernas cruzadas.
(Continuará)
5 comentarios:
Oh, Dios, qué estará pasando por esa cabeza desventurada...
Nos dejas como en El Quijote, no espadas en alto, pero sí piernas cruzadas en pos ¿de alguna filosofía oriental?
Ya nos dirás:-)
Un beso, Antonio, me encantan estos relatos.
Bueno, esto promete...
;-P
Que continúe, que continúe...
Me inquieta esta resurrección, que, realmente, es una reproducción por bipartición (craneal, se entiende). Quedo con la misma ansiedad que Juan Antonio.
Espero, no solo promete, como dice Maga, si no que me vas a tener pendiente de la tercera entrega..
Gracias por el aviso de lo del otro blog, ya arreglé eso.
Un abrazo.
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