No puedo quejarme de la minúscula porción de solaz y descanso que me ha tocado en suerte, y aunque no he visitado Petra, ni surcado el Egeo detrás de un ojo de buey (o en camarote de primera), ni recorrido la Ribera Maya, ni fotografiado los albiazules Fiordos..., he dormido, paseado, corrido (menos), asistido a conciertos, leído y escrito mucho. No, no puedo quejarme, porque todo esto he podido hacerlo desde un balcón abierto al Mediterráneo, en la hermosa costa murciana de Cabo de Palos, adonde vínculos familiares nos llevan desde hace años. Ahora que el verano colea y es menester ir acomodando los muebles otoñales, los silenos recuperan su danza interrumpida con renovados bríos. Para festejarlo, os ofrecen un poemilla luminoso, fruto de una de esas tardes de gozosa indolencia:
EL DESEO
EL DESEO
Azul cautivo sin alas,
cielo terso sin paisaje,
cruza veloz el deseo
rayando de parte a parte.
No tarda en abrir su cola
la tímida luz de alambre,
y en albo sueño se pierde
en los senderos del aire.

