domingo, 29 de junio de 2008

Cicerón, de Anthony Everitt


El género de la biografía nunca ha sido del gusto del común de los lectores, quizás porque su materia, a priori, es muy limitada: se circunscribe a la vida de/la biografiado/a, y si fulano o fulana no nos interesan, para nada habrá de interesarnos ese libro. Sucede al mismo tiempo que la biografía presenta contornos poco definidos como género, pues no pocas veces se identifica con la historia y hasta con el ensayo, lo que la convierte, a los ojos de muchos lectores, en literatura de especialista (minoritaria, por tanto). Sin embargo, cada vez son más las biografías que rompen estos moldes, bien porque el tratamiento de la vida del biografiado no sea más que el centro de una onda expansiva que alcanza a múltiples aspectos históricos, sociales y culturales concernientes a su tiempo; bien porque el estilo de las biografía sea sencillo, vivaz y la narración presente, en algunos casos, hasta mimbres literarios. En España Manuel Fernández Álvarez (Carlos V, Felipe II, Juana la Loca...) es el mayor exponente de este tipo de biografías, rigurosas en el fondo y atractivas en la forma. Fuera de España destacan los biógrafos ingleses, sobre todo si se trata de personajes de la historia antigua. Muchos de estos autores son profesores egresados de Oxford o Cambridge que poseen un extraordinario conocimiento de los textos clásicos, que les sirven de fuente de manera certera. Entre ellos se cuenta, Anthony Everitt, cuyo Cicerón (Edhasa) acabo de leer. Casi quinientas páginas que narran con un estilo sobrio y preciso el ascenso y caída del célebre orador: sus aciertos y errores políticos, sus afectos y desafectos (familia, amigos...), su defensa constante de unos ideales al servicio de la República y la paz. Everitt traza con maestría lo más difícil en un libro de este tipo: el tapiz de las relaciones personales en el marco de acontecimientos históricos de primer orden. Son magníficas, por ejemplo, las páginas que dedica a la gestación del ambiente que habría de conducir a la guerra civil entre César y Pompeyo. Ahí Cicerón se mueve entre dos aguas, con titubeos, y elige finalmente el bando pompeyano, el perdedor. Se trata, en suma, de una lectura aconsejable no sólo para quienes sentimos especial amor por el mundo clásico, sino también para cualquier lector que desee adentrarse en uno de los momentos históricos claves de la Antigüedad: la agonía de la República romana y el alumbramiento del poder unipersonal.

4 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Gracias por la recomendación y...
¡qué partidazo!

Antonio Azuaga dijo...

Curiosamente, el género de la biografía debería ser el de más alto interés humano: la única forma que tenemos de saber sobre el ser del hombre es a través de la narración de su vida. Sé que otra vez resuena la voz de Ortega en lo que digo, pero es que es verdad. Resulta por lo menos sorprendente que la ficción literaria, la novela, sea de más popular acogida. Si no interpreto mal, ello quiere decir que nos atrae más el no-ser que el ser. Al final va a tener razón Heidegger.
Bueno, esto es una “chorrada” de reflexión de la que tiene la culpa el principio de tu entrada. Así que, yendo al grano, te agradezco la sugerencia biográfica que nos haces. Sobre el partido, opino lo mismo que Enrique Baltanás.
Un saludo.

Isabel Romana dijo...

A mi me gustan mucho las biografías. Me interesa la vida de las personas y, en particular, las de los grandes personajes. Hay vidas mucho más apasionantes que cualquier novela, desde luego. Cicerón es uno de esos personajes difíciles de comprender (en mi opinión, claro), y creo que Everitt ha hecho un gran trabajo. Saludos cordiales.

Mery dijo...

Pues ciertamente las biografías son interesantes en grado sumo, y si están bien escritas, bien orientadas, bien traducidas también, deberían ser de lectura obligatoria.
Gracias por la recomendación.