viernes, 18 de abril de 2008

Rigobertita

A la joven limeña que vino a Cádiz en busca de papeles y se encontró con un bulo

Hipólito Castro siempre mantuvo que su madre no vino al mundo para vender La farola en la boca del metro de Callao, que el destino había torcido los anhelos primeros de aquella niña que jugaba con el abuelo Gumersindo en las calles enlodadas del barrio limeño. Rigobertita soñaba con ser la cantante pelirroja que animaba las postales del viejo trapero. Soñaba con ser cantante antes de ser madre y antes de que el Guijo la meneara en un descampado. Hipólito Castro siempre mantuvo que su madre habría llegado a ser artista de postín, si no se hubiese cruzado en su camino el Guijo, un volatinero que se buscaba los pesos haciendo cabriolas en el aire en el barrio de san Isidro, donde gustaban mucho sus acrobacias de pobre escuchimizado. Hipólito Castro siempre mantuvo que su madre sintió compasión por sus ojos saltones de susto prematuro, y ahí, en esa pena, se le torcieron los sueños. Si vino a España fue por él, que atravesó el Océano en pos de una carrera circense y acabó partiéndose la cabeza en una plaza con niños y palmeras.

4 comentarios:

Mega dijo...

La vida, demasiadas veces, resulta una broma pesada. ¡Cuántos desvelos y absurdos encadenados!

Un saludo

Rafael Lucena dijo...

Hola, Antonio. Me he paseado por tu blog y me parece la mar de interesante. Este texto, literario adrede, tanto en la forma (por la topicalización hecha a partir de la anáfora, por poner un ejemplo), como en el fondo (por la combinación de elementos narratológicos enfocados hacia la intriga, por poner otro), me ha gustado mucho como comienzo de algo del porvenir. Salud, siempre.

Antonio Serrano dijo...

Gracias, Rafael, yo también me paseo por el tuyo. Te pondré entre mis recomendables.

Víctor González dijo...

Impregnado del agridulce ritmo del cono sur. Magnífico.