sábado, 29 de noviembre de 2008

Evocaciones (7): Pepita la Muda


La primera vez que Pepita la Muda vio un espectáculo de cante jondo en compañía de su último novio, apodado el Tuerto, regresó a la casa con nueva luz en los ojos y un nudo de ayes en la garganta. Catalina, vecina de corredor, fue la primera en advertir la largura de su mirada, que rebotaba en las paredes del patio, ascendía por el hueco celeste y se estrellaba contra el cielo pálido. Temió que la Muda estuviese embarazada, a su edad, mas pronto se inclinó por la pena de otro desvarío amoroso. Cuando le preguntó por su pesar, la Muda apretó los ojos, redondeó la boca y su rostro ovalado, de blanco lunar, comenzó a volverse cárdeno. Como Catalina no sabía qué hacer en semejante trance, temiendo que la Muda se le muriese allí mismo, requirió el auxilio de las demás mujeres. Luego de indagar en las últimas andanzas de la Muda, el diagnóstico fue tajante: se había tragado varios cantes dolorosos que pugnaban por salir y no hallaban el trampolín del quejío.
(En la foto, Pericón de Cádiz al cante)

11 comentarios:

Olga B. dijo...

Durísimo diagnóstico. Y más común de lo que parece, ese atragantamiento de cantes dolorosos. Pero que le pase a una mudita con el cante jondo... el "nudo de ayes en la garganta" tiene muy difícil remedio. Su imagen aprentando los ojos, redondeando la boca, es la de la impotencia.
Muy bueno, Antonio.
Un beso.

Mega dijo...

Y es que me da en la nariz que Pepita hubiera sido una cantante asombrosa. De verdadero mérito.

¡Ay que mal reparte Dios!

Cristina Monteoliva dijo...

Muy bueno, pobre Pepita!
Saludos,

Cristina Monteoliva
www.labibliotecaimaginaria.es
www.elviajeimaginario.obolog.com

adu1 dijo...

¡Desde luego, Mega!
Hay quien, sin ser ni mudo ni manco, siente, a menudo, esa impotencia. La desmaña de la garganta, la torpeza de las manos para las palmitas sordas.
Siempre nos queda el oído, y disimular con un precario balanceo corporal.

Abrazo encorajinao
Ángel

Antonio Serrano Cueto dijo...

Gracias, Olga y Mega. Y bienvenida, Cristina.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Yo, por ejemplo, Ángel, pues siempre envidié a los cantaores de jondo. Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

Me dejas sin palabras. Qué terrible es no poder expresar lo que se lleva dentro. Besos.

Angeles Prieto dijo...

Muy bueno ese relato, Antonio, a Fernando Quiñones le hubiera gustado.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Gracias, Isabel, por tus visitas y comentarios. Y gracias y bienvenida, Ángeles. Sí, seguro que a Quiñones este personaje le hubiera gustado.
Besos.

Angeles dijo...

Aprovecho para recomendar a los lectores del blog el cuento de Quiñones que recordé gracias a este corto tuyo: "El testigo", versión flamenca que hizo Fernando del clásico de Cortázar "El perseguidor". Quiñones tuvo la osadía de sustituir al jazz y a Bird por un cantaor de flamenco muy mal encarao, "Miguel er pantalón", creo recordar. Sólo que el relato de Fernando es bastante más breve que el de Cortázar, y el tuyo, Antonio, más corto aún que el de Quiñones. Signo de los tiempos buscar la síntesis, aunque los 3 relatos apuntan a lo mismo: recogen esa esencia inefable de la música que busca, como el amor, un imposible, un quiero y no llego, pero lo debo intentar. Angeles

Marco Valerio Corvo dijo...

Comprendo perfectamente a la muda. A mi me pasa un tanto de lo mismo. Vendería parte de mi alma por saber cantar. Los cantos pugnan por salir, pero no salen, so pena de que lluevan rayos y centellas o como dicen los anglos: "gatos y perros".
Pero bueno, también podemos disfrutar escuchando. Ayer estuvimos en Jeréz, por ejemplo, esa grandísima desconocida, para nosotros al menos, y gozamos de una zambomba ......

besos.