viernes, 4 de abril de 2008

El prestigio de las Humanidades

En la Universidad española se ha iniciado una reconversión basada en criterios mercantilistas: todo lo que no produce o no crea riqueza inmediata no merece consideración alguna. Los estudios de humanidades están en el centro de la diana de los mandatarios de turno. Por eso viene a cuento esta tribuna que publiqué en La Voz de Cádiz (11/5/2006).
“Las letras no dan para comer. ¡Las letras son colorín, pingajo y hambre!”. Memorable escena: un famélico Max Estrella se queja ante el Ministro de la Gobernación de su condición de poeta menesteroso, sombra infausta de glorias pasadas. Acontecía la entrevista, según el genio valleinclanesco, en un “Madrid absurdo, brillante y hambriento”, allá por la década de los veinte del siglo homónimo. Valle Inclán pasaba el testigo de un descrédito que venía de antiguo, potenciado en gran medida (y paradójicamente) por la propia literatura. Poetas hambrientos, filósofos disparatados y gramáticos en pupilaje pululan por la república literaria de todos los tiempos. Don Quijote es el ejemplo más señero del perjuicio que infligen las letras.
Por desgracia, la rotunda aseveración de Max Estrella goza hoy, más de cien años después, de plena vigencia. Miremos alrededor. Abundan mujeres y hombres de ciencias y no pocos periodistas, ayunos los más de saberes lingüísticos elementales, que divorcian lo humanístico y lo científico, como si el vocablo “ciencia” no incluyera cuanto atañe al ser “humano”. Cuando la investigación universitaria se convierte en noticia, bien sea por sus logros, bien por la situación precaria de los becarios, la televisión y la prensa hurgan en sus archivos en busca de la imagen del investigador de bata blanca, mascarilla y guantes de látex, y rara vez asoma la del historiador o el filólogo atareado en la ardua lectura de un códice. Esta marginación avalora la reputación de los primeros como benefactores de la sociedad y condena a los segundos al más injusto olvido. Hallamos otra perla del mismo desprestigio cuando, ante un auditorio letrado, a los labios de políticos y mandamases afloran citas literarias y versos espigados con tufo oportunista. En tan baja estima tienen las Humanidades. Mas tampoco es distinto el panorama en el seno familiar. ¿Cuántos padres y tutores no habrán recurrido a los susodichos colorín y pingajo para encauzar a un vástago arrebatado por el delirio de ser filólogo o historiador? ¿Cuántos filósofos vocacionales diseñarán puentes y caminos por miedo a que el hambre estudiantina se les atragante de por vida? Tan densa es la marea, que incluso muchos profesionales del ámbito, blandiendo de manera torticera el amor filial, ahuyentan tales fantasmas del pensamiento de sus retoños, sin caer en la cuenta de que el barco de las Humanidades hace muchas más aguas cuando los que deberían ser paladines de su defensa abonan el terreno que otros han sembrado de cardos.
Así las cosas, con la
opinio communis de cara, en los despachos ministeriales no ha dejado de resonar la lamentación de Max Estrella. Al socaire de “la sociedad del conocimiento” germinan engendros educativos sin cuento, regados en estos pagos sureños con el aguadillo de la Segunda Modernización de Andalucía, la versión on-line del celebérrimo “pan y circo”. Bendito internet, que logrará primores en los alumnos que no arrancan ya los esforzados profesores de secundaria. Pero no descansa ahí el espíritu reformista: aquellos polvos de la LOGSE, recuperados en la LOE, traen ahora estos lodos, que llegan al arrimo de la Convergencia Europea. Sobre la mesa de los gobernantes se despliega el mapa de titulaciones. Con un ensanche aquí y un recorte allá han de desplazarse las fronteras de la geografía universitaria. Peligra el valor más preciado de las Humanidades: el pensamiento reflexivo y crítico que regalan la filosofía, la literatura, la lengua, las artes… De seguir por esta senda indeseable, nuestros hijos y nietos sentirán más cercano el modelo iletrado de un George W. Bush, que el del lector, ese loco, que cuestiona y discute los mil relieves de un libro; o el del pirado que se emociona ante una cantata de Bach o una pintura de Gauguin. Son tiempos frenéticos, de escasa siembra y ansiosa cosecha, de frutos prematuros, inmediatos, dorados como el sol. Cuanto más se corre, menos ocioso queda el pensamiento y más se globaliza la agnosia. Si no se remedia, si no exigimos a nuestros representantes universitarios que sean los primeros en prestigiar (sin pose) las Humanidades, las Facultades de Letras remozarán en breve sus frontones y colgarán como lema las palabras que un conocido cantante deslizó poco ha en una entrevista: “No leo nada de nada, pero admiro mucho ese arte”. Colorín y pingajo de verdad.

4 comentarios:

Ferdinandus de Sevilla dijo...

Antonio, como en otros aspectos, ¿no es el mismo idioma, o su uso, o los que lo usan, un factor predisponente a esa absurda dicotomía y separación ciencias-letras? En los paises anglosajones, un químico o un físico son "Doctores en Filosofía" y esa terminología creo que impide na lecesidad que aquí tenemos de separar lo que es un sóno conocimiento
Ferdinandus de Sevilla

Antonio Serrano Cueto dijo...

Es cierto que el PhD significa Doctor en Filosofía, aunque los seas en ingeniería o administración, pero lo de "Filosofía" es una muletilla tradicional que le da, creo, el marchamo de investigación universitaria. Aunque el uso que demos al idioma influye, creo que es un problema más complejo, de tipo cultural. Y va parejo con estos tiempos de materialismo galopante. Monta un negocio y estimarán que creas riqueza. Enseña a estudiantes a comprender una lectura, a relacionar los acontecimientos de la historia o las pinceladas de un cuadro, a pensar, en definitiva, en algo más que en ganar dinero, y pensarán de ti que eres tan estéril como una roca, además de un idealista. El mundo va por otros derroteros, Ferdinandus.

Nerea dijo...

Me gustó el texto. Reproduzco algunos fragmentos en mi blog, citándole, porque merece la pena su difusión.
Un saludo.

Antonio Serrano dijo...

Gracias, amiga Nerea. Me temo que todavía seguiremos dando vueltas a la misma noria durante bastante tiempo.