martes, 29 de julio de 2008

Andy Changó + Enrique Morente


Cartagena jacobea (25 de julio) nos ofrece en el autidorio del Parque Torres otro de sus conciertos estivales. Doble cartel: Andy Changó cantando a Boris Vian y Enrique Morente con los suyos y en compañía de Lagartija Nick. Pero no siempre todo sale como uno esperaba. Comete la organización el grave y pecuniario error de vender muchas más localidades que asientos; esto, unido al tirón que tiene Morente (que no Changó, como se verá), colapsó los pasillos y zonas laterales y traseras del auditorio con una muchedumbre inquieta. La actuación de Changó (al que el que escribe veía y escuchaba en directo por vez primera), irregular: algunos temas deliciosos y otros, sencillamente estúpidos. El lector conocedor de Vian y Changó podrá esgrimir en defensa del argentino que "eso era Vian". Bien, aceptémoslo. Pero ello no valida (al menos no para mí) que repitiera varias canciones, hiciera subir al escenario a dos niñas para cantar una canción propia de Barrio Sésamo ("Si tuviera un euro con cincuenta...") y se pasase todo el concierto bebiendo cerveza u otra cosa semejante en envoltorio de lata (con desparrame de espuma sobre el escenario incluido). Añádanse continuas referencia a la charla continua y molesta que buena parte de los "morentianos" practicaba como si estuviese (lo estaba de facto) en una botellona. Asistiéndole toda la razón frente a la horda de energúmenos que despreciaba solemnemente a quienes también habíamos ido a disfrutar con Changó, el argentino se deslizó en algún momento hacia el terreno lodoso del insulto. También abusó de alusiones a Morente, para quien él -decía con sarcasmo- había llenado el auditorio. Tanta insistencia revelaba que el propio Changó era (¿dolorosamente?) consciente de que buena parte del público soportaba su espectáculo como un pesado trámite administrativo. En honor de la verdad, Changó estuvo bien, pero podría haber brillado, pese a la garrulería reinante y la sombra alargada del cantaor. En cuanto a Morente, más de lo mismo: bueno con sus cantaores (el niño Morente aún debe crecer mucho) y bailaores (dos demasiado estirados y el tercero, primo del niño Morente, según se dijo, desaliñado en algunos movimientos). Por otra parte, Morente acoge en su espectáculo la música de Lagartija Nick, lo cual, para mi gusto, desdibuja absolutamente su propia voz y el sentido general del espectáculo, que comienza con cantares acompañados sólo de palmas y baile y acaba como la madrugada del sábado en una discoteca de Levante. A Morente le gusta demasiado el espectáculo grandioso, lluvia de luces y tormenta de decibelios. Tampoco la poesía (Alberti, Lorca...) puede ser cantada con solvencia por cualquiera, por muy maestro que sea (que en lo suyo Morente lo es, pero, ¿qué es lo suyo?) y por mucho que los incondicionales lo arroparan con "olés" desde el mismo momento en que el maestro abría la boca. Y el olé, bien lo saben los duchos en el flamenco, debe despacharse con parsimonia, en sus momentos precisos. Lo demás es armar ruido. El mismo que no dejó escuchar la voz de Changó.
(Fotografía: Andy Changó. Fuente: www.lafactoriadelritmo.com)

lunes, 21 de julio de 2008

Richard Galliano y Michel Portal


La Mar de Músicas, el festival veraniego de Cartagena, está que rompe. Este año, dedicado a Francia, figuras como Camille o Ute Lemper ya han pasado por sus escenarios. Ayer, al filo de la medianoche, asistí a un precioso concierto, memorable como pocos, de Richard Galiano y Michel Portal. Acordeón (Galiano, dicen, es el mejor del mundo) y clarinete, clarinete bajo, bandoneón y saxofón soprano (Portal, inabarcable). Ritmos de jazz y tango (en el aire Piazzolla). El marco, para arrebatos místicos: las ruinas de la catedral vieja de Cartagena, muros y columnas sosteniendo la bóveda celeste. Delicias del verano.

(Foto: Galiano en el XLII Festival de Jazz de San Sebastián)

viernes, 18 de julio de 2008

Segundas veces suelen ser mejores

Julio pasea sus hechuras altanero, sabedor de que posee la luna llena más hermosa del año. Aquí abajo otros hacemos lo que podemos, algo ceñudos ya ante la contrariedad de saber que julio galopa y galopa, y luego galopará a su lomo agosto, que es mes que galopa como pocos. No es que me gusten los ardores estivales (algunos calores, sí), pero detesto saber que esa migaja de tiempo de que ahora disfrutamos se la llevará en vuelo un gorrión en las postrimerías de agosto. Pero en verad, yo quería hablaros de un libro. Releo con deleite Paradoja del interventor, la novela imprescindible de Gonzalo Hidalgo Bayal. Si en la primera lectura ya disfruté con la bajada a los infiernos del protagonista, ahora me admira sobremanera la peripecia de ese hombre sin pasado, cuya vida comienza a los ojos del lector en el momento en que baja de un tren y penetra en una sórdida cantina en una sórdida estación. Sin pasado, pero con un futuro inmediato desolador, en caída permamente hacia la anulación de lo que fue (¿fue algo más que el interventor, trasunto de quien busca en sí mismo la identidad que no encuentra?), atrapado en una ciudad cuyos habitantes caminan entre el surrealismo y la presencia fantasmagórica. Beckett y Kafka juntos. Recomendable siempre este libro, que, para más atractivo, está espléndidamente escrito.

miércoles, 16 de julio de 2008

Internet en compañía no deseada

Los puntos públicos de internet, como los viejos locutorios de teléfono (ahora más activos que nunca, por mor de la inmigración), son el lugar menos idóneo para escribir una entrada decente en un blog. No porque uno pretenda dejar sobre el tapiz arduas elucubraciones o solemnes proclamas con tufo intelectual, sino, simple y llanamente, porque el vecino de la izquierda escribe en su ordenador con la mitad de su cara asomando sobre el mío por encima de una tabla pintarrajeada que, en teoría, debe procurarnos a los dos la misma intimidad (la misma, claro, la mía), mientras el sujeto de la derecha habla por el móvil como si lo hiciera por un vaso de yogourt instalado al final de un cordel. Yo sólo quería saludaros, en una mañana que no regala precisamente "nubes imperceptibles del estío"... Feliz día a las Cármenes blogeras.

jueves, 10 de julio de 2008

Al ralentí


Estimados amigos, por razones de apartamiento e indolencia propia de estas fechas, el Baile de los silenos permanecerá las próximas semanas al ralentí. Mi acceso a la red estará mucho más limitado, aunque intentaré dejarme ver de cuando en cuando. Prometo que mis entradas durante este tiempo serán livianas, ligeras como las nubes casi imperceptibles del estío. Abrazos y besos para todos.

miércoles, 9 de julio de 2008

Otra vez el verano, otra vez Julián Ayesta


Este verano ya anda derecho, lo cual se aprecia en la frecuencia con que el lector de bitácoras se topa con estampas estivales teñidas de azul insobornable o cruzadas por el vuelo de los vencejos. Yo mismo he sucumbido a los recuerdos de los veranos de antaño, cuando era un escolar al que las mangas del mundo le quedaban bien largas. Y hoy vuelvo a ello, pero esta vez para recordar un libro, que leí hace años por indicación de un amigo, J. M. Benítez Ariza. Libro breve, de apenas una sentada, que se vuelve todo él una hermosa evocación de los olores, los colores y las músicas del verano: Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta (1919-1996). Nacido en Asturias, licenciado en Filosofía y Letras y diplomático de carrera, Ayesta es autor de algunas obras teatrales y de esta única novela, que ya tiene su lugar entre las perlas únicas de la literatura española. Siete escenas, entre verano, invierno y otra vez verano, claves en el despertar al amor de un niño de clase alta durante sus vacaciones en Gijón. He aquí las líneas que principian el relato, bocado que espero incite a leer el resto: El dulce de guinda brillaba rojísimo entre las avispas amarillas y negras y el viento removía las ramas de los robles y las machas del sol corrían sobre el musgo, sobre la hierba suave y húmeda y sobre la cara de los invitados y de las Mujeres y los Hombres, que estaban fumando y riéndose todos a un tiempo. Y brillaban también las copas azules para el Marie Brizard y los cubiertos de postre. Y los lunares de luz -los grandes persiguiendo a los pequeños- corrían sobre el mantel lleno de manchas moradas de vino y migas. Y por las tardes había corrida y los hombres tenían la cara y las mejillas y las narices brillantes. Y también brillaba el café, tan negro con cenizas de puro rodeando la taza...

Helena o el mar del verano apareció en 1952 en la editorial de la revista Ínsula,
del mismo nombre. En la fotografía la portada de la edición de Sirmio de 1987.

lunes, 7 de julio de 2008

Viajar para contarlo


Siempre me gustaron los libros de viajes, mas no tanto los que relatan las vicisitudes de los viajeros-autores contemporáneos, cuanto aquellos que descubren, ya desde la Antigüedad, los misterios de mares recién surcados, islas a la deriva y tierras inhóspitas, desacostumbradas a la llegada de extranjeros. Si bien la Odisea y la Eneida son magníficos libros de aventuras en torno a un viaje, no le va a la zaga el relato de las penalidades y glorias de Jasón y los Argonautas, tan amenamente contado por la pluma de Apolonio de Rodas. O las del pobre Lucio en el Asno de Oro de Apuleyo, castigado a penar por su desmedida curiosidad. A buen seguro el lector añadirá los libros de viajes medievales, ya sea a través de los sueños y apariciones milagrosos de monjes y peregrinos, ya a través de esas aparatosas incursiones en Oriente que eran las cruzadas. O quizás el libro maravilloso de Marco Polo, o el diario de Cristóbal Colón, espejos magnificados de los paraísos del Kublai Kan y de las ignotas tierras del Nuevo Mundo. O la tradición anglosajona de literatura de viajes, tan fecunda en el siglo XIX. Pero lo importante de estos viajeros (y es lo que agradecemos los lectores, los de ayer y los de hoy) es su compromiso posterior con la tradición. Lo de menos es que agrandaran sus gestas o minimizaran sus temores e infortunios, o que imaginaran más de lo vivido o vivieran menos de lo narrado: lo importante es que su invitación a los lectores a visitar con ellos lugares remotos en circunstancias a menudo extraordinarias suponía y sigue suponiendo un regalo, un goce para los sentidos estimulados por la imaginación. En el mosaico de temas y estampas literarias que son las Vidas Paralelas de Javier Mina (lectura cuya enjundia hará las delicias de muchos), he hallado este fragmento, que cierra magistralmente mi entrada: Puede que vivir consista también en viajar, pero una cosa es segura, los viajes tienen la capacidad de concentrar la vida en un corto lapso de tiempo. Viajando se vive más deprisa. Sobre todo cuando el viaje lo organiza ese tour operator que es el fabricante de relatos cuya pericia consiste en eso, en meter la vida en un buen paquete turístico. Semejante estado de cosas viene sucediendo desde que un tal Homero creyó oportuno hacer que regresara a su hogar de Ítaca cierto individuo llamado Odiseo, que además era fecundo en ardides. Enfrentándolo a dificultades sin cuento hará que el pobre héroe se gane la vida de Ítaca en la vida de regreso a Ítaca. Un regreso que no sería sino el espejo cóncavo y resumido de todos sus días en este mundo, por cuanto sus días fueron lucha. Desde entonces se sabe igualmente que volver significa contarlo.

jueves, 3 de julio de 2008

El último crotoniata es el primero entre los restantes griegos


Míscelo era griego y jorobado. Quiso un oráculo divino hacerle el honor de un encargo principal y lo envió a fundar una ciudad en la región de Calabria, en el sur de Italia, la llamada Magna Grecia. Al conocer la ciudad de Síbaris, que tomaba su nombre de un río vecino, Míscelo debió de sentir envidia fundacional (un mal que entonces aquejaba a varones escogidos), pues cuentan que se presentó de nuevo ante el oráculo pidiéndole explicaciones de por qué no había tenido él la ocasión de fundar Síbaris. El oráculo le espetó: "Míscelo, de espalda corta, aprueba y agradece el hogar que se te encomienda". El hombre regresó resignado a Italia y fundó la ciudad de Crotona, que, andando el tiempo, habría de convertirse en cuna célebre de atletas. Allí nació, entre otros, el renombrado Milón, tantas veces campeón de lucha. También es digno de memoria el clamor festivo de los crotoniatas cuando siete de los suyos superaron a todos los demás participantes en unas olimpiadas. No imaginaba el jorobado respondón esta gloria postrera.

martes, 1 de julio de 2008

Evocaciones (3): Otros veranos


Gordos los caracoles, frescos los higos, helado de turrón y vainilla en el carro del heladero. Las voces se colaban por las ventanas abiertas del colegio a lomos de los vencejos que aleteaban en el aire azul de junio. La pizarra aclaraba entonces su negrura, desdibujando la lección del día, y reflejaba la imagen de la calle: el montón de pequeñas conchas en espiral sobre los capachos, la piel rugosa y moteada de los higos sin pelar y la paleta de colores apetecibles en el fondo de la nevera del heladero. Aún restaban algunos días para terminar el curso. Quedaban los certámenes repetidos cada año y la fotografía de promoción en la mesa del maestro, donde uno a uno colocábamos la mano derecha extendida, la palma abierta, sobre un grueso volumen de la Historia Medieval de España. Próxima la hora de la salida, el vendedor de higos se apostaba en la puerta del colegio con su motocicleta polvorienta. Mientras aguardaba el timbre, pelaba los higos con su navaja de mango nacarado: un corte en redondo arriba, un corte en redondo abajo y un corte vertical de arriba abajo, y la piel se abría como una flor ofreciendo el fruto desnudo. Los amontonaba en una pequeña espuerta, tres, ocho, una docena: el cálculo aproximado de la venta inmediata. De vez en cuando se comía uno por probarlo, por aliviar la sed o por ganarse la confianza de nuestras madres demostrando la buena calidad de su producto. Cuando sonaba el timbre, salíamos del colegio a toda prisa y nos agolpábamos junto a la motocicleta, pugnando por comprar el higo más gordo, el más dulce regalo preludio del verano.