domingo, 19 de octubre de 2008

Evocaciones (5): La muerte espaciada de Juana


Juana empezó a morirse regando los geranios del pasillo. Su vecina Isabel, que había visto a otros morirse así, en el lapso de un trance cuyo principio y fin no coincidían en el espacio, sentenció: A veces el cuerpo arrastra la muerte unos metros, como si, por alguna oculta razón, no quisiera morirse en el lugar primero. En efecto, Juana se quedó quieta un instante, con la regadera suspendida y el chorro de agua mojándole las babuchas de paño, y acabó de morirse pasado el parterre de las hortensias. La hallaron tendida sobre un charco de agua que se extendía a lo ancho del pasillo y se colaba por debajo de la barandilla donde colgaban los tiestos, para luego caer en cascada de gotas sobre el suelo del patio. No era agua corriente de riego como otras veces. No olía a tierra húmeda ni arrastraba granos de tierra negra; tampoco flotaban sobre las baldosas pétalos desgajados camino del sumidero. Era un agua tibia, ligeramente azulada, como la piel empapada de la difunta, que había empezado a decolorarse.

6 comentarios:

Antonio Cardiel dijo...

Antonio, yo creo que a la inmensa mayoría de los mortales nos gustaría morir así, regando las plantas del balcón y después de dar dos o tres pasos vacilantes y perplejos.
Un saludo.

Betty B. dijo...

Ese misterio ligeramente azulado del final es lo que queda después de leerlo. Un no sé qué (que quedan balbuciendo).
Saludos, Antonio.

Mega dijo...

La vida que se escurre como agua.

Muy sentido, Antonio.
Un abrazo

Isabel Romana dijo...

Una muerte que parece dulce. ¿Alguien probó el sabor del agua? Saludos cordiales.

Triana dijo...

Llegar así al final con la vista en tus flores favoritas y fundiendose en agua...

Magnifico micro Antonio.


Un abrazo.

Herman dijo...

Hay mucha sutileza en este relato. Has logrado que la muerte no se sienta como algo terrible.
Un saludo afectuoso.