martes, 1 de julio de 2008

Evocaciones (3): Otros veranos


Gordos los caracoles, frescos los higos, helado de turrón y vainilla en el carro del heladero. Las voces se colaban por las ventanas abiertas del colegio a lomos de los vencejos que aleteaban en el aire azul de junio. La pizarra aclaraba entonces su negrura, desdibujando la lección del día, y reflejaba la imagen de la calle: el montón de pequeñas conchas en espiral sobre los capachos, la piel rugosa y moteada de los higos sin pelar y la paleta de colores apetecibles en el fondo de la nevera del heladero. Aún restaban algunos días para terminar el curso. Quedaban los certámenes repetidos cada año y la fotografía de promoción en la mesa del maestro, donde uno a uno colocábamos la mano derecha extendida, la palma abierta, sobre un grueso volumen de la Historia Medieval de España. Próxima la hora de la salida, el vendedor de higos se apostaba en la puerta del colegio con su motocicleta polvorienta. Mientras aguardaba el timbre, pelaba los higos con su navaja de mango nacarado: un corte en redondo arriba, un corte en redondo abajo y un corte vertical de arriba abajo, y la piel se abría como una flor ofreciendo el fruto desnudo. Los amontonaba en una pequeña espuerta, tres, ocho, una docena: el cálculo aproximado de la venta inmediata. De vez en cuando se comía uno por probarlo, por aliviar la sed o por ganarse la confianza de nuestras madres demostrando la buena calidad de su producto. Cuando sonaba el timbre, salíamos del colegio a toda prisa y nos agolpábamos junto a la motocicleta, pugnando por comprar el higo más gordo, el más dulce regalo preludio del verano.

7 comentarios:

Betty B. dijo...

¡Pero qué dulzura de verano! Qué estampa sin par. Frente a los últimos coletazos del curso y la mano extendida sobre el grueso volumen de Historia Medieval, la llegada del helado de vainilla, esas frutas abiertas y ese timbre que se oye sonar… Un placer de visita, Antonio.
Saludos.

Antonio Cardiel dijo...

Me encanta el verano, el calor, las bebidas heladas, el mar y el salitre, la montaña y la sombra de un gran árbol... Y esos higos chumbos que tan bien describes y que no se dan en estas latitudes cercanas a los Pirineos pero que también me traen recuerdos de veranos pasados en Almería y Granada.

Mega dijo...

Estupenda la descripción de un verano que estalla en forma de higos dulcísimos.

Un saludo

Antonio Azuaga dijo...

¡Qué bella evocación, Antonio! ¡Qué sensual, rigurosamente “estético”, latigazo en el paladar de la memoria infantil! Años príncipes en que todo es descubrimiento y todo tiene un olor, un sabor, un tacto que no vuelve a tener nunca, aunque luego nos pasamos la vida confiando en su reencuentro. Y no ocurre. Sólo a veces, en un relámpago de distracción, algo parece oler igual, saber igual, rozar parecido. Es entonces cuando algunos pensamos que la vida es la intención del recuerdo por seguir siendo esperanza.
Un saludo.

Mery dijo...

Seguramente cada vez que llegue a ti el olor de una higuera, o que suene un timbre, volverás a ser el niño que salía de aquel aula.
Bellísimo.

Juan Antonio, el.profe dijo...

Qué recuerdos has destapado con esta entrada. Creo poder oler y hasta degustar aquellos higos en mi pueblo, antes de abandonarlo a los once años para venir a la capital. El caudal de vida que se acumula en la infancia nos moldea y nos acompaña para siempre. Enhorabuena, Antonio.

Marco Valerio Corvo dijo...

Me encanta las chumberas o tuneras, como dibujan esas gráciles vallas en el paisaje. Y pensar que esta planta tan arrigada y cercana a nosotros nos vino de México. Cicerón nunca las vió. Ni Séneca.
El escrito es magnífico. Solo me ponen los pelos de punta la alusión a los gordos caracoles. Y no es que tenga nada en contra de que un animal se coma a otro. Es ley de vida, y el tiempo a la vez, ya decíamos nos come a todos. Pero eso de hacerlos hervir poquito a poco, a fuego lento, hasta el punto de que a veces vuelquen en su horrororísima agonía, la tapa de la olla para intentar escapar a la tortura atroz, representa un sadismo innecesario, del cual solo es capaz el ser humano.
El otro día compramos veinte bolsas, y los liberamos en los cañaverales, a muchos de ellos se los comerá el tiempo o cualquier otro bicho, pero al menos no sentiran la mas horripilante de las muertes, a la que eran destinados.