sábado, 20 de diciembre de 2008

Los miedos de la infancia: Una cosa mala


Una cosa mala. Juana, el Tuerto, el hijo de una hermana de Rosario que murió moro y otros niños que se fueron muriendo porque nacieron contrahechos. Fuera de la casa, en otros mundos lejanos cuyo reflejo incierto nos llegaba a través del televisor y la radio, la gente se moría de hambre, de frío, por apuñalamiento vil o de un tiro de escopeta sin más testigo que un tenebroso acebuche. También había muertes ajenas en los relatos vespertinos de las mujeres, o en las noticias de escalofrío de algún hombre que regresaba del trabajo. Pero dentro de la casa todas las muertes acontecían por culpa de una cosa mala. La muerte podía revestirse de mil maneras diferentes y adoptar los más variados colores, pero si nacía en las entrañas, si crecía desde dentro hacia afuera y se asomaba al mundo por el cristal de los ojos, por los poros de la piel, por las oquedades de la boca, la nariz o el ano, ¿de qué otra forma más sencilla y a la vez más inquietante podía llamarse sino cosa mala? Yo no sabía, de niño que era, que aquella cosa mala ya amontonaba cadáveres cinco siglos antes.
(El triunfo de la muerte, de Pieter Bruegel, El Viejo. Museo del Prado)

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

También yo he recibido siempre esa impresión de la muerte como cosa mala, y no había cosa tan mala como la muerte. La edad adulta nos hace comprender que no es exactamente así que, a veces, esa cosa mala es lo mejor que nos puede ocurrir.
Aunque suene extraño con este tema, te deseo unas fiestas muy felices.

Mega dijo...

Y qué dura la vida en tiempos de guerra, cuando los medicamentos no circulan y no hay modo humano de hacer frente a la cosa mala.

Celebremos, mejor, la vida.
Felices fiestas a ambos

Triana dijo...

Siempre, siempre cosa mala y mas mala cuando la sentencia viene ya impresa en los genes... cuantas he visto en mis 30 años de enfermera pediátrica.
Magnifico Antonio.
Un abrazo fuerte.