sábado, 25 de octubre de 2008

El león marino


Cuando los barcos se acercan navegando a la Costa de la Luz, los dioses aplanan sus cascos para evitar que encallen en los bajíos de cristal. Celosos de tan sublime creación, no permiten que nada la mancille. Arenas blancas, aguas de anchuroso horizonte, calas de espejeante redondez, peces que ambicionan el sol de las terrazas, animales terrestres que anhelan el aire del mar… Cuentan los lugareños que en la playa de Bolonia, sobre un lecho rocoso, dormita un león de oscuro pelaje, que sólo es visible en la bajamar de algunas tardes de verano. Acontece el prodigio por la confluencia fortuita de dos fuerzas: un notable empuje de la corriente marina que procede del sur y el cénit anaranjado del crepúsculo. Nadie puede predecir el momento. Por eso al final de cada jornada los niños de la zona montan en sus bicicletas y se dirigen a la playa. Allí, cobijados por la gran duna inquieta, esperan poder ser testigos de un hecho que quizás no lograron ver sus abuelos. Toda su aspiración es nadar desde la costa para encaramarse en su lomo erizado. Hay ancianos que presumen de haberlo logrado en varias ocasiones a lo largo de su vida. Otros, en cambio, murieron y morirán sin haber visto al animal. Desde hace años, el Inglés, un escritor londinense de cierta nombradía, investiga cada verano los hechos. Salvo la marinería de Tarifa y Barbate, nadie como el Inglés conoce las aguas más someras de esta costa. Ha recogido cientos de testimonios orales y algunos escritos, pero su empeño es asistir a uno de esos crepúsculos míticos. Y aunque hay quienes piensan que el león sólo asoma ante la chiquillería, a la hora vespertina el Inglés coge su bicicleta y se une a los niños que acuden a la playa. Desde Inglaterra recibe cada noche la llamada del director de un periódico que espera, ilusionado, dar la exclusiva.

[Envié este relato a un concurso de El Viajero (El País) allá por el mes de mayo, de esos que a veces se convocan para promocionar el turismo en el suelo patrio. Esta vez le tocaba a Andalucía. No gané el premio (si no recuerdo mal, un fin de semana de hotel en un lugar elegido), pero el relato quedó colgado en la web. Hace unos días me topé con él por casualidad. Lo traslado íntegro aquí para conocimiento de los lectores de estos Silenos.]

9 comentarios:

Antonio Azuaga dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Antonio Azuaga dijo...

Pues no sé cómo sería el texto ganador, pero éste desde luego hubiera sido una promoción excelente. En todo caso es de agradecer que lo hayas recuperado para los que disfrutamos del turismo literario en tus Silenos.

Mery dijo...

Con la magia que ya tiene de por sí la playa de Bolonia, el añadido de tu león marino me hace imaginarla sublime (cursi la palabreja, pero no encuentro otra mas apropiada).
Enhorabuena. Un abrazo de domingo

Triana dijo...

Quienes como yo conocemos bien ese lugar de la costa de Cadiz a la que necesito volver y volver desde que cuando era niña llegaba cada verano con mis hermanos y mis padres, sabemos de la belleza increible de La Bolonia, el relato mágnifico.

Por que me ha encantado y por lo que significa ese lugar (sobre todo sus puestas de sol y sus amaneceres)para mí, te pido permiso para llevarmelo.

Un abrazo.

Triana

Betty B. dijo...

Ese Inglés merecería ver el león marino. Una pena que ya no se lleven las historias con final feliz y beso (aunque lo del beso tal vez fuera excesivo).
Me ha gustado mucho.
Saludos, Antonio.

Herman dijo...

Altamente refinada y evocadora tu narración, Antonio. Felicidades.

Isabel dijo...

No conozco el relato ganador, pero bien podría haber sido el tuyo. Me ha gustado lo poético y misterioso en él, algo que le viene muy bien al lugar, tal como lo recuerdo bastante salvaje.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Gracias, amigos, por vuestros amables comentarios. Y especialmente a ti, Triana, por difundir mis relatos en tu blog.
Un abrazo.

Isabel Romana dijo...

El texto bien merecía un premio, y en cierto modo lo recibimos tus lectores, pues hemos podido llegar a leerlo. Me parece muy bello y evocador. El mar, la playa, tiene siempre ese algo mítico, esos crepúsculos dorados de emoción. Besos, querido amigo.