jueves, 22 de mayo de 2008

El desayuno y León Felipe

No quiere uno oír (y mucho menos escuchar) las conversaciones ajenas, pero hete aquí que en estos lares es imposible que el convecino de autobús, calle o cafetería hable sólo para sí y los suyos. Y no me refiero ahora a los móviles, ese artefacto que ha descorrido las cortinas de la intimidad de tantas personas. Viene a cuento esta entrada porque esta mañana, mientras desayunaba en una terraza y hacía hercúleos esfuerzos por leer el periódico en medio de la turbamulta de la calle, cuatro señoras hablaban amigablemente sobre libros y lecturas. Tenían ese aire desinflado que tienen las madres que acaban de dejar en el colegio a sus hijos y, por tanto, cumplido el primer trecho estresante del día. Estaban a tan sólo dos metros de mi mesa, pero ello no era excusa para que la nave de la conversación arribara a la orilla de mi taza de café. "Pues yo me leí el primero de Zafón y me encantó. Y este verano voy a por el nuevo.", decía la que parecía más joven. "Ay, pues a mí el Zafón ese no creo que me guste, por lo que he oído", añadía una mujer que me daba la espalda. Y antes de que la primera reaccionara ante el rechazo apriorístico que su amiga hacía del susodicho autor, una tercera, que estaba justo frente a mí, mujer muy hermosa que se reía compulsivamente entre bocado y bocado de una enorme tostada con mermelada, intervino: "¿Os acordáis de las lecturas del instituto, que eran obligatorias? Yo os digo una cosa, algunos libros eran un tostón, como ese de La colmena, que lo empecé varias veces y no hubo manera". La cuarta mujer, que había permanecido callada, cerró la ronda diciendo que a ella siempre le había gustado la lectura, pero desde que tuvo a su Miguelito no encontraba el momento... "Mujer, por la noche, cuando está en la cama", sugirió alguna. "Por las noches, como tú dices, detrás de Miguelito vamos el padre y yo destrozados. Para libros estamos a esa hora. Si tenemos que hacer un esfuerzo para..." Todas rieron. "¿Por cierto, vais a ir a la Feria del Libro?", preguntó la madre del tal Miguelito. "Creo que terminó el domingo pasado", respondió la más joven. "Lo sé porque la hija de mi vecino leía un cuento el último día." Las cuatro coincidieron en que se les había pasado un año más la Feria del Libro.
Este inesperado (e involuntario, lo juro por Don Quijote) encuentro con las damas lectoras me recordó una pregunta que ya se hizo (y respondióse) hace décadas León Felipe: "Pero, ¿por qué habla tan alto el español?" Dejo aquí fragmentos de su respuesta, toda una disculpa de este defecto tan nuestro:

Este tono levantado del español es un defecto viejo ya, de raza. Viejo e incurable. Es una enfermedad crónica. Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe. La primera fue cuando descubrimos el Continente y fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! [...] La segunda fue cuando salió por el mundo grotescamente vestido, con una lanza rota y con una visera de papel, aquel estrafalario de La Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! [...] El otro grito es más reciente. Yo estuve en el coro. Aún tengo la voz parda por la ronquera. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, el año 1936, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo! [...] El español habla desde el nivel exacto del hombre, y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo.
(De libro Ganarás la luz)

4 comentarios:

Apostillas literarias dijo...

Desconocía la pregunta y la respuesta de León Felipe, es digna de él, bella.

Los mexicanos también somos gritones para hablar, pero sobre todo los que viven en las zonas costeras que hasta se hablan de banqueta a banqueta y se cuentan las novedades del día.

Es cierto lo que comentas referente a que aunque uno no quiera escuchar conversaciones ajenas, muchas veces es inevitable. Y en ocasiones hasta dan ganas de participar en ellas, cuando son interesantes.

Mery dijo...

Siempre compruebo que las historias de la calle tienen mucho trasfondo. La situación de tu desayuno en la terracita lo demuestra una vez mas. Inevitablemente te sacan de tu mundo para entrar en otro ajeno, y, después, surgen las meditaciones inevitables. La respuesta de León Felipe es brillante.Quizá le haya faltado alguna vez mas en que el español tuviera que hablar bien alto, pero no seré yo quien le ponga faltas.
Un placer

Víctor González dijo...

En lo cotidiano está la esencia.
Libros del insti por cumplir, Zafón o no por cumplir, sesayuno jiji jaja por cumplir, la feria del libro por cumplir, antes de dormir... por cumplir, a gritos para figurar y por cumplir. Creo que lo único sincero era la mermelada, ¿o era también por cumplir con ella misma?
Otra pieza deliciosa.
Saludos.

Juan Antonio, el.profe dijo...

Algunas opiniones de las mamás son perfectamente compartibles. Por ejemplo, que La colmena suele ser un tostón (al menos, en edades escolares). Y León Felipe, brillante, en esa explicación entre real y mítica.