domingo, 16 de noviembre de 2008

Tríada dominical (3) : Silvia Ugidos, Carmela Greciet, Ángel Olgoso


A petición de una amiga escritora, Ángeles Prieto Barba,* dejo aquí esta tríada en torno a Ulises y Troya. Perlas para disfrutar en esta mañana radiante de domingo, ya refundado (tan pronto, tan fácil, tan guapos...) el capitalismo.

1. SILVIA UGIDOS

CIRCE ESGRIME UN ARGUMENTO

Si regresas, Ulises,
encontrarás allí en Ítaca una mujer cobarde:
Penélope ojerosa
que afanosa y sin saberlo
le teje y le desteje una mortaja
al amor. Ella pretende
aferrarse y aferrarnos a lo eterno.
Si regresas
hacia un destino más infame aún
que éste que yo te ofrezco
avanzas si vuelves a su encuentro.
Más enemigo del amor y de la vida
que mis venenos
es vuestro matrimonio, vil encierro.

Quédate, Ulises: sé un cerdo.


2. CARMELA GRECIET

SIRENA EN SILLA DE RUEDAS


La sirena pidió a los servicios sociales que la llevaran tierra adentro porque iba a surcar los mares el atractivo, astuto, fecundo en ardides, saqueador y felizmente casado Ulises.

Algunos días de sol la llevan al parque, donde se la puede ver con su hermoso pelo suelto, leyendo a Joyce junto al estanque. Lleva una mantita de cuadros sobre -la que dicen es- su majestuosa cola plateada, y ya nunca nunca canta.


3. ÁNGEL OLGOSO

TESOROS

Hoy, como otras veces, salvé las siete esclusas de seguridad, evité los guardianes y las alarmas y descendí hasta el tercer nivel del subsuelo con mi saco vacío a la espalda. Ahí estaba el tesoro de Troya (copas de oro, collares y diademas engarzadas, hachas-martillo, máscaras de plata y lapislázuli), la Quimera etrusca de Arezzo, la cabeza de alabastro traslúcido de la reina de Saba, el tesoro de Atila y el de Jabhur Jan, las dos puertas de Ubar engalanadas cuatro mil años antes con las más preciadas joyas y metales, ahí estaban reunidas, en largas y ordenadas hileras, todas las grandes maravillas de la antigüedad: fruslerías. Pasé de largo. Me adentré en la sala que reproducía, invertida, una cúpula gigantesca. A la luz de los hachones, mientras me punzaba una extraña mezcla de miedo y alegría, contemplé de nuevo el más espléndido de los tesoros, vedado al común de los mortales. Cualquiera podría matar o morir por esa visión gloriosa, por esa plétora, por esa infinita cornucopia oculta en el silencio de las profundidades. Amontonadas escrupulosamente como lingotes idénticos, me esperaban, llenas de promesas, incólumes, las Horas Perdidas. Abrí la boca del saco.

* Dejo para una próxima entrada un relato de Ángeles, con algunos mimbres biográficos. Pintura: Ulises y las Sirenas, de Herbert Draper.

5 comentarios:

Juan Antonio, el.profe dijo...

Muy buenos los tres, Antonio. El final del poema, soberbio.

Triana dijo...

Absolutamente magnificos, coincido con Juan Antonio, el final del poema, lo que mas me ha gustado.

Un abrazo.

Lauren Mendinueta dijo...

El que más me gustó fue el poema de Silvia Ugidos. Muy buena selección.

Herman dijo...

Maravillosa selección, Antonio. Qué bueno todo. Y Olgoso fulgurante, como siempre.

Mega dijo...

Estupenda tríada, Antonio. Una vez más, nos lo pones muy difícil a la hora de escoger...

Besos